Golpe a la ecuatoriana

El presidente Rafael Correa asegura que la sublevación de la policía tenía como objetivo acabar con su vida / La fiscalía lleva a cabo las primeras detenciones de los agentes implicados

FERNANDO GUALDONI | Quito (Enviado especial) 2 OCT 2010 - 20:19 CET

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El fin de semana le ha venido bien a Ecuador para darse un respiro tras la sublevación de la policía que puso en jaque al Gobierno del presidente Rafael Correa el jueves y una jornada de viernes con frenéticas reuniones de gabinete, los funerales por los 13 muertos en los enfrentamientos y saqueos en todo el país, y los anuncios de las primeras detenciones de policías. La imagen de un nutrido grupo de oficiales del Ejército desayunando plácidamente en un céntrico hotel de Quito era el mejor termómetro de la capital. -¿Todo tranquilo, no?- "Por ahora, todo en calma", contesta con una sonrisa de medio lado un suboficial en cuya casaca camuflada aparecía el apellido Salguero.

El "por ahora" que deja caer el militar son las dos palabras que más preocupan a los ecuatorianos después de vivir un día de furia que recordó a otros muchos soportados por el país en los últimos 13 años y que acabaron con los mandatos de ocho presidentes. Correa pudo haber sido el noveno. ¿Pero no engrosó la lista porque no fue un golpe de Estado en toda regla o porque sí lo fue pero el presidente, al contrario que sus predecesores, supo remontar la situación gracias al respaldo popular e internacional? Esta es la pregunta del millón en Ecuador.

Para el presidente Correa está claro que fue un golpe de Estado y la mayoría de los ecuatorianos de a pie respaldan esta visión. Basta preguntarle al primer taxista o comerciante que se cruce o ver las encuestas que hace la televisión a pie de calle para palpar que la ciudadanía saldrá otra vez al rescate de Correa si es menester. La convicción también procede de la fuerte campaña oficial que ha insistido en la asonada desde el mismo momento en que el presidente llegó el jueves por la mañana al principal cuartel policial de Quito para hablar con los agentes sobre sus reivindicaciones salariales. Salió de allí por la fuerza y herido en la misma rodilla que apenas unos días antes le habían operado.

La televisión pública muestra constantemente imágenes de los cinco balazos que impactaron en el todoterreno con el que Correa fue evacuado del hospital donde el jueves estuvo 11 horas retenido y vídeos de la participación de políticos afines al partido Sociedad Patriótica, la segunda fuerza política liderada por el ex militar golpista y ex presidente Lucio Gutiérrez, un acérrimo enemigo de Correa. No hay que olvidar que el actual presidente participó en la rebelión civil, conocida como la de los forajidos, que expulsó a Gutiérrez del poder en 2005. El ex presidente respondió a las acusaciones de Correa diciendo que es verdad que lo quiere ver fuera del Gobierno, pero por las urnas. Y para tensar más el culebrón, una cuñada de Gutiérrez publicó una carta en el diario El Universo para pedir respeto para su familia y decir que una hija de Gutiérrez y un primo de éste, ambos militares, habían participado del operativo de rescate del presidente el jueves.

"Cuando a los golpistas les falla su estrategia para desestabilizar al Gobierno, dan paso al plan B, que era matar al presidente", insistió Correa en un entrevista en el canal público la noche del viernes. Otra de las pruebas que el presidente aporta para demostrar que era una sublevación planificada son las amenazas de muerte vía móvil que le llegaron a su esposa. "Rastreamos esos teléfonos y las tarjetas eran clonadas, lo que indica claramente la premeditación", explicó Correa. Aparte de las pistas que aporta el Ejecutivo, el hecho más potente para asegurar la tesis del golpe fue la toma del aeropuerto de Quito, un sitio estratégico. En un país de larga tradición golpista, a nadie escapa que una maniobra como esa aparece en el índice del manual del sublevado.

En el cierre del aeropuerto encaja además la supuesta "mano negra" de EE UU esgrimida por el presidente venezolano Hugo Chávez en la cumbre de Unasur celebrada en Buenos Aires para condenar la asonada. Y es que, según Correa, los militares de la Fuerza Aérea que tomaron la pista estaban destinados a la lucha antidroga y siempre han respondido a la embajada estadounidense antes que al Gobierno. "Este intento golpista aún no ha pasado del todo. Está superada la situación, pero no podemos confiarnos, posiblemente tenga un rebrote y a esas células hay que buscarlas y destruirlas. Hay preocupación, las raíces del intento de golpe están todavía en alguna gente", añadió el ministro de Exteriores Ricardo Patiño tras la reunión del gabinete del viernes. Casi al mismo tiempo, se amplió la depuración de la policía que comenzó con la renuncia del jefe Freddy Martínez, se ordenó el arresto de tres altos oficiales del cuartel Quito 1 y se confiscaron todas las grabaciones del de los lugares donde se produjeron los principales enfrentamientos para identificar a más sospechosos.

El afán del Gobierno por encajar todo en el formato golpe alimenta la desconfianza de los críticos sobre lo que realmente pasó. Para el analista Alfonso Oramas lo que sucedió fue un "burdo" atentado contra la democracia y una agresión "intolerable" contra el presidente. Pero, al mismo tiempo, sostiene que si Correa no hubiera desafiado a los agentes la situación no hubiese pasado de un conflicto laboral. "El discurso crispado del presidente, la falta de información del Gobierno sobre el grado de malestar de la policía y el coqueteo abierto de algunos políticos y militares con la sublevación dispararon una crisis evitable", dice Oramas.

Francisco Latorre, asesor y amigo personal de Correa, confirma que la decisión de acudir en persona al Regimiento Quito fue del presidente. Esto es lo que ha dado pie a algunas de las críticas más duras contra el Ejecutivo. El general retirado del Ejército Galo Monteverde, citado por el diario El Comercio, asegura que no hubo un golpe de Estado sino una insurrección policial. "El malestar policial y militar lleva dos años y los ministros tendrían que haberse encargado de resolverlo", según el militar.

El analista Adrián Bonilla añade otro factor para descartar el golpe: que nunca se planteó la sustitución del presidente como ha sido habitual en las rebeliones desde 1997. Todo lo contrario, el vicepresidente Lenin Moreno, manifestó de inmediato que él no iba a relevar al presidente mientras éste estuvo sitiado por policías rebeldes en el hospital donde acudió tras escapar del cuartel. Para algunos esto demuestra que no hubo un golpe planificado, para otros es lo que deja a los golpistas sin otra salida que la rendición. Para todos, aún es pronto para aventurar si Correa salió más fortalecido o debilitado de la crisis.

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