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Alan García no convence a los peruanos

Tras dos años de gobierno, apenas el 26% apoya al presidente pese a la bonanza económica

Una mujer retira un cartel electoral del candidato presidencial Alan García el día anterior a las elecciones en junio de 2006 en Perú
Una mujer retira un cartel electoral del candidato presidencial Alan García el día anterior a las elecciones en junio de 2006 en Perú AP

Alan García llega hoy al segundo año de su segundo periodo como presidente de Perú en medio de opiniones contradictorias. Para los analistas internacionales el país luce mejor que nunca, hasta el punto de que acaba de ser considerado por la empresa de riesgo Standard & Poor's como una de las economías más sólidas y seguras de América Latina, al nivel de México, Brasil y Chile.

Aunque el país proyecta crecer cerca del 8% este año, sólo el 26% de los peruanos aprueba la gestión del Gobierno, según una reciente encuesta nacional de Ipsos Apoyo. García, al igual que su antecesor, Alejandro Toledo -quien a estas alturas tenía un índice de popularidad todavía más crudo, 12%-, no ha logrado traducir el éxito macroeconómico en respaldo popular.

"Tiene menos problemas personales y más recursos políticos que Toledo pero aún así no consigue conectarse con los sectores populares ni persuadirlos de que el país progresa", comenta Alfredo Torres, director de la empresa de encuestas Ipsos Apoyo, y cuyos resultados publicó la semana pasada el diario El Comercio.

Lo cierto es que aunque las cifras de reducción de la pobreza han bajado más de lo esperado (del 49% al 39,3% en menos de dos años), García es mucho menos popular ahora que lo que era a estas alturas de su primer Gobierno, que terminó con el país sumido en una crisis económica terrible, con índices de inflación que batieron todos los récords.

El Alan García de la actualidad es, en muchos aspectos, diametralmente opuesto al que gobernó Perú entre 1985 y 1990. Mientras el primero enarboló la bandera del antiimperialismo, renegó del pago de la deuda externa y dilapidó los recursos en una vorágine de populismo; el segundo tiene entre sus grandes logros la ratificación del tratado de libre comercio con Estados Unidos, se empeña en mantener la imagen de Perú como país seguro para la inversión extranjera y mantiene una férrea disciplina fiscal que es criticada incluso por sus propios ministros, que continuamente exigen más recursos para sus sectores.

No faltan quienes señalan que ha dejado atrás sus raíces ideológicas, ligadas a la izquierda: "Se ha constituido en un representante de la derecha, ha traicionado las bases de su partido, el APRA; su política es una profundización de la política neoliberal de sus antecesores, Fujimori y Toledo", critica Olmedo Auris, subsecretario general de la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP), la central sindical más importante del país, que el pasado 9 de julio convocó a un paro nacional con el que, según la misma encuesta de Ipsos Apoyo, estuvo de acuerdo el 53% de la población económicamente activa, aunque no logró su objetivo de paralizar el país.

"En términos macroeconómicos es un Gobierno muy distinto a su primera gestión", reconoce Auris. "Hay crecimiento, pero sin un correlato en el desarrollo de las fuerzas productivas del país". El punto débil del crecimiento peruano es la desigual distribución de los frutos de la bonanza, que a diferencia de anteriores épocas no sólo se basa en las exportaciones, sino que también tiene un fuerte componente de demanda interna. Incluso así, extensas regiones del país, sobre todo las situadas en la zona sur de los Andes, siguen sumidas en la extrema pobreza y en algunas ésta incluso ha crecido. "El presidente demuestra voluntad política y se ha aumentado el presupuesto, pero las inversiones no están articuladas y lo que pasa con los funcionarios del Gobierno es un desastre", señala Federico Salas, presidente de la región Huancavelica, considerada la más pobre del país. Con todo, Salas reconoce méritos en el actual Gobierno: "Hay una gran diferencia entre el pasado régimen, populista e inmaduro, y el actual, que está bien insertado en las políticas globales. Mientras que al primero lo calificaría con un dos sobre diez, al actual le pondría un ocho", señala el presidente regional. Pero la población es mucho menos condescendiente, y le pasa factura por la inflación, que alcanzó 5,71% en los últimos 12 meses, una cifra pequeña si se compara con los índices registrados por países vecinos pero que basta para que el 67% de los encuestados la mencione como el aspecto más negativo del segundo año del Gobierno aprista.

Seismos, huelgas, el TLC y Fujimori

Durante estos dos años, el presidente peruano, Alan García, ha tenido que encarar problemas de distinta índole, económicos y sociales en su mayoría. El pasado año fue especialmente intenso. Los problemas que surgen después de ratificar el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos, la reconstrucción de cuatro ciudades enteras y de buena parte del país tras el seísmo del verano pasado, la extradición de Fujimori y las movilizaciones mineras en Moquegua han sido los principales puntos de inflexión.

Aún coleaban las 14 huelgas y 17 movilizaciones de protesta que empañaron su primer año en la presidencia cuando un terremoto de 7,9 grados en la escala Ritcher arrasó cuatro ciudades —Cañete, Chincha, Ica y Pisco— y puso en jaque no sólo a García sino a todo un país que se enfrentaba a una crisis humanitaria que no vivía desde hacía 37 años, cuando se produjo un terremoto que acabó con 67.000 vidas. Pese a la rapidez de actuación, al menos presencial, el Gobierno peruano fue criticado por la lentitud a la hora de hacer llegar los recursos económicos y humanitarios.

La noche en que salió elegido presidente, Alan García afirmó que con su victoria se había derrotado también "al modelo militarista y retrógrado que Hugo Chávez intenta implantar en Suramérica". El TLC firmado con EE UU va en esa línea. Un arma de doble filo para García: era, por un lado, una de las prioridades de su Ejecutivo. Sin embargo, a los sindicalistas del país andino no les has hecho ninguna gracia y aún hoy la política económica del Gobierno es criticada en más de una ocasión.

En septiembre de 1997, un profesor de Matemáticas abandonaba sonriente su lujosa residencia en Santiago de Chile. Aquella imagen no parecía la de un ex presidente que estaba siendo extraditado a su país, donde iba a ser juzgado por violación de derechos humanos y corrupción. El regreso de Alberto Fujimori, aunque no por inesperado, pareció pillar a contrapié al presidente García, quien durante ocho de los diez años de mandato del presidente de origen japonés (1992-2000) tuvo que exiliarse de Perú. No hubo rencor. Alan García se limitó a decir que actuaría sin venganza. ¿Falsa apariencia? El actual mandatario no tiene la mayoría suficiente para gobernar y necesita de los 13 escaños fujimoristas para gobernar. Él, sin embargo, aseguró en más de una ocasión que podría llegar a gobernar sin ellos.

Doce meses después de aquellas protestas que marcaron el primer aniversario de García, otras movilizaciones consiguieron en junio que el presidente volviese a removerse de su asiento en el palacio Pizarro. Prácticamente todo Moquegua se sublevó en protesta por el reparto del canon minero. Durante días los piqueteros paralizaron la zona sur de la región y llegaron a retener a más de 60 policías que intentaron romper el bloqueo con gases lacrimógenos. Atado de pies y manos ante una situación cada día más tensa, una especie de Fuenteovejuna, el Gobierno peruano alcanzó un acuerdo que no quiso desvelar, según argumentó, por respeto a la población. Sí garantizó que cada alcalde de Moquegua "se va con una obra bajo el brazo".

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