ANÁLISIS

África mira a Senegal

En el país está en juego la credibilidad de los políticos del continente. Si cae la democracia en Senegal, es posible que al resto de África le sea más difícil seguir esa senda. Pero será solo un traspié a lo largo de un camino que no tiene vuelta atrás

Ciudadanos senegaleses miran la prensa tras la publicación de los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales. / YOUSSEF BOUDLAL (REUTERS)

En África occidental siempre se ha envidiado a Senegal, un lugar donde nunca triunfaron los golpes de estado ni se instaló la violencia (si excluimos los intentos independentistas de Casamance, de los que poco se sabe en el resto del país). Los senegaleses, muchos de los cuales se ven obligados a migrar para mejorar sus condiciones económicas, siempre se han sentido muy orgullosos del funcionamiento de su democracia.

Hablamos de un país que desde su independencia fue gobernado por intelectuales y poetas. Aunque todo eso cambió en 2000, cuando Abdulaye Wade, tras años intentándolo, ganó las elecciones presidenciales. Desde entonces, negras sombras han ido carcomiendo los cimientos de la democracia. Represión de protestas, cortapisas a la prensa, muertes de estudiantes, nepotismo…, fueron las señales que el mundo no quiso leer. Wade, poco a poco, se enraizaba en el poder y tras superar el límite legal de dos mandatos, conseguía, hace unas pocas semanas, que el Tribunal constitucional, con una rocambolesca y amplia interpretación de la Constitución, le permitiera presentarse a una tercera elección.

El resto lo conocemos: manifestaciones, muertes, policías apaleando a jóvenes, artistas poniendo música a las movilizaciones… La plaza del Obelisco de Dakar se convirtió en el centro de la indignación y la represión. Los ciudadanos desafiaron la violencia policial en defensa de la democracia. La mayoría de nuestros medios informativos miraron hacia otra parte.

En Occidente nos cuesta asimilar que en África los ciudadanos sean capaces de tener sentimientos democráticos y republicanos y por eso se buscaron excusas como la de que se protestaba porque se había desestimado la candidatura del cantante Youssou Ndour. Nada más lejos de la realidad. Este hecho fue aceptado dentro de la normalidad democrática, con igual convicción como se rechazaban las maniobras del viejo aprendiz de dictador.

Wade pertenece a esa casta de gobernantes que, a pesar de estar revestidos de modales democráticos, piensan que el poder, una vez adquirido, les pertenece de por vida y no tienen que dar cuentas de él. Es la mentalidad del jefe tradicional de una aldea o de los reyezuelos que ejercen un poder más amplio que se encuentra en tantos rincones del África rural: señores absolutos con derecho de pernada y de vida y muerte sobre sus súbditos. Se proclaman Padres de la Nación y decretan el amor incondicional a su persona a golpes de represión.

A Wade le duele dejar el trono y está utilizando cualquier triquiñuela a mano para aferrarse a él, con la convicción de que sólo él sabe lo que es mejor para su pueblo.

Pero las cosas están cambiando en África. Los jóvenes, cada vez más educados, y la emergente clase media son muy conscientes de sus derechos y piden responsabilidades a sus gobernantes. Ya no se dejan engatusar por las tazas de arroz o los billetes que las caravanas electorales solían repartir en las pantomimas celebradas, durante décadas, en el continente.

La prueba evidente de que los senegaleses siguen defendiendo su democracia la vimos el domingo pasado, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales: la tranquilidad, la calma y el alto porcentaje de participación calificaron la jornada.

Posiblemente habrá una segunda vuelta. El mismo Wade lo aceptaba, con voz fatigada, el lunes en una rueda de prensa, aunque no descartaba que el recuento final le dé la mayoría absoluta. A falta de que se publiquen los resultados oficiales, todo está en el aire, puede haber más violencia, pero, al mismo tiempo, la esperanza sigue intacta.

En Senegal, espejo en el que se miran tantos otros países, está en juego la credibilidad de los políticos del continente. No hay duda de que los africanos y las africanas han optado por la democracia. Cada vez los dictadores lo tienen más difícil para seguir incrustados en sus tronos. Solo con la protección de muy poderosos aliados (Francia, Reino Unido, Estados Unidos, ¿China?...) personajes como Kagame, Biya, Mugabe, Afewerki, Al-Bashir o Obiang se mantienen en pie.

Si cae la democracia en Senegal, es posible que al resto de África le sea más difícil seguir caminando en esa senda, pero será solo un traspié a lo largo del camino, porque la opción que ha tomado el continente africano, no parece tener vuelta atrás.

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