OPINIÓN

¿Un lobo solitario?

Los atentados individuales se inscriben en el marco polimórfico propio del actual terrorismo global

El hecho de que un individuo ejecute atentados como único autor material no necesariamente implica que se trate de un lobo solitario. Al menos si, como se entiende comúnmente esa denominación cuando es aplicada a terroristas, hace referencia a alguien que se desenvuelve al margen de grupo u organización alguna. Si finalmente se comprueba, como han anticipado las autoridades francesas, que el autor de la serie de atentados ocurridos en Montauban y Toulouse los pasados días 11, 15 y 19 de marzo, estaba vinculado con determinadas entidades yihadistas y tenía importantes conexiones internacionales, se trataría de una serie de actos individuales de terrorismo perpetrados por una misma persona pero no un caso de lobo solitario. Lobos solitarios parece que fueron tanto el yihadista libio que intentó cometer un atentado suicida en un cuartel de Milán en octubre de 2009, aunque tuvo un par de cómplices locales, como otro de origen kosovar que abrió fuego contra militares estadounidenses en el aeropuerto de Frankfurt en marzo de 2011. La diferencia entre ambos tipos de incidentes no es irrelevante. Remite a una reflexión sobre la variada naturaleza con que la amenaza transnacional del terrorismo yihadista va a seguir manifestándose en Europa occidental.

Primero, que Mohamed Merah, presunto asesino de siete personas, se presente a sí mismo como creyente musulmán inmerso en un combate de yihad indica, desde luego, que ha completado un proceso de radicalización violenta e implicación terrorista. Segundo, que se trate de un varón de 24 años coincide con la caracterización sociodemográfica básica correspondiente a la mayoría de cuantos yihadistas han actuado y actúan en países occidentales. Tercero, que previamente hubiese estado relacionado con un grupo alineado con Al Qaeda formado en Francia, Fursan Al Izza, disuelto por el Ministerio del Interior francés a inicios de este mismo año por su proyección violenta, o con ámbitos de ideario afín, hablaría del terrorismo yihadista como problema endógeno, más aún siendo ciudadano francés aunque de ascendencia argelina. Cuarto, que el individuo en cuestión haya viajado a otros países en función de sus creencias yihadistas, incluso a Afganistán y Pakistán para recibir entrenamiento militar y estrechar relaciones con miembros de organizaciones integradas en la urdimbre del terrorismo global, advierte de la complejidad de una amenaza que, en nuestro inmediato entorno europeo, es en buena medida a la vez interna y externa.

Así pues, los actos individuales de terrorismo yihadista pueden obedecer a la actuación de extremistas aislados y hasta autorradicalizados. Pero también pueden formar parte del repertorio de violencia de un grupo o de una organización terrorista. En este supuesto, cabe interpretarlos como resultado de la dinámica generada en el seno de círculos yihadistas establecidos dentro de las comunidades musulmanas, a menudo mimetizados en congregaciones salafistas. Piénsese, por ejemplo, en el asesinato, en noviembre de 2004, del cineasta Theo Van Gogh a manos de Mohamed Bouyeri, yihadista holandés de origen marroquí. También cabe, sin embargo, que sean expresión de una decisión adoptada por líderes de Al Qaeda o de sus extensiones territoriales y organizaciones asociadas. Ocurrió con Richard Reid, el terrorista del zapato, quien en diciembre de 2001 estuvo cerca de hacer estallar una aeronave comercial en ruta de París a Miami, siguiendo órdenes de Kahlid Sheik Mohamed. De igual modo que, en diciembre de 2009, los dirigentes de Al Qaeda en la Península Arábiga encomendaron a Umar Farouk Abdulmutallab un propósito similar, que casi consigue llevar a cabo en un vuelo transatlántico sobre Detroit.

En suma, los atentados individuales se inscriben en el marco del polimorfismo propio del actual terrorismo global y de la evolución observable en la amenaza que dicho fenómeno yihadista continúa suponiendo para las sociedades occidentales.

Fernando Reinares es investigador principal de Terrorismo Internacional en el Real Instituto Elcano y catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos.

 

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