Matar y morir por Hugo Chávez

Grupos parapoliciales venezolanos están dispuestos a defender la revolución por la vía de las armas

"Bienvenidos a La Piedrita en paz. Si vienes en guerra, te combatiremos. Patria o muerte". Ni la policía ni la Guardia Nacional están autorizadas a entrar en los dominios del Grupo de Trabajo La Piedrita en el barrio 23 de Enero de Caracas, uno de los más populosos y duros de la capital venezolana, ubicado apenas a kilómetro y medio de Miraflores, el Palacio de Gobierno. Sólo en días concretos, como esta semana pasada cuando el presidente Hugo Chávez fue de visita para celebrar un acto de campaña, los combatientes de La Piedrita admiten con cierto recelo que haya en su zona otras armas distintas a las suyas, las de la Guardia de Honor presidencial. Lo hacen como una cortesía más hacia la revolución, por la que los integrantes de La Piedrita -y de otros cinco colectivos del barrio que cumplen funcionen parapoliciales- dicen estar dispuestos a morir y a matar.

"Somos un colectivo que hace trabajo social, pero también, como dijo nuestro comandante Hugo Chávez], estamos armados y dispuestos a defender esta revolución por la vía de las armas", asegura Valentín Santana, líder del grupo. La Piedrita cuenta sólo con unos 50 hombres, pero controla un área de bloques de hormigón, casas humildes y ranchos en los que viven unas 3.000 personas. Ése es también su campo de entrenamiento. Así como la policía respeta los límites de su territorio, Santana también respeta el espacio de otros "colectivos" que hacen vida en el barrio y que están tan comprometidos con el Gobierno y algunos casi tan armados como el suyo: la Coordinadora Simón Bolívar, el grupo Carapaica, el colectivo Montaraz, los Tupamaros, Alexis Vive y, en el centro de la ciudad, el partido Unidad Popular Venezolana.

El 23 de Enero es sinónimo de revolución; su nombre conmemora la caída de Marcos Pérez Jiménez -el 23 de enero de 1958-, el último dictador venezolano que durante 10 años se reeligió en el poder.

Santana admite sin reparos y con "dignidad revolucionaria" que fueron ellos quienes, a principios de esta semana, arrojaron bombas lacrimógenas contra la sede del Vaticano en Caracas y contra la residencia de Marcel Granier, director de la televisión privada RCTV. También reconoce la autoría de ataques anteriores contra el canal de noticias Globovisión, contra el Arzobispado de Caracas y contra la casa de Miguel Henrique Otero, director del diario El Nacional.

No era un secreto, tampoco. Públicamente, La Piedrita ha declarado "objetivos militares" a todos los medios de comunicación contra los que ha actuado. Santana dice, incluso, que él estaría dispuesto a llegar más allá: "Ellos están conspirando de manera abierta contra la revolución bolivariana y ya está bueno de que le falten el respeto a nuestro presidente. Y sí, son objetivos militares. Si nosotros los llegamos a pescar, ten por seguro que los vamos a ajusticiar. Si agarramos, por ejemplo, a Marcel Granier director de RCTV], lo vamos a pasar por las armas, sin vacilación lo vamos a hacer". Correrían la misma suerte el director del diario El Nacional y el director de Globovisión, si se los cruzara por la acera.

Pero desde hace 23 años, cuando fundó su grupo, Valentín Santana rara vez se mueve del barrio. "Aquí estamos en guerra, compañera", afirma. Asume que las calles, los centros comerciales, están vedados para él. Sólo sale del barrio para ir a su trabajo -vaya paradoja- como supervisor de seguridad de la Universidad Central de Venezuela (UCV), uno de los dos centros públicos de Caracas que más se ha movilizado contra el Gobierno de Hugo Chávez. Desde los años sesenta y hasta que la revolución llegó al poder, la UCV solía ser una trinchera de los grupos radicales de izquierda del 23 de Enero. Pero los tiempos han cambiado. Santana ya no comparte las causas políticas de estos estudiantes, las combate y mantiene con ellos una especie de pacto de caballeros que le permite hacer su trabajo: "Yo les he dicho: ustedes se meten conmigo, y yo les vuelo la cabeza. Yo hago mi trabajo de seguridad, si se meten conmigo, ten por seguro que no me quedo tranquilo", recalca.

El Gobierno tiene una relación ambivalente con La Piedrita. En una ocasión, el presidente Hugo Chávez les llamó "terroristas", pero la semana pasada les envió un saludo, como parte de los colectivos sociales que trabajan en la campaña por la enmienda constitucional. A propósito de los ataques con gases lacrimógenos de la última semana, el ministro de Interior y Justicia, Tarek El Aisami, ha pedido que no se estigmatice a La Piedrita. En cambio, la defensora del pueblo y ex diputada del PSUV, Gabriela Ramírez, dijo que pediría al Ministerio Público que investigara los atentados y las agresiones contra marchas estudiantiles, porque cree que "las peleas electorales se ganan con votos y no con balas".

Tanto los directores de los medios como sus trabajadores ya han denunciado la amenaza de estos grupos en la Fiscalía General de la República, y desde hace un par de años están amparados por medidas cautelares de protección emitidas por la Corte Interamericana de los Derechos Humanos. Pero eso no les ha eximido de seguir siendo un "objetivo militar". Además de las razones políticas, Santana tiene motivos personales pendientes para que sus objetivos no cambien: "Cuando hablo de matar a una persona, hablo del enemigo. Esos carajos nos obligaron a activarnos de esa manera. Los primeros cinco años de La Piedrita eran pura cosa cultural. Pero la derecha empezó a avanzar. A mí me mataron a un hijo, la derecha lo mató. Eso nos obligó a entrenarnos, a prepararnos. Y desde que me quitaron a mi hijo, una parte mía se convirtió en un monstruo".

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Cartel de apoyo a Hugo Chávez en el barrio 23 de enero de Caracas, en una imagen de 2006. / REUTERS

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