Las milicias se adueñan de Libia

Los abusos de los excombatientes ensombrecen la imagen heroica de la revolución

Jóvenes milicianos celebran en Trípoli, el 17 de febrero, el aniversario del levantamiento contra Gadafi. / Mahmud Turkia (AFP)

Cubiertos con kefiya, fusil en ristre, los milicianos patrullan por las ciudades libias con un orgullo inocultable. Caído Muamar el Gadafi, estos combatientes civiles se han adueñado del país. Sus compatriotas los quieren, y al mismo tiempo, los temen. Son los héroes que acabaron con la dictadura y que ahora, a falta de policía y ejército, se encargan de brindar seguridad. Pero a la vez son responsables de abusos de poder, malos tratos y asesinatos. Los organismos de derechos humanos consideran a las milicias como una amenaza para la nación que empieza a construirse. Ellos se presentan como la única salvaguarda de la revolución.

Cada noche, Saleh, Mansur, Ali, Asadik y los tres Mohamed abandonan su cuartel, situado en una antigua base de EEUU en Trípoli, para patrullar por la capital. Antes eran, respectivamente, empleado en una planta de gas, mecánico, profesor de deportes, dependiente, policía, comerciante e ingeniero. Ahora forman parte de las Fuerzas de Protección de la Revolución, un nuevo cuerpo que integra a milicianos y militares. Van vestidos de civil, a bordo de vehículos civiles. Armados con pistolas y fusiles AK-47.

“Al principio teníamos choques con gadafistas. Ahora es más crimen común”, explica Saleh. “Durante la guerra, Gadafi excarceló y armó a 25.000 delincuentes, que andan por ahí haciendo de las suyas. Ya hemos capturado a la mitad”.

Las Fuerzas de Protección de la Revolución fueron creadas hace tres meses por el Ministerio del Interior para organizar la seguridad y frenar el caos generado por la multiplicación de milicias armadas. Sobre todo en Trípoli: los combatientes que llegaron a liberar la capital desde otras poblaciones, como Zintan o Misrata, se repartieron los barrios y han creado pequeños feudos y no pocos problemas con sus escaramuzas.

Saleh y sus compañeros saludan a los milicianos con un mecánico “Alá u akbar” (Alá es el más grande) cada vez que cruzan sus retenes. “Nos coordinamos”, dice, “pero jerárquicamente estamos por encima de ellos”.

"Actuamos como ejército y policía. Garantizamos
la seguridad", dice
un jefe miliciano

No es esa la impresión que ofrece Sadun Al Suweilhi, jefe de la Brigada Misrata, instalada en la antigua academia militar de mujeres (las famosas amazonas de Gadafi). “Somos las milicias las que realmente garantizamos la seguridad de este país. Nosotros actuamos como ejército y como policía”. Al Suweilhi y sus hombres imponen el orden en su bastión tripolitano. “Ahora los que crean más problemas son las bandas africanas”, dice, mientras extrae de una caja de zapatos una bolsa con polvo blanco. “Detenemos sobre todo a nigerianos con heroína y cocaína”. Y, si se tercia, también a periodistas. Al Suweilhi tiene en su poder a dos británicos que trabajan para la televisión iraní, a los que acusa de espionaje. Los ruegos de las autoridades para que los libere han caído en saco roto.

Intentar hacer un organigrama de las milicias en Libia es misión imposible. Hay centenares. Son grupos de raíz local: vecinos y parientes de la misma ciudad, o del mismo barrio. Las hay islamistas y “laicas”. Algunas no llegan a 50 combatientes. Otras sobrepasan los 7.000. Las katibas (brigadas) y las saray (compañías) se federan en coaliciones cambiantes. Las autoridades cifran en 50.000 los civiles en armas. Otras fuentes duplican el número.

La Brigada Misrata
retiene a dos periodistas
británicos a los que
acusa de espionaje

“Si en cualquier otro lugar del mundo los jóvenes tuvieran la mitad de las armas que tienen aquí, se habría liado. Aquí no”, se asombra Ashur el Shames, portavoz del Gobierno. Es cierto que los niveles de delincuencia son mínimos, y que los choques entre milicias se han reducido. “Hay un equilibrio que funciona”.

Sí, pero ¿hasta cuándo? Los combatientes aseguran que entregarán las armas una vez que haya un nuevo Ejército y un Gobierno sólido al frente del país. Las miradas están puestas en las elecciones legislativas previstas para junio. De hecho, los principales jefes de milicia andan ya organizando partidos o aliándose con líderes políticos. La duda es si esas armas que ahora sirven para defender la revolución se usarán en el futuro para dirimir las luchas por el poder.

De momento, sin nadie a quien rendir cuentas, las milicias se han repartido el territorio, han asumido tareas de policía y de juez, y mantienen en su poder a unos 8.000 prisioneros (entre ellos, a Saif el Islam, hijo y heredero de Gadafi). Amnistía Internacional, Human Rights Watch o Médicos Sin Fronteras han denunciado torturas y abusos “generalizados”.

Omar Brebesh, ex embajador libio en Francia, murió por
las torturas de una milicia de Zintan

Algo que conoce de primera mano la familia de Omar Brebesh, abogado y exembajador en Francia hasta 2008. Brebesh fue convocado el 19 de enero por una milicia acantonada en Trípoli. Se trataba de una “breve entrevista”. Su cuerpo fue hallado al día siguiente en la morgue de Zintan, a 150 kilómetros al sur de la capital. “Heridas múltiples”, decía un escueto informe médico. Brebesh presentaba fracturas, las uñas de los pies arrancadas, quemaduras, cortes, marcas de golpes… “Murió por las torturas”, dice Bashir, su hijo mayor, que estudia neurología en Canadá.

Solo a base de mover contactos (la viuda de Brebesh es de una conocida familia de Zintan), el consejo militar de aquella ciudad detuvo a la brigada. El jefe, Jaled al Blehzi. resultó ser uno de los delincuentes liberados por Gadafi. “Dicen que lo mataron por gadafista, pero en realidad pretendían quedarse con los dos vehículos y los bienes de la familia”, explica su hijo.

La familia se siente desamparada. “Ningún abogado quiere llevar el caso por miedo. El fiscal general no ha movido un dedo. El viceministro de Exteriores me dijo que no quieren problemas con las milicias. Los medios libios rechazan publicar nada. Cuando Human Rights Watch lo denunció, empezaron a insultarnos y a difamar a mi padre”, explica Bashir, que acusa de “hipocresía” a las nuevas autoridades. “Me reuní con Mustafa Abdelyalil, el presidente del Consejo Nacional de Transición, y me dijo que habría justicia. Y tres días después declaraba a la cadena Al Yazira que las denuncias de torturas eran rumores sin confirmar”.

El Gobierno provisional intenta poner coto a unos desmanes que enturbian la imagen de la revolución libia. De momento está organizando la incorporación de los milicianos a las futuras fuerzas de seguridad. Unos 1.500 voluntarios se preparan en Jordania y serán, en unos meses, la primera promoción de la nueva policía. Mientras, las patrullas mixtas reciben cursillos acelerados de derechos humanos. Queda todo por hacer en un país que arrastra 42 años de brutalidad y muchas cuentas por saldar.

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Periodista de Internacional de EL PAÍS

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