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WIKILEAKS

Falta un paso importante

Wikileaks recaliente el debate ciudadano sobre las tecnologías de husmeo y espionaje masivo

El fundador de Wikileaks, Julian Assange, hoy en Londres. Ampliar foto
El fundador de Wikileaks, Julian Assange, hoy en Londres. AFP

Wikileaks afirma lo que medio mundo sospecha. Que la tecnología de doble uso acaba casi siempre teniendo el malo. La dificultad está en la fase probatoria. Pero la documentación que ha colgado, mayoritariamente, es un recopilatorio de material promocional editado, y no escondido, por los propios agentes de este mercado.

En la lista de Wikileaks aparecen, un caso, casi 50 manuales de Blue Coat Systems. Se trata de una compañía investigada por el departamento de Comercio de Estados Unidos porque se ha detectado el empleo de su mercancía en Siria, a pesar de las restricciones comerciales existentes. Wikileaks nos explica el catálogo de soluciones que Blue Coat ofrece en el terreno de la monitorización de conductas digitales, pero falta probar que la empresa haya realizado una venta directa de las mismas a la dictadura criminal de Bachar El Asad. De hecho, en Estados Unidos, Blue Coat se defiende asegurando que el instrumental hallado en Siria lo suministró a Irak y que, en todo caso, ha sido un tercero quien lo ha revendido a Siria. ¿Candor o hipocresía?

En el listado de folletos, presentaciones de powerpoint y manuales que publica aparece, otro ejemplo, una empresa española dedicada a la biometría con varios premios internacionales. La propia compañía, en la página pública que reseña Wikileaks, propone su herramienta para usos forenses y militares. La documentación fundamental que le falta a Wikileaks es saber si ha habido contratos con países dictatoriales o ha tenido un uso malicioso por parte de organizaciones terroristas o criminales. No debería aparecer como culpable de un delito del que no hay pruebas que haya cometido. El reconocimiento del iris, por ejemplo, puede emplearse para dar acceso a unas instalaciones industriales. Eso también es biometría.

En todo caso, el despliegue de Wikileaks recalienta el debate ciudadano sobre las tecnologías de husmeo y espionaje masivo. Cuando en Libia los sublevados tomaron el control del aparato estatal se encontraron con que estaba equipado con tecnología occidental que se dedicaba a la detección y censura del activismo político. No hay dudas de que esta tecnología llega a manos indeseables ni tampoco de que la vigilancia política en los países de origen de sus fabricantes es sospechosamente discriminatoria. Únicamente hay conflicto cuando llega a gobiernos que no son amigos, pero las amistades de las democracias occidentales no excluyen a dictaduras serviles a sus intereses políticos o económicos. Y a ello cabe añadir el uso doméstico de la misma, que las propias democracias defienden.

En el catálogo presentado por Wikileaks no se revela la identidad de los clientes. Lo que hace es recopilar la documentación, mucha de ella publicitaria, de una oferta tan monumental como preocupante. Falta dar el paso definitivo.

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