Felipe de Bélgica, príncipe en apuros

El 'separatismo nefasto y anacrónico' de Flandes choca con la personalidad y pronunciamientos del heredero

RICARDO MARTÍNEZ DE RITUERTO Bruselas 23 ABR 2006 - 01:39 CET

El príncipe Felipe, duque de Brabante y heredero al trono belga, acaba de cumplir 46 años rodeado de la polémica. Educado por su tío Balduino con la idea de que le sucediera, lo hubiese hecho, según el ex primer ministro Wilfried Martens, si Balduino, fallecido repentinamente en 1993, hubiera vivido una década más. En vez de reinar, Felipe aún espera su momento entre turbulencias, dudas públicas sobre su idoneidad y continuos ataques. Los flamencos neerlandófonos, crecientemente distanciados de la monarquía y deseosos de poner distancia con respecto a los valones francófonos del sur, le lanzan los dardos más acerbos. Sintiéndose el último baluarte contra la amenaza secesionista norteña, Felipe ha dicho: "Hay personas que quieren destruir nuestro país. Tendrán que vérselas conmigo". Le están pasando factura, y con ella a la corona.

A Felipe le persigue la polémica desde hace lustros. Ya en 1991, quien fuera gran mariscal de la corte, Herman Liebaers, emitió la frase letal: "No está capacitado". Su tío el rey se había dado cuenta de lo deficitario de su educación diez años antes. Alberto y Paola habían sido unos padres desastrosos, olvidadizos de sus tres hijos, con vidas separadas y al borde del divorcio: Alberto con una hija bastarda a la que sigue sin reconocer y la "Dulce Paola" cantada por Adamo haciendo de chica ye-yé por playas y salones europeos. Balduino tomó al príncipe bajo su tutela, "obstinadamente decidido a prepararle para el oficio de rey", como se ha recordado ahora. Tío y sobrino eran almas gemelas, con personalidades parecidas: taciturnos, tímidos, formalistas, distantes, muy imbuidos de su posición en la historia. A ello hay que añadir que Felipe nunca había brillado por sus luces, ni en el colegio ni en sus posteriores estudios, carencias compensadas con una concienzuda entrega a la responsabilidad del cargo a la que traiciona su manifiesta incapacidad para expresarse de forma convincente en público.

Cuando inesperadamente su padre accedió al trono en 1993, por la unánime consideración de la clase política de que el príncipe de 33 años educado para ser rey no estaba aún maduro, Alberto le cedió la presidencia de honor de la Oficina Belga de Comercio Exterior, un organismo dedicado a potenciar la exportaciones que cada año realiza alrededor de cuatro misiones viajeras con Felipe como estandarte. La última fue el mes pasado a Suráfrica y al regreso de ella, empresarios flamencos amparados en el anonimato se despacharon en la prensa y televisión del norte contra el príncipe, al que dijeron haber visto en su periplo africano distanciado y desinteresado, "cerrando más que abriendo puertas". Las rectificaciones oficiales de la patronal, desmintiendo la impresión creada, llegaron tarde. En conversación privada con un periodista, Alberto se confesó "apenado" por lo que se había dicho de su hijo, confidencia inmediatamente aireada por la prensa flamenca.

Palacio urdió una estrategia de imagen y acordó que Felipe concediera una entrevista a dos periódicos, el flamenco 'Standaard' y el valón 'La Libre Belgique'. "En respuesta a los nuevos ataques, el príncipe Felipe sale de la sombra", se leía en el rotativo francófono. La entrevista es plana, institucional y plagada de lugares comunes, lo que dio pie a algún medio neerlandófono para reprochar al príncipe que no dijera nada de valor. Cuando lo había dicho, ese mismo mundo se le había echado encima. De hecho, en un movimiento también criticado, el príncipe sometió la entrevista al visado del primer ministro, Guy Verhofstadt, quien ya en dos ocasiones había tenido que llamar la atención a Felipe por decir lo que pensaba.

La primera fue con motivo de otro viaje de promoción exportadora, cuando el duque de Brabante declaró a finales de 2004 en China a la revista del corazón flamenca 'Story': "En nuestro país hay personas y partidos, como el Vlaams Belang, que están contra Bélgica, que quieren destruir nuestro país. Le puedo asegurar que se las tendrán que ver conmigo". El Vlaams Belang (Interés Flamenco), que hubo de cambiar su nombre histórico de Vlaams Blok tras ser condenado por racista, es un partido republicano, de extrema derecha y secesionista mantenido hasta ahora a distancia por el resto del arco político, pero cuyo continuo crecimiento ya está llevando a algunos partidos a pensar en tenderle la mano. Su líder, Filip Dewinter, replicó que el príncipe había ofendido a un millón de flamencos.

El primer ministro Verhofstadt también saltó a la palestra para poner al príncipe en su sitio. "Aunque puedo imaginar que el príncipe se refiere a algunos partidos que defienden la escisión del país, eso no se corresponde con su actual y sobre todo futuro papel constitucional", advirtió el jefe de Gobierno, un liberal flamenco. "Su papel requiere una cierta reserva en las manifestaciones, en especial las referidas a partidos políticos, incluso cuando esos partidos no quieren el bien de nuestro país". Ideas rebatidas vigorosamente por el líder socialista Elio di Rupo, hoy ministro principal de Valonia: "Apoyo al príncipe porque ha tenido el valor de decir lo que numerosos demócratas piensan. Comprendo muy bien que se oponga a un partido que dice -y cito: "¡Que reviente Bélgica!"-. Es normal que un miembro de la familia real, institución vertebradora del país, esté preocupado".

