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Muere el cantante y compositor Peret a los 79 años.  El músico, que padecía cáncer, fue el gran padre de la rumba catalana.

REPORTAJE

Sentado en la mesa del diablo

Vivió durante años con jefes del cartel de Cali, hasta que se hartó de los crímenes y la corrupción

Su colaboración con la justicia supuso la captura de los capos colombianos

Jorge Salcedo es hoy un testigo protegido que vive en un lugar secreto de EE UU

El narcotraficante Gilberto Rodríguez Orejuela, ‘El Ajedrecista’, en un furgón militar / Handout / Reuters (Ap)

En algún restaurante de comida rápida, en algún lugar indeterminado de Estados Unidos, un hombre de unos 60 años responde al móvil: “Hola. Soy Jorge Salcedo. Encantado de atenderle”. La entrevista telefónica con EL PAÍS ha sido concertada previamente a través de un contacto que ha facilitado, con su consentimiento, el nuevo número de teléfono de Salcedo. Es una tarjeta desechable; no ha sido utilizada anteriormente y no recibirá muchas más llamadas después. La intención es no dejar ningún rastro del paradero de Salcedo, que tampoco se llama ya así. Desde hace 15 años forma parte del programa de testigos protegidos de EE UU bajo una nueva identidad. Su vida corre peligro. Él es el hombre que derrotó al cartel de Cali.

A finales de los años ochenta, Colombia era el escenario de una sangrienta guerra entre los carteles del narcotráfico en la que Pablo Escobar acaparaba todo el protagonismo. Los sicarios del supercapo de Medellín mataban a todo aquel que fuera apuntado por el dedo de El Patrón: jueces, policías, funcionarios... Era la época en la que los sicarios disparaban a la oreja y la vida valía unos cuantos dólares. En el camino morían civiles que nunca se habían enfrentado a Escobar.

Salcedo le odiaba y no soportaba que la violencia, los secuestros, la corrupción y el soborno se hubieran convertido en señas de identidad de su país. Y uno de los jueces asesinados era amigo suyo. En enero de 1989 se le presentó la ocasión de acabar con Escobar. Los llamados Caballeros de Cali, encabezados por los hermanos Rodríguez Orejuela, querían muerto a su rival. En principio parecía una empresa que no estaba al alcance de Salcedo, un ingeniero con conocimientos de seguridad y sueños de montar su propio negocio. Pero los Rodríguez Orejuela solo querían que les pusiese en contacto con unos mercenarios británicos a los que Salcedo había conocido años atrás. Ellos darían el golpe a Escobar; Salcedo solo serviría de enlace. Aceptó.

Así fue como el ingeniero Salcedo empezó a trabajar para el cartel de Cali. El ataque a Escobar falló. Pero, casi sin quererlo, Salcedo se vio trabajando como jefe de seguridad de uno de los mayores emporios de la droga que se han conocido.

Los protegió, asistió a sus reuniones, supo qué políticos y qué funcionarios estaban comprados, estuvo en muchas de sus conversaciones y tuvo que tragar saliva cuando los esbirros del cartel ejecutaban a cualquiera que hubiese cometido un error. Participó de sus planes y conoció sus secretos. Un día sintió que la violencia del cartel había traspasado ya los límites de los que él era capaz. Sus intentos de abandonar la organización no fueron bien vistos por los Rodríguez Orejuela. Se dio cuenta de que jamás podría dejarlos si no era dentro de un ataúd. Cuando le pidieron que matara a un hombre, decidió contarlo todo a la agencia antidroga DEA. “No tenía alternativa. O salía o moría”.

Los capos le encargaron una misión destinada a acabar con la vida del supercapo colombiano Pablo Escobar

El relato de Salcedo está en los archivos de la DEA, pero no habría sido conocido públicamente si William C. Rempel, periodista de investigación de Los Angeles Times, no hubiese olido que estaba ante una historia fascinante y se decidiera a contarla en un libro que sale ahora a la venta en España. En la boca del lobo (editorial Debate) es el fruto de más de mil horas de entrevistas telefónicas entre los dos hombres que han fraguado una extraña amistad. “Jorge y yo somos buenos amigos. Pero nuestra amistad es rara. Nunca he conocido a su familia, no puedo visitarle. No conozco dónde vive, ni su nuevo nombre. Todo eso seguirá siendo un secreto por algún tiempo. Quizá para siempre. Si alguna vez nos vemos, Jorge ha prometido que preparará un banquete colombiano para mí”, explica Rempel.

