Bajo billetes ensangrentados

La Marina de México manipula el cadáver del 'narco' Beltrán Leyva para lanzar una advertencia a los capos de la droga

PABLO ORDAZ Ciudad de México 18 DIC 2009 - 21:24 CET

Nunca un general tuvo tanta escolta. Sobre todo, después de muerto. Decenas de soldados vigilaron desde el miércoles por la noche el cuerpo del narcotraficante Arturo Beltrán Leyva, abatido a tiros por los infantes de la Marina de México en Cuernavaca (Estado de Morelos). Nadie ha reclamado aún el cadáver de El Jefe de Jefes, pero no sería la primera vez que los deudos de un capo quisieran ofrecerle un último homenaje recuperando sus restos a golpe de granada y ráfagas de AK-47.

La influencia de la cultura del narcotráfico en la sociedad mexicana alcanza ya límites espeluznantes. Hasta los infantes de Marina, se supone que con el beneplácito de sus superiores, parecen contagiados por la iconografía propia del crimen organizado. Muchas veces, cuando los sicarios de un cartel dan muerte a un rival, no se conforman con administrarle las balas suficientes para que deje de respirar, sino que lo presentan en público de forma humillante. Como si de un cartel más se tratara, la Marina de México presentó el cadáver de Beltrán Leyva con los pantalones bajados y cubierto su cuerpo desnudo por una lluvia de billetes ensangrentados. Para completar el cuadro, uno de los presuntos gatilleros detenidos fue expuesto con signos inequívocos de haber sido golpeado.

Lo cierto es que, por el momento, nadie había bajado aún de Sinaloa para llevarse, por las buenas o por las malas, el cuerpo de uno de sus hijos más famosos. Si las autoridades logran que nadie se atreva a ello, el cadáver de uno de los narcotraficantes más poderosos de México irá a la fosa común y la política de tolerancia cero con el narcotráfico puesta en marcha por Felipe Calderón avanzará un capítulo más. Otro capítulo polémico es el que concierne a los artistas, más o menos famosos, que se prestan a actuar en las llamadas narcofiestas.

La detención de ocho músicos -entre ellos el afamado cantante mexicano Ramón Ayala, ganador de cuatro premios Grammy- tras ser sorprendidos actuando en el último sarao organizado por los Beltrán Leyva, tiene todos los visos de ser un aviso para navegantes. El Gobierno de Calderón, agobiado por el cariz cruento que sigue presidiendo su guerra contra el narcotráfico, reconoce en privado que no va a permitir ningún acto, cultural o no, que presente a los mafiosos de la droga como héroes del pueblo. Los artistas, entre ellos Paquita la del Barrio, ya se han puesto en pie de guerra. "Yo he cantado para ellos", ha reconocido la celebrada autora de Rata de dos patas, "pero no lo supe hasta que llegué a la fiesta. Son gente muy culta. Y el trabajo es el trabajo...".

De todas formas, si Calderón pretende encausar a quien de palabra, obra u omisión colabora en México con el narcotráfico tiene mucho trabajo por delante. La Marina asegura que el capo Beltrán recibía protección de policías municipales de Cuernavaca y estatales de Morelos. Y que en la urbanización de lujo donde vivía tenía como vecinos a políticos tan principales como el presidente estatal del Partido Nueva Alianza o, incluso, a un senador del PAN, el partido del presidente de la República. Tan despistados ambos que no se dieron cuenta de que aquel vecino con barbas que siempre llegaba escoltado por siete camionetas de lujo y tipos malencarados era, quién lo iba a decir, el mismísimo Jefe de jefes...

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Foto del capo de la droga mexicano, Arturo Beltrán Leyva, cubierto de billetes, como advertencia contra los narcotraficantes / REUTERS

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