Palabras vanas las del primer ministro. Al poco, el príncipe suscribió un documento en favor de la moderación social elaborado por la patronal belga. Nuevo toque de atención de Verhofstadt (silencio socialista esta vez) y más editoriales en la prensa flamenca como el titulado "El Príncipe que quería ser político" en 'Het Laatste Nieuws': "Nunca hay que incitar al príncipe a la acción, sino frenarlo (...) El príncipe Felipe tiene ambiciones para su país, pero debe saber que el país no necesita un rey político. Si sigue así, algún incidente podría resultarle fatal. La monarquía no es la forma natural de dirigir una democracia. El pueblo soberano le ha delegado una misión y podría querer retirársela si el jefe del Estado no cumple su función. Hay dos reglas que el Rey y el Príncipe deben respetar: la discreción sobre la política y guardarse bien la pluma".

Alberto II, que pasa por afable en una corte estricta que no permite el más mínimo desvío de un protocolo al que la rigidez de Felipe se acomoda de modo natural, también suscitó polémica con su mensaje de Año Nuevo, leído en Palacio ante las autoridades del país, cuando criticó a los "subnacionalismos" y al "separatismo explícito o acolchado" que toma cuerpo en el norte, "un separatismo nefasto y anacrónico" que podría poner en peligro el papel internacional de Bélgica. Yves Leterme, ministro principal de Flandes, correligionario de Verhofstadt, no se dejó amedrentar e insistió en que los flamencos mantienen su exigencia de una reforma constitucional en 2007 que dé más poderes a las regiones. "Quien se oponga a ello, tenga o no cabeza coronada, presta un mal servicio al país", dijo desafiante. Aquello pasó sin mayores consecuencias porque el rey es inamovible, pero el príncipe no deja de ser un futurible. "¿Está Felipe preparado para reinar?" se pregunta en primera página el moderado 'La Libre Belgique' (dentro concluye que si), mientras la revista francesa 'Point de Vue', especialista en el planeta de la realeza, grita desde los kioskos a sus lectores belgas con un trabajo sólido tras una portada alarmista: "La monarquía en peligro. Felipe y Matilde en la tormenta".

"Yo no creo que la monarquía esté amenazada. Eso es un cuento", indica en la misma revista Herman Decroo, presidente de la Cámara de Representantes. "Y creo que el príncipe es capaz de reinar. Si se hiciera un referéndum explicando bien las consecuencias, los republicanos separatistas no pasarían del 15%".

De momento los sondeos dibujan a una opinión pública en plena y rápida evolución en contra de las tesis de Decroo. El 60% de los belgas se sienten hoy cómodos con la monarquía, pero eran el 80% en 2003. Y no es ya sólo que la mitad del país crea que Felipe no está preparado para ceñirse la corona, de ellos el 65% de los flamencos y el 30% de los valones. Es que por primera vez en la historia belga, son mayoría los flamencos (53%) que se desentienden de la monarquía. Los valones, que como Felipe ven en la monarquía la última defensa contra el secesionismo del norte, se decantan mayoritariamente (70%) por la corona. La alternativa que se plantea a la progresiva disgregación de un país artificial -en el que ya en 1912 el escritor Jules Destrée le dijo al rey Alberto I: "Reináis sobre dos pueblos. En Bélgica hay valones y flamencos, pero señor, no hay belgas"— es una reducción de los poderes del monarca constitucional, en la reforma prevista del Estado para el año que viene, camino de lo que se ha dado en llamar una monarquía protocolaria, vacía de contenido, una monarquía republicana a la sueca.

"Los miembros de la Casa Real ni son tontos, ni son malvados, ni son antidemocráticos. Son sólo belgas. Por eso hay que acabar con ellos", explicó hace unos días en 'De Morgen' Walter Pauli, un reputado columnista flamenco de ideas republicanas. En un debate en televisión se escuchó en repetidas ocasiones la expresión "agenda oculta" y el historiador francófono de Lieja Francis Balace habló de "campaña negra montada ya hace 20 años" con "una escalada, una agenda oculta". "¿Quién quiere acabar con la monarquía?", se interroga 'Le Soir', el principal diario francófono de Bélgica.

Felipe, muy celoso de sus prerrogativas y admirador del modo de reinar de un Balduino siempre dispuesto a ejercer su influencia en la gobernación del país, se muerde esta vez la lengua ante la idea de la monarquía protocolaria. "Eso corresponde decidirlo a los políticos", declara en la entrevista concedida a los dos periódicos, dando muestras de haber aprendido y de saber lo que se juega. No en vano, es un Coburgo (como sus primos de Londres), que pasan por ser de maduración lenta. Cuando se le pregunta al ex primer ministro Martens, uno de los encargados por Balduino de la formación de Felipe, sobre si cree que el duque de Brabante está preparado para reinar responde: "Sí. Le falta llegar a su punto. Pero llegará".

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