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"Escapo de Sendai hacia el oeste"

Un científico español, actualmente en Japón, cuenta cómo está viviendo el terremoto y su odisea para salir del país

"Escapo de Sendai hacia el oeste"
ANTONIO ALONSO

Esta mañana, cuando vi salir los únicos cuatro autobuses que partían desde Sendai hacia Niigata, casi me vengo abajo. No había suficiente combustible y no podían salir más. Hoy no y mañana no se sabe (a estas alturas he entendido que a los japoneses no se les da bien hacer cálculos). Estaba al principio de la cola en lista de espera. Cuando los autobuses iban a partir no pude evitar acercarme al jefe de la operación y preguntarle: "¿No podríamos ir algunos más sentados en el pasillo?" Me contestó educadamente: "No es legal". Volví a la cola doblemente triste por haber hecho esa pregunta y por quedarme en Sendai. Porque ya había decidido irme, escapar.

Ayer domingo, ya con conexión a Internet y electricidad, Martha y Andrea, mi mujer e hija, así como mis amigos, me pedían que volviera, que la situación era muy difícil de controlar. Yo tenía y tengo fe en el poder de este pueblo para salir de esto. Comencé a googlear los periódicos importantes y me encontré con las dos centrales nucleares que han fallado. Me entró el pánico, el que no le deseo a ningún defensor de las centrales nucleares en España. Porque... ¿qué haces ante eso? ¿cómo te defiendes? Busqué cómo defenderse de ello, y encontré "yodo, encerrarte en tu casa, cerrar las ventanas..." ¿Cerrar las ventanas a qué? La naturaleza es un toro, una bestia con cara, a veces traicionera, que no da respiro, como ese tsunami asesino que corrió por las costas japonesas el 11 de marzo; pero una contaminación nuclear es un fantasma que no tiene cara, del que no puedes librarte, que solo te produce pánico.

A medida que corría la tarde, la información era más alarmante. La Universidad de Tohoku estaba cerrada y todavía no sabía cuándo podría abrirla, luego no podía hacer nada allí. Escaseaba la gasolina, así que una salida de emergencia en taxi o coche particular si la cosa iba a peor era imposible. No había comida en los supermercados y llevaba comiendo dos días de la ayuda humanitaria bien organizada por las tiendas del barrio. Finalmente, mis colegas me llamaron para decirme que se esperaba, con un 75% de probabilidad, otro terremoto, una réplica que podía ser de hasta 7 de intensidad antes del miércoles y que lo mejor era irme, pero que no sabían todavía cómo sacarme. Y entonces, de la mano de Alicia Rivera, de EL PAÍS, apareció Georgina Higueras, que me dijo exactamente lo que tenía que hacer. Tardé en convencer a mis colegas que la propuesta de la periodista era la mejor y a las dos de la mañana llegaron dos estudiantes a mi apartamento para acompañarme a las seis hacia la estación de autobuses, a una línea especial que habían abierto hacia Niigata, y ayudarme a comprar el billete.

Estaba casi hundido. No estaba hundido del todo porque pensaba que, al fin y al cabo, me esperaba lo mismo que a estos dos estudiantes, excepto que no podía comunicarme ni valorar la situación en cada momento y ni siquiera comprender las ordenes en caso de emergencia. De pronto, a eso de las ocho y cuarto decidieron que otro autobús podía salir. En el autobús en el que ahora atravieso los paisajes helados, -bellísimos- de la atormentada geografía japonesa. No hay signos del terremoto, excepto las colas a veces muy largas en las gasolineras y que las carreteras locales por las que vamos el tráfico es muy lento, y tardaremos ocho horas en llegar. Las autopistas por la que debería ir este autobús están exclusivamente destinadas al transporte de víveres, gasolina y material para la emergencia. El área de servicio donde hemos hecho la parada técnica estaba colmada de víveres. No se notaba escasez. Estoy seguro que saldrán de esta si el fantasma nuclear no termina por salir de su castillo.

Su confianza es tanta que, por ejemplo, mi anfitrión, el profesor Tsukamoto, me espera en Tokio porque mantiene la realización de los experimentos en vuelos parabólicos prevista para la próxima semana en Nagoya, a los que yo iba a acompañarles. "Juanma, los estudiantes no pueden usar los laboratorios en Sendai y es mejor tenerlos ocupados, es mejor hacerlo". Dos de esos estudiantes que irán a Nagoya son Yuki Araki y Yamasaki, los dos que me acompañaron de madrugada a la estación. Cuando me subía al autobús, Yuki, que estuvo en mi laboratorio en Granada, me dijo: "Tengo un regalo para usted". Y me dio un pañuelo primorosamente atado. Contenía dos bolas de arroz cocido. Le di un beso. Nos vemos en Granada en mayo. Y escapé.

Faltan dos horas para llegar a Niigata donde espero poder tomar el tren bala a Tokio.

Juan Manuel García Ruiz es cristalógrafo, investigador del CSIC en la Universidad de Granada, y actualmente están en Japón, en la Universidad de Tohoku.