Tribuna:

Centroamérica: Zetas, maras y violencia

JOAQUÍN VILLALOBOS 20 JUN 2011 - 18:18 CET

El Salvador, Guatemala y Honduras han sido sociedades históricamente violentas. Sus Estados autoritarios organizaron la seguridad usando paramilitares y escuadrones de la muerte y esto derivó en que los ciudadanos aprendieron a matarse para dirimir sus diferencias. Al transitar a la democracia, resultado de la aversión al autoritarismo, estos países pasaron de lo sublime a lo ridículo, la justicia se orientó a proteger a los ciudadanos del Estado, los delincuentes pasaron a ser considerados víctimas y la seguridad fue privatizada en detrimento de la seguridad pública. Ahora, sin ley y orden y con Estados debilitados, los criminales amenazan con convertir estas pequeñas naciones en Estados fallidos.

Al tratar de explicar la violencia en Centroamérica se ha difundido la creencia de que, resultado de la lucha que está librando México, la región está siendo invadida por los Zetas. La ruta de la cocaína es de sur a norte, el valor de México es la conexión con EE UU y el de Centroamérica, la conexión con Sudamérica. Es decir, ambas regiones son parte de una misma ruta y no funcionan por separado. Los carteles mexicanos no pueden huir de México para trasladar su negocio a Centroamérica, porque sin la conexión con EE UU no hay negocio.

Como parte de la creencia anterior también se piensa que los carteles mexicanos están asumiendo el control del crimen organizado en Centroamérica, es decir, que han tomado el control de toda la ruta de la cocaína, imponiendo su autoridad sobre los criminales centroamericanos usando su poder financiero. Sin embargo, entre criminales el dinero vale sólo si hay poder de intimidación y pueden eliminar a sus competidores. En ese sentido, para que los carteles mexicanos pudieran imponerse en Centroamérica sería indispensable que hubiera en la región un cuerpo social de apoyo compuesto por muchos mexicanos. Sin eso no pueden asegurarse ni el respeto, ni la información, ni las lealtades que les permitan dirigir sus actividades criminales.

El fenómeno más clásico de traslado de organizaciones mafiosas es lo que ocurrió con la migración masiva de italianos hacia EE UU a finales del siglo XIX, pero no ha habido, ni hay, migración masiva de mexicanos hacia Centroamérica. La presencia de delincuentes mexicanos en Centroamérica es parte normal de la coordinación entre organizaciones criminales; esto, y el uso de franquicias de violencia como los Zetas, no implica que haya traslado de mafias. Lo que sí va a ocurrir es que cuando México termine de desmantelar a los grandes carteles, la cocaína se moverá de nuevo por la ruta Caribe y más claramente por Cuba, que conecta directo a Sudamérica con EE UU sin pasar por Centroamérica y México.

Centroamérica, además de sus propios carteles, tiene a las pandillas o maras, que se las suele confundir con crimen organizado, a pesar de ser fenómenos distintos. Para las maras, la pandilla es la familia, porque sus miembros provienen, casi sin excepción, de familias disfuncionales muy pobres. Para el crimen organizado, conforme a su regla de que "la sangre no traiciona", la familia es parte de la estructura criminal y sus miembros más prominentes provienen de familias normales de clase media baja. Para las maras el dinero es instrumental y no necesariamente un propósito central. El crimen organizado se mueve por la codicia; el enriquecimiento es su razón de ser y cuando alcanzan su máximo desarrollo buscan ser socialmente aceptados como nuevos ricos.

Para el crimen organizado el territorio tiene valor estratégico para negocios ilícitos de alta rentabilidad; en cambio, para la pandilla, el territorio es el lugar de habitación y la actividad delictiva principal que realizan en éste es la extorsión que, aunque de poco valor financiero, atormenta incluso a los más pobres. El crimen organizado es esencialmente clandestino, la pandilla, por el contrario, es abierta. Ambos cometen atrocidades, pero para el crimen organizado la violencia es un instrumento de poder y para la pandilla la violencia es identidad y tiene valor por sí misma. Los miembros del crimen organizado pueden consumir o no drogas, los pandilleros son adictos. Con los cambios generacionales las maras pueden evolucionar a formas primitivas de crimen organizado, consolidando su dominio territorial, haciéndose de base social y volviéndose sicarios del narcotráfico, pero no alcanzan mayores niveles de sofisticación. Ambos fenómenos son peligrosos, el crimen organizado porque corrompe al Estado y las maras por su violencia extrema.

Las pandillas son básicamente un fenómeno tribal urbano de carácter antropológico y no sólo un asunto delictivo. Hay en las maras una generación perdida de asesinos incorregibles que sólo se pueden atender con represión y cárcel. Sin embargo, con los jóvenes en riesgo, las acciones estrictamente represivas como Plan Mano Dura multiplican el problema en vez de reducirlo. Las maras no surgen solamente por falta de empleos, oportunidades y educación, sino también por un problema de identidad y pertenencia, originado por una severa degradación moral y social en comunidades y familias. Por ello se manifiesta a través de símbolos tribales como tatuajes, lenguaje corporal, música, grafiti, idioma y una violenta rivalidad con otras pandillas. En todos los lugares donde hay éxito en las políticas preventivas antipandillas, lo central es la atención a la identidad a través de la música, el arte, el teatro, el baile, los deportes fuertes, las religiones, la competencia pacífica e incluso la transformación positiva de la pandilla asignándole roles en la comunidad. Sin resolver antes el tema de identidad difícilmente las políticas sociales serán exitosas. El uso de la disciplina militar en reclusorios para jóvenes en riesgo podría agravar el problema.

En Centroamérica la impunidad es importante, pero no es la prioridad, las prisiones están colapsadas y enviar presidentes y generales a la cárcel empuja a estos países a su agenda del pasado, cuando están en peligro de extinguirse en el presente. El problema más grave de estos pequeños Estados es que están perdiendo soberanía sobre sus territorios con barrios en manos de pandillas y zonas rurales convertidas en narcoterritorios. El déficit principal está en la dimensión y calidad de sus policías y Fuerzas Armadas, que fueron reducidas como parte de políticas neoliberales y no sólo por razones democráticas. El problema es que más policías y militares implica más impuestos. Sobre ese tema las palabras de un amigo colombiano a un grupo de empresarios de la región fueron lapidarias: "La seguridad que les falta, son los impuestos que no pagan".

Joaquín Villalobos fue guerrillero salvadoreño y es consultor para la resolución de conflictos internacionales

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