La crisis hondureña

Mercenarios israelíes, ultrasonidos y suicidios fingidos

El presidente depuesto de Honduras, Manuel Zelaya, denuncia ser víctima de cuatro planes del Gobierno golpista para acabar con su vida

PABLO ORDAZ | ENVIADO ESPECIAL a Tegucigalpa 24 SEP 2009 - 04:45 CET

Manuel Zelaya está empezando a hacer declaraciones verdaderamente extrañas. Su tercer día de encierro en la embajada de Brasil en Honduras se lo pasó colgado al teléfono, hablando con unos y con otros, a pesar de que -según él mismo declaró- el gobierno golpista le anda interceptando las comunicaciones. Pero no sólo eso. Zelaya denunció ser víctima de cuatro planes muy sofisticados del Gobierno de Roberto Micheletti para quebrarle el juicio e incluso la vida.

"Lo advierto ante la comunidad internacional, yo, Manuel Zelaya Rosales, el hijo de Hortensia y José Manuel, no se suicida". Así, con esta solemne declaración, el presidente depuesto de Honduras denunciaba ante el mundo que el Gobierno golpista de Roberto Micheletti disponía de un plan muy sofisticado para asaltar la embajada brasileña, matarlo y hacer que pareciera un suicidio. "Hasta tienen ya a los forenses dispuestos para certificar que yo me quité la vida".

Desbaratado ese plan, Zelaya siguió ayer denunciando otras diabluras de Micheletti. Dijo que, a través de los edificios anexos a la legación diplomática, los policías y los militares habían introducido "gases y productos químicos", que "un grupo de mercenarios israelitas" habían colocado aparatos para interferir en las comunicaciones y, no contento con eso, denunció la instalación de "aparatos electrónicos que emiten radiaciones de alta frecuencia que afectan al cerebro humano...". También declaró que la represión policial desembocó en centenares de detenidos, decenas de heridos y al menos 10 muertos... [no hay constancia de que las cifras sean tan altas].

Está fuera de toda duda que Roberto Micheletti accedió al gobierno porque un comando del Ejército secuestró a Manuel Zelaya cuando dormía en su casa, lo sacó del país a punta de pistola y en pijama, y finalmente lo abandonó en Costa Rica. Eso convierte a Micheletti en un golpista y en un presidente ilegítimo, cuestionado por toda la comunidad internacional con una unanimidad nunca antes vista. Pero de ahí a que tenga la capacidad en sólo dos días -no hay que olvidar que Zelaya se coló por sorpresa en Honduras el lunes a media mañana- de organizar tan sofisticadas operaciones en un país cuyos soldados desfilan con palos de escoba, parece un exceso.

Lo cierto es que, como admite el propio Zelaya en su recital de entrevistas, se encuentra "sumamente estresado". Motivos tiene. Aunque si quiere mantener la dignidad de un cargo que le usurparon los golpistas aquel aciago domingo de hace tres meses, tendría que procurar ajustar sus declaraciones a los agravios probados, que no son pocos. Sobre todo por respeto a sus seguidores. Ellos sí que saben -lo comprueban día a día- que los golpes reales de los feroces antidisturbios duelen mucho más que los ultrasonidos imaginarios.

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