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Un 'comando' asesina a 15 adolescentes en una fiesta en Ciudad Juárez

El ataque causa 16 heridos, entre ellos una niña de siete años

Esta crónica, u otra muy parecida, fue escrita el pasado 31 de enero y también el 18 de julio. Cambian si acaso las cifras y los nombres de las víctimas, pero el resto es exactamente igual: un comando de sicarios armados con fusiles de alto poder irrumpe en una fiesta de jóvenes en el norte de México y dispara sobre ellos hasta que los mata o los deja gravemente heridos. Luego, la comitiva mortal se marcha, protegida por la oscuridad de la noche, pero sobre todo por la impunidad que rodea a todos los crímenes del narcotráfico, de los que solo se esclarece un 1%. La masacre de ayer, como la del 31 de enero, ocurrió en la fronteriza Ciudad Juárez, prácticamente en el mismo barrio. Entonces fueron asesinados 15 jóvenes. En el fusilamiento de ayer también murieron 15 y otros 16 más resultaron heridos, entre ellos una niña de siete años.

Las pocas imágenes que difunde la televisión mexicana dan cuenta de un escenario también muy parecido. Entre las lonas negras que coloca la policía para proteger la escena del crimen se puede acertar a ver un revoltijo de cadáveres, un reguero de sangre y una multitud de triángulos amarillos para marcar el lugar donde cayeron los casquillos -ayer se podía divisar hasta el número 48-. Pero ni una pista de quién, de por qué, de hasta cuándo. Solo la fría nota oficial que cuenta también lo de siempre: en la frontera entre el viernes y el sábado, dos camionetas llenas de sicarios se pararon frente al número 2969 de la calle Félix Candela, donde se celebraba una fiesta de adolescentes, y a pesar de que la casa estaba protegida por rejas, los asesinos lograron entrar y disparar a quemarropa contra los muchachos...

Los primeros reporteros que llegaron al lugar fueron informados por los vecinos de que uno de los jóvenes logró salir de la casa y echarse a correr, pero los agresores le dieron caza entre dos vehículos aparcados. De los 15 fallecidos, 11 murieron en el acto. La mayor de las víctimas es una mujer de 30 años llamada Martina Arteaga. Deja seis huérfanos.

Y, por lo demás, todo igual. Las familias de los 15 jóvenes asesinados en Ciudad Juárez el pasado 31 de enero -buenos estudiantes y deportistas, aunque en un primer momento el presidente Felipe Calderón los metiese en el baúl de los sicarios que pelean entre sí- o las de los 17 que a mediados de julio encontraron la muerte en una fiesta de cumpleaños en la ciudad de Torreón aún esperan justicia. Aunque sin demasiada esperanza. A nadie se le escapa ya en México que el 99% de los delitos que se cometen queda impune, que de cada 100 averiguaciones previas solo son detenidas seis personas y que la Justicia -corrompida, asustada o simplemente inútil- tiene pendientes de ejecutar más de 400 órdenes de arresto. Para contrarrestar la sensación cada vez más generalizada de indefensión, el Gobierno trata de airear lo más posible sus logros, pero la sangrienta realidad los deja en entredicho. Hace dos días, la Policía Federal anunció a bombo y platillo la detención de 13 presuntos integrantes de La Línea, el brazo armado del cartel de Juárez, y dijo que esa organización quedaba "prácticamente desmantelada". Apenas unas horas después, en una fiesta de adolescentes, otro grupo de sicarios descargaba sus fusiles protegidos, otra vez, por la noche y la impunidad.