El nuevo Congreso empieza el asalto a la obra de Barack Obama

La mayoría republicana se instala en la Cámara de Representantes con la promesa de deshacer todo lo que el presidente ha hecho en su mandato

ANTONIO CAÑO | Washington 6 ENE 2011 - 00:53 CET

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El 112 Congreso de Estados Unidos iniciará hoy sus sesiones con la lectura en el pleno de la Cámara de Representantes del texto íntegro de la Constitución. Es un símbolo de los nuevos tiempos, aún no se sabe si para bien o para mal. La mayoría republicana recién estrenada interpreta ese gesto como prueba de su lealtad a los principios fundacionales de esta nación. Los derrotados demócratas lo ven como mera demagogia o, peor, una muestra de intransigencia enmascarada en el respeto de la tradición. Como quiera que sea, este jueves comienza el asalto a la obra de Barack Obama.

Nunca antes se había leído la Constitución en el Congreso, fuera de la maravillosa fantasía creada por Frank Capra en Mister Smith Goes to Washington -en España se tituló Caballero sin espada-. Los nuevos congresistas (87 republicanos y 9 demócratas), muchos de ellos miembros del Tea Party sin antecedentes políticos, se creen portadores del atrevimiento y la honestidad que caracterizaban al personaje de James Stewart en esa película. Con su misma inocencia, prometen venir a la capital del país para cambiar la forma en la que se ha hecho política durante más de dos siglos. "Esta es la casa del pueblo... Mi objetivo es devolverle el poder al pueblo", dijo el nuevo presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner, después de jurar su cargo.

La película, por supuesto, tuvo un final feliz. La aventura que ahora empieza no se sabe como acabará. El Congreso que ayer se puso en marcha es el más conservador de la historia de este país y uno de los más inexpertos. Ambas cualidades sumadas, lo convierten en uno de los más impredecibles. El Partido Republicano, que ganó 63 nuevos escaños en noviembre de 2009, goza de una mayoría de 242 frente a 193 en la Cámara de Representantes. El Partido Demócrata conserva una superioridad de 53 escaños contra 47 en el Senado, lo que le permitirá bloquear cualquier iniciativa que surja de la Cámara baja.

Serán muchas, inmediatas y radicales. Empezando por una votación la próxima semana para revocar la reforma sanitaria, los republicanos llegan a este Congreso con la voluntad y la promesa de deshacer todo lo que Obama ha hecho en los dos últimos años. La oposición, especialmente el Tea Party, bajo cuya sombra se encuentran 126 miembros de la Cámara y 15 senadores, acusa a este presidente de haber invadido con su Gobierno áreas de poder reservadas a los ciudadanos. El ejemplo supremo es la reforma sanitaria, que obliga a todos los norteamericanos a poseer un seguro de salud. Otros casos similares, en la paranoia de este nuevo conservadurismo, son las ayudas a los bancos y a la industria automovilística.

Obama representa para los nuevos congresistas todo el mal que es necesario erradicar para conseguir que Estados Unidos siga siendo Estados Unidos. Su política constituye, desde la mentalidad del Tea Party, una amenaza para la libertad y la democracia norteamericana. De ahí, el recordatorio en voz alta del sagrado texto constitucional.

Incertidumbre y enfrentamientos

Cabe esperarse, por tanto, tiempos de drásticas propuestas, duros enfrentamientos, pocos resultados y gran incertidumbre. Un escenario ideal para la prensa, pero quizá menos atractivo para los ciudadanos, que quieren acción y medidas prácticas para remediar el paro y mejorar la economía.

Los republicanos, que se han dedicado a bloquear muchas de las medidas de Obama estos dos años, confían en que los electores comprobarán ahora que ellos tienen mejores ideas que ofrecer y les darán la presidencia en 2012. Los demócratas creen que el obstruccionismo republicano quedará ahora en evidencia, el público comprobará la clase de extremistas que se sientan en el Capitolio y volverá a darle la victoria a Obama dentro de dos años.

Es muy posible que en ese cálculo se consuma el tiempo que resta hasta las próximas elecciones presidenciales. Ni los republicanos tienen fuerza suficiente para aprobar leyes que el Senado podría rechazar y el presidente podría vetar, ni los demócratas cuentan con los votos para sacar adelante lo que queda del programa de Obama.

Ante esa situación sólo queda pactar o pelear. Aunque todos expresan en sus declaraciones la mejor voluntad de diálogo, lo más probable es que, a la hora de la verdad, predomine el enfrentamiento, por el miedo de cada parte a otorgarle una carta victoriosa al contrario.

La política norteamericana permite, al menos, que las ceremonias de cambio de mando, como la que se vivió ayer en el Capitolio, conserven la cordialidad y el civismo que engrandecen una democracia. Viendo a Nancy Pelosi entregar el mazo presidencial a Boehner, entre elogios, abrazos y besos, nadie diría que son enemigos acérrimos.

Todo el Congreso, puesto en pie aplaudió durante minutos al nuevo portavoz, con quien se hicieron fotos tanto los representantes republicanos como los demócratas. El respeto institucional -el presidente de la Cámara es el segundo en línea sucesoria del presidente de Estados Unidos- es esencial en este país. A partir de hoy, sin embargo, sálvese quien pueda.

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