"Me golpearon dándome patadas hasta que perdí el conocimiento"

Ilham Hasnouni, 21 años, la más joven presa política de Marruecos

IGNACIO CEMBRERO | Madrid 25 JUL 2011 - 17:30 CET

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"La magnífica postal de la plaza Yemaa el Fnaa", el centro turístico de Marraquech, "esconde unas tinieblas donde encallan los malditos del régimen", escribe la periodista marroquí Zineb el Rhazaoui. Entre esos "malditos", a escasos metros de los encantadores de serpientes y de las mujeres que dibujan en la piel del turista tatuajes con henna, estuvo hace unos meses una joven izquierdista, Ilham Hasnouni, de 21 años, a la que Rhazaoui describe como "la más joven presa política de Marruecos".

Hasnouni pasó en octubre 48 horas en los sótanos de la comisaría de la más célebre plaza del país antes de ingresar en la cárcel de mujeres de Boulmharez en Marraquech. Si no se vuelve a aplazar será juzgada este martes por la veintena de cargos que ha presentado la fiscalía contra ella. En teoría puede ser condenada a cadena perpetua.

El dormitorio atiborrado de reclusas de la prisión le pareció a Hasnouni casi un lujo comparado con el "sótano húmedo y oscuro" donde durmió en comisaría entre dos interrogatorios. A veces los agentes que la rodeaban "ni siquiera esperaban las respuestas a las preguntas", recordaba la reclusa en un relato que logró sacar de la cárcel. "Me golpearon dándome patadas hasta que perdí el conocimiento".

Los primeros golpes se los asestaron, según contó, los cinco agentes de paisano que la apresaron el 12 de octubre en su domicilio familiar de la ciudad costera de Essaouira. "Cuando tuve que subir al coche [policial] la cabeza me daba ya muchas vueltas por los porrazos recibidos" al tiempo que la insultaban llamándola "traidora, hija de puta", etcétera. "En cuanto tenéis el estómago lleno os rebeláis", le espetó uno de ellos.

Después, ya en Marraquech, la empezaron a interrogar, esposada en una silla, sobre sus opiniones políticas, sus amistades, sus fuentes de financiación etcétera. Estuvo, según narró, dos días sin comer ni beber hasta que compareció ante el juez que la inculpó de destrucción de edificios públicos, alteración del orden público, participación en manifestación violenta, humillación de funcionario en el ejercicio de sus funciones.

"No es culpable de nada de esto", asegura Mohamed Massoudi, un célebre abogado de presos políticos que defiende a Hasnouni. "No poseen ninguna prueba contra ella excepto el testimonio de un policía que dice haberla visto cometer actos delictivos", añade.

Militante de Vía Democrática Baazista, un grupo izquierdista, y del sindicato Unión Nacional de Estudiantes Marroquíes, Hasnouni estudiaba derecho en la Universidad Cadi Ayad de Marraquech. Su padre había pedido un crédito para costear la carrera a la mayor de sus cuatro hijas y ella correspondió a ese esfuerzo convirtiéndose en la mejor alumna de su clase. Pero el rector la expulsó tras los disturbios de hace dos años y la joven regresó a su casa.

Los hechos que se le reprochan se remontan a mayo de 2008. Una intoxicación provocada por alimentos en mal estado servidos en la cantina universitaria indispuso a decenas de estudiantes e incluso obligó a ingresar en hospitales a algunos de ellos. Los jóvenes se echaron a la calle, para exigir que la universidad se hiciese cargo de las facturas hospitalarias, y se enfrentaron a las fuerzas del orden.

Una veintena fueron detenidos, juzgados y condenados, entre ellos otra joven izquierdista, Zahra Boudkur, que tenía entonces 21 años y a la que ataron desnuda a un radiador, mientras tenía la regla, ante otros militantes sindicales, en la comisaría de Yemaa el Fnaa. Fue condenada a dos años de cárcel y liberada en mayo pasado. Tuvieron que transcurrir otros cinco meses hasta que la policía se decidió a apresar a Hasnouni, que también participó en aquellas protestas.

Taieb Hasnouni, el padre de la reclusa, vio a su hija por última vez el 19 de julio sentada en el banquillo de la sala de lo penal de Marraquech, pero el juicio fue nuevamente aplazado. "Me costó reconocerla", recuerda al teléfono. "Ha perdido mucho peso", prosigue con la voz entrecortada por le emoción. "Sus condiciones de encarcelamiento son penosas porque Ilham es una gran lectora, pero no le dejan tener libros, ni periódicos ni siquiera papel para escribir". Será, probablemente, para que no vuelva a sacar ningún escrito de la prisión.

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