Mientras tanto, Salcedo vive pendiente de su sombra. Ha desarrollado un carácter que le hace saltar como un resorte ante los imprevistos. “Hay que mirar al espejo retrovisor, pero sin que se note. Mi mayor protección es mi nombre y mi conciencia de que tengo que estar en la jugada. Ayuda el hecho de vivir en un lugar donde se nota la llegada de un coche nuevo. Y llevo un perfil bajo”, cuenta Salcedo, que dice haber cambiado de residencia varias veces. A veces algunas noticias le ponen de aviso. “Cuando ves que matan a gente como Leónicas Vargas [jefe del cartel de Caquetá, asesinado a tiros en un hospital de Madrid el 8 de enero de 2009], piensas: ‘uno que no se cuidó”.

El libro se publicó el año pasado en Estados Unidos con el título de At the devil’s table (En la mesa del diablo), que Salcedo prefiere al de En la boca del lobo. “Explica mejor lo que significaba estar con los jefes del cartel. Trabajar para ellos era como jugar a las cartas con el diablo”, dice Salcedo.

El exjefe de seguridad del cartel es un tipo metódico con una memoria prodigiosa. Una vez que se decidió a contar su historia a Rempel, creó un documento de Excel en el que anotó las fechas y los hechos que recordaba. Anotó fechas, asignó colores y trazó “líneas de tiempo” para tratar de establecer cómo había sucedido todo. Los datos fueron cotejados por Rempel con los archivos de la DEA y entrevistas a los agentes que participaron en las detenciones de los miembros del cartel.

“Sabía muchas cosas”, prosigue Salcedo. “Primero porque había pasado mucho tiempo con ellos, pero luego también porque desde mi puesto había interceptado muchas conversaciones telefónicas”. Desde el principio, Salcedo se ganó el apodo de MacGyver, el personaje de la serie de televisión al que solo le bastaba un clip y un chicle para escapar de los malos. Valiéndose de la señal de radio de empresas legales del Valle de Cauca y de radioteléfonos Motorola de baja potencia, tejió una red de telecomunicaciones que resultaba imperceptible para la policía y los espías de Escobar.

Pero su principal misión seguía siendo la de eliminar a Escobar. En 1991, el objetivo estaba lejos de conseguirse. Escobar se había entregado a su manera: había pactado con las autoridades un autoencierro en una cárcel de lujo llamada La Catedral, diseñada para seguir controlando desde allí todas las operaciones del cartel de Medellín. Los Rodríguez Orejuela querían matarle bombardeando La Catedral. Salcedo empezó a dejar de pensar que el fin justifica los medios. Aquello suponía llevarse por delante a inocentes. Su desacuerdo con los jefes empezó a causarle problemas y a crearle la sensación de que podía colocarse una diana al cuello si no obedecía.

No hizo falta convencerles. Las luchas internas en la organización de Escobar y las amenazas sobre La Catedral hicieron que El Patrón se fugara. En 1993, mientras toda Colombia le buscaba, el cartel de Cali se convertía en una organización más grande que la Mafia, según señala el libro de Rempel citando a la DEA. El 2 de diciembre de ese año, el Bloque de Búsqueda, un comando de militares, policías y cuerpos antidroga de EE UU, abatía a tiros a Escobar en los tejados del piso de Medellín que le servía como escondite.

Salcedo, que narra su vida en el libro ‘En la boca del lobo’, dice que “los peores malandrines” aún pueden actuar desde la cárcel

Las mejores noticias para el cartel de Cali acabaron siendo las peores. Con Escobar fuera, todos los esfuerzos de la Administración del presidente de EE UU Bill Clinton se concentraron en los Caballeros de Cali. Fueron los peores años para Salcedo. No terminaba de trabajar hasta que Miguel Rodríguez Orejuela, el jefe del cartel, se iba a la cama; apenas veía a su esposa, y vivía con la continua sensación de que cualquier opinión discordante le hacía parecer desleal. La mayoría de las veces, los desacuerdos llegaron por los ajustes de cuentas y la feroz violencia que empleaban los hombres del capo. En una ocasión presenció cómo destrozaban el cuerpo de un hombre atado de pies y manos mientras dos coches tiraban de las cuerdas en dirección contraria. Aunque detestase aquello, Salcedo se veía cada vez más implicado y sin posibilidad de escapatoria. Su límite llegó el día que su jefe le encargó matar a Guillermo Pallomari.

