Tribuna:

La política internacional de España

FELIPE GONZÁLEZ 28 MAR 2011 - 10:47 CET

España ha debido reconfigurar su proyección internacional en las últimas tres décadas, tras la dictadura de Franco. El aislamiento internacional derivado de su alineamiento con las Potencias del Eje y solo roto por la dinámica de la Guerra Fría, condicionó durante décadas la política internacional de España.

La transición y consolidación de la democracia ha supuesto un esfuerzo exitoso en todos los frentes: liquidación del régimen autoritario, descentralización del poder, modernización de la economía y de la sociedad españolas, más una política exterior orientada a la inserción de España en la posición internacional que le corresponde.

Desde los primeros años de la transición democrática, los gobiernos españoles iniciaron un largo proceso de integración en las Instituciones Europeas: Consejo de Europa y Comunidades Europeas. El Tratado de Adhesión se firmó en Junio de 1985 y la entrada efectiva se produjo en enero de 1986. En enero de ese año se establecieron relaciones diplomáticas con Israel y en marzo se celebró el referéndum para la permanencia de España en la OTAN. En esos años se renegociaron los Acuerdos Bilaterales con EEUU y se reorientó la relación política con América Latina y el Mediterráneo.

Con estos nuevos parámetros, España afronta los acontecimientos derivados de la caída del Muro de Berlín, la desaparición de la Unión Soviética y la emergencia de los países del centro y el este de Europa que salían de las dictaduras comunistas y aspiraban a incorporarse a la Unión Europea, sin descuidar la relación de vecindad con el Norte de África y el conjunto del Mediterráneo.

La Conferencia de Paz árabe-israelí, celebrada en Madrid a finales de 1991, con el consenso de EEUU, la URSS y todos los países implicados en la misma supuso una especie de consagración de la nueva posición de España en el escenario internacional.

Desde la firma del Tratado de Adhesión y con un consenso político y social que se debilitó en la segunda mitad de los años 90, España ha sido un actor comprometido en la construcción europea, con una visión europeísta, convencida de que lo mejor para su destino como país estaba unido a la profundización de la integración -mercado interior, Euro, políticas económicas y fiscales coordinadas, política exterior y de seguridad europeas, etc.- y a la ampliación de sus fronteras hacia aquellos países que quisieran y estuvieran en condiciones de cumplir con las reglas de juego de la Unión.

Desde nuestra entrada como país, hemos pasado de 12 a 27 miembros y quedan pendientes candidatos tan relevantes como Turquía y otros. Esto no ha sido obstáculo para que entrara en vigor la Unión Monetaria con la implantación del Euro coincidiendo con el nuevo siglo, ni para los avances en el mercado interior. Sin embargo, la implosión del sistema financiero internacional y sus graves consecuencias para Europa, han puesto de manifiesto la inconsistencia de una política monetaria única y unas políticas económicas y fiscales divergentes entre sí.

Por su rabiosa actualidad conviene recordar que el esfuerzo referido de ampliación hacia los países salidos de la órbita de la antigua URSS, tampoco impidió que se definiera y se dotara presupuestariamente una política de vecindad con los países de la ribera sur del Mediterráneo en la Conferencia de Barcelona, a finales de 1995. El seguimiento posterior de aquellos acuerdos, con sus componentes económicos, comerciales, de seguridad y políticos, ha sido escaso y ahora pagamos las consecuencias de una ausencia clamorosa de la Unión Europea en el devenir de los acontecimientos del norte de África.

La realidad mundial ha cambiado profunda y vertiginosamente. La desaparición de la política de bloques y la revolución tecnológica nos han situado como españoles y como europeos ante una situación nueva, con potencias emergentes que desplazan el poder económico y político de occidente a oriente. Europa está retrasada en las reformas que necesita y España debe coprotagonizar el impulso imprescindible para esos cambios: reformas estructurales que mejoren su competitividad, añadiendo más valor a su economía; reformas que le permitan una gobernanza económica y fiscal; Reformas en su acción exterior que faciliten el cumplimiento de sus responsabilidades ante los cambios que se están produciendo en el mundo árabe y en otros escenarios.

El mundo cambió y Europa se sumergió en sus propios desafíos internos, descuidando estos cambios globales. Esta situación la está conduciendo a una pérdida de relevancia mundial que nos afecta a todos los miembros. Vivimos la paradoja de un renacer de actitudes nacionalistas cuando más necesitamos fortalecer el espacio público europeo que compartimos.

Para España es fundamental contar con Europa. Su propia proyección exterior hacia América Latina, hacia el Norte África, hacia Oriente, mejora con las sinergias que seamos capaces de generar como europeos. Como los demás países de la Unión tiene su propia historia, su cultura, sus vínculos prioritarios con el mundo, pero integrados en una Europa que pierda relevancia como conjunto, también nos lleva a perderlo como país.

Felipe González fue presidente del Gobierno español entre 1982 y 1996

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