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Reportaje:

"No hay nada en pie a mi alrededor"

Los habitantes de la provincia china de Sichuan, epicentro del terremoto, intentan sobrevivir a la tragedia que ha matado al menos a 12.000 personas

REUTERS / ELPAÍS.com E 13 MAY 2008 - 14:41 CET
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Si Zhang Zhiyin hubiese dudado un minuto, hoy estaría muerto. Acababa de llegar a su clase tras comer con sus amigos cuando las paredes se movieron, el techo tembló y el suelo se sacudía bajo sus pies. Al instante y a toda prisa, decidió salir por la misma puerta por la que había entrado. Tan pronto como dejó el edificio, su colegio se derrumbó ante sus ojos. La mayoría de sus compañeros no corrieron la misma suerte.

"No sé cuántos de mis amigos están vivos", asegura Zhang, un joven estudiante chino superviviente del terremoto que azotó la provincia de Sichuan. Bajo los escombros del colegio de Zhang, todavía permanecen atrapados unos 900 estudiantes, aunque las autoridades chinas apenas arrojan un poco de esperanza sobre sus vidas.

Hasta la provincia de Sichuan, epicentro del seísmo de magnitud 7,8 que hizo temblar la mitad del sureste asiático, se desplazan miles de soldados y miembros de los equipos de rescate que el Gobierno chino ha enviado para atender a las víctimas. Las cifras oficiales señalan por el momento que sólo en esta provincia hay unos 12.000 muertos y el doble de desaparecidos. Y el 80% de sus edificios se han venido abajo. Ante esta trágica situación, Pekín ha movilizado a unos 50.000 operarios y ha solicitado con urgencia la ayuda internacional. Naciones Unidas ha respondido de inmediato, pero se antoja insuficiente. El elevado listado de muertos, heridos y desaparecidos puede dispararse en cualquier momento.

Con este temor presente, las lágrimas inundan la zona del desastre. "Mi hijo, mi hijo", lloraba una mujer ante uno de los soldados que trabaja con el objetivo de encontrar supervivientes en Dujiangyan, asolada por el seísmo. Pero Dujiangyan es una ciudad en estado de shock. Las ropas y pertenencias de miles de sus ciudadanos se apilan por las calles empantanadas de barro, mientras nadie es capaz de asimilar lo ocurrido.

"No hay nada en pie a mi alrededor. Estoy viviendo ahora en una tienda de campaña", cuenta Tian Jiajun, que señala una calle habitada por escombros. El golpe ha sido tan fuerte que todavía no se olvida. "Es una experiencia terrible. Me caí de la cama y salí corriendo afuera", relata otro ciudadano.

Con la tragedia sobre sus espaldas, la gente se muda en masa al campo. En las últimas horas, los temblores no han cesado, aunque sin la fuerza del lunes al mediodía, cuando el terremoto desplomó el sur del gigante asiático. Se derrumbaron filas de edificios enteras, vibró el suelo como si fuera a hundirse y todo se agitaba sin freno. Estar bajo el cobijo de tu propio tejado era jugarse la vida. Sólo los más afortunados pudieron salvarla, como Zhang.

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