Pallomari era el contable del cartel, un tipo “descuidado y arrogante”, en palabras de Salcedo, al que este detestaba y con el que había rivalizado en el cartel. Pero Salcedo no quería matar. Demoró la misión todo lo que pudo. Mientras tanto, la DEA se echaba sobre Miguel Rodríguez Orejuela. Su hermano mayor, Gilberto, ya había sido detenido. La única posibilidad de Salcedo era contactar con los gringos. Una llamada a la CIA que no pasó de la telefonista le hizo darse cuenta de lo absurdo de sus pretensiones.

Finalmente, un golpe de suerte. Salcedo se puso en contacto con un abogado de Florida llamado Joel Rosenthal que había blanqueado dinero del cartel y había sido detenido por ello. La llamada le sirvió para contactar con la DEA y poner en bandeja a su jefe.

El primer intento de entregarle no salió bien y puso a Salcedo muy nervioso. Fue una operación rocambolesca que se torció en el último momento. El Padrino recibió un soplo de las autoridades y consiguió escapar. Salcedo instaló una grabadora en su coche para saber qué pensaban de él. Días después escuchó la grabación de dos miembros del cartel a los que había dejado solos en su vehículo:

—¿Qué opinas de él? —preguntó uno de ellos.

—No sé —respondió el otro—. Pero lo noto nervioso, ¿no te parece? Y distraído.

Los hombres escucharon un ruido y pensaron que había micrófonos. Callaron. Salcedo escuchó luego la grabación y supo que le quedaba poco tiempo. Antes de marchar, Salcedo habló una vez más con su jefe. “Estoy preocupado por ti. Me contaron que estabas muy nervioso el día del allanamiento”, le dijo el capo. Salcedo sintió un escalofrío. Tal vez le vino a la mente aquella vez en que vio cómo uno de los capos buscaba un tenedor para sacarle los ojos a un soplón.

En la siguiente ocasión, Salcedo dibujó un croquis del nuevo escondite de Miguel: el edificio Hacienda Buenos Aires, en un barrio al norte del río Cali. Lo detuvieron en agosto de 1995. En últimas, la insistencia de Salcedo también salvó a su rival, el contable, que como él también forma parte del programa de testigos protegidos.

Los dos hermanos siguieron controlando el cartel desde los hoteles-cárceles de Colombia en los que se encontraban recluidos. El tratado de extradición con EE UU, abolido desde el Gobierno de César Gaviria, se reinstauró en 1997, aunque solo afectaba a los que cometiesen delitos de narcotráfico después de ese año. Las informaciones facilitadas por Salcedo y Pallomari habían puesto a la DEA sobre la pista de nuevos nombres. Sabían a quiénes tenían que vigilar. A mediados de la década pasada, los investigadores demostraron que los Rodríguez Orejuela habían seguido en el ajo mucho después de 1997 y fueron extraditados a EE UU. Podrían quedar libres en 2030.

“Lo mejor de esta historia es que es real”, dice Salcedo al otro lado del teléfono, consciente de haber vivido una historia como la de El Padrino. El ingeniero se ha hecho a su nueva vida, pero sabe que no puede dar un paso en falso: “Los peores malandrines están en la cárcel, y desde ahí se pueden hacer muchas cosas”, asegura.

Salcedo habla desde teléfonos de otras regiones facilitados por los US Marshall. A veces habla de sol si hace lluvia, o de un aguacero si el día está despejado. “Hay que evitar que lo ubiquen a uno. Eso es a lo que me dedicaba yo también, a interceptar conversaciones”. No hace planes por teléfono.

Para él, los primeros años en EE UU fueron los más duros. Se mudó allí con su familia. Se sintió culpable por haberles hecho dejar atrás su tierra y sus amigos. Sus hijos eran pequeños y no supieron nada hasta que Rempel publicó En la boca del lobo. “Mi hija me preguntó que por qué no se lo dijimos antes. A veces tiene pesadillas. Mi mujer también sufrió todo esto. Yo no le había dicho nada por seguridad”, relata.

Salcedo ha vuelto a diseñar máquinas y se gana la vida como autónomo. Está pendiente de la respuesta de una empresa sobre un aparato que “podría resultar innovador”. Pero no podrá buscar reconocimiento público. Nadie sabrá que él es el tipo que ha dado con la tecla, ni que él fue el protagonista de una historia de violencia que explica la década más sanguinaria y corrupta de Colombia.

La conversación con Salcedo dura dos horas. Habla de la lucha contra el narcotráfico, de la situación de México, de la necesidad de leyes universales para atajar a los capos de la droga. Y también de las conversaciones con Bill (William C. Rempel), de la posibilidad de llevar su historia a la televisión y de los banquetes colombianos, ese que quizá disfruten algún día ambos en algún lugar de Estados Unidos.

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