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REPORTAJE

¿Hay futuro para la socialdemocracia?

Si el SPD remonta puede vislumbrarse un renacimiento. ¿Cuál? El debate sobre el papel de la socialdemocracia está en ebullición

François Hollande a la izquierda y Sigman Gabriel el pasado marzo. REUTERS

La socialdemocracia europea, que pagó la crisis económica y financiera de 2008 mucho más duramente que la derecha, se prepara para unos meses decisivos. Las elecciones presidenciales francesas del próximo abril serán la primera prueba importante, pero donde se juega el futuro, donde se centra toda la atención —y la tensión— es en las elecciones alemanas de 2013. Si el histórico SPD no lograra superar los catastróficos resultados de 2009 y no pudiera formar Gobierno, aunque sea en coalición, los sueños de los otros partidos de impulsar en la Unión Europea un cierto cambio de política y de promover un renacimiento de la izquierda democrática sufrirían un duro golpe. Una victoria de François Hollande sería acogida con alborozo, como una posible señal de cambio de tendencia o como una inyección de ánimo, pero solo el regreso al poder de los socialdemócratas alemanes, mucho más influyentes en la izquierda europea, representaría el fin de la travesía del desierto.

La socialdemocracia está en ebullición en casi toda Europa. Proliferan los think tanks, las fundaciones, los blogs y los grupos de debate en los que se intenta poner en marcha programas e iniciativas y donde, sobre todo, se aspira a recuperar el optimismo e identificar los más pequeños “brotes verdes” de su ideología. La debacle de los últimos años fue tan imponente (perdieron el Gobierno en prácticamente todos los países en los que tenían el poder, desde Suecia a Grecia, pasando por Alemania, Francia, España y Reino Unido) que lo primero es convencerse ellos mismos de que el declive no es algo definitivo. El Proceso de Ámsterdam, The Next Left, The Good Society son solo algunos de esos centros de discusión, que se van extendiendo por toda la UE, incluida España, donde, además de la Fundación Ideas, que dirige Carlos Mulas, han empezado a aparecer otros foros más pequeños. Un grupo de 25 jóvenes militantes y simpatizantes del PSOE acaba de lanzar, en medio de la dramática campaña electoral andaluza, un blog que quiere alimentar el debate.

Lo primero es animarse, pero lo segundo es lograr que el electorado comience a pensar que la derecha no es tan buena gestora de crisis como se cree. “Angela Merkel y Nicolas Sarkozy no llegaron al poder como reformadores neoliberales, sino como mejores gestores que la socialdemocracia. Ahora, los electores se dan cuenta de que no basta con estar en contra del socialismo. El tiempo está ahora de nuestro lado”, asegura a EL PAÍS Pär Nuder, exministro sueco de Economía y animador del debate en su propio país.

En las elecciones europeas de 2014 presentarán un candidato único a la presidencia de la Comisión

¿Si la socialdemocracia ocupara algún día el Gobierno en la mayoría de los 27 países de la Unión Europea sería capaz de presentar un programa común? Difícilmente, porque existen familias ideológicas, intereses y enfoques diversos. Aun así, los integrantes del Partido Socialista Europeo anunciaron hace poco una iniciativa sin precedentes: en las próximas elecciones europeas (mayo-junio de 2014) presentarán un candidato único a la presidencia de la Comisión. Esta vez, aseguran, evitarán el bochorno de las elecciones anteriores, cuando los socialistas británicos, portugueses y españoles apoyaron al candidato de la derecha, José Manuel Durão Barroso.

Quizás en la próxima campaña europea sea posible que los distintos partidos socialdemócratas elaboren una lista de objetivos compartidos, aunque prácticamente todos reconocen que la única manera de dar un cierto giro a la política de austeridad no es ganar las elecciones europeas, sino, sobre todo, lograr que sea el SPD el que pilote la salida de la crisis. Toda la socialdemocracia de la UE examina con atención la agenda europea de sus colegas alemanes. En París y en el sur suenan bien los llamamientos del presidente del SPD, Sigmar Gabriel, que comparte el liderazgo de su partido con otros dos políticos, Frank-Walter Steinmeier y Peer Steinbruck, a promover “un pacto para el crecimiento”. O su manera de recordar que el SPD nunca ha sido partidario de una economía dirigida por el Estado, pero tampoco de un “capitalismo salvaje”.

Lo que parece bastante claro es que son muy pocos los socialdemócratas europeos que defienden una “vuelta atrás” y un abandono de lo que se llamó la Tercera Vía, de Tony Blair, o la Neue Mitte, de Gerhard Schröder. “Cada vez que hemos pensado que la solución estaba en lo que llaman ‘un regreso a los principios’, nos hemos quedado veinte años en la oposición”, comenta, con ironía, un exministro socialista español.

“Cada vez que creímos que la solución estaba en un regreso a los principios quedamos 20 años en la oposición”

“Yo me considero un socialdemócrata revisionista”, afirma Olaf Cramme, presidente del think tank Policy-Network. “Creo en la ‘misión central’ de la socialdemocracia, pero reconozco que es necesario revisar, evaluar continuamente las maneras de conseguir ese objetivo progresista y, si es necesario, modernizar esos medios”. La socialdemocracia, admite, ha fracasado en su objetivo de reducir la desigualdad, pero “la retórica altisonante y una fe ciega en la redistribución a veces nos ha hecho más mal que bien”. Según Cramme, reducir la desigualdad requiere “decisiones difíciles y una aproximación no dogmática” al problema.

Pär Nuder no se siente cómodo con la definición de “revisionista”. “Yo me siento un típico socialdemócrata escandinavo: alguien que cree firmemente en la interdependencia entre el crecimiento económico y el desarrollo, por un lado, y la seguridad social y la igualdad, por otro”. Nuder no confía demasiado en un giro europeo. “Toda la política es local, algo que parecen haber olvidado en Europa”, afirma. “Los problemas de Europa no se resolverán a nivel supranacional, sino que cada país debe hacer sus deberes”, añade.

El exministro sueco se muestra irritadísimo con Grecia y con sus niveles de corrupción, equiparables a Malawi o Sri Lanka. Y pone como ejemplo a Suecia, que se encuentra en mejor situación que otros países de la UE porque su modelo social ha sido modificado para ser capaz de abordar la globalización. “Debemos construir una gobernanza global para abordar problemas globales, pero las nuevas instituciones no resolverán la falta de confianza que ahora existe en las instituciones nacionales. La confianza social debe ser recompuesta”, insiste.

Nuder cree que la socialdemocracia ganó la guerra sobre el Estado de bienestar, pero que perdió la batalla sobre cómo manejarlo. “El paro y una seguridad social debilitada son las principales razones de la desigualdad y de las brechas sociales. Hablar de igualdad de oportunidades es una mala excusa para no abordar el paro o para no fortalecer la seguridad social”, clama. Su partido acaba de elegir como nuevo líder a un dirigente del poderoso sindicato del metal, Stefan Lofven, partidario de un enfoque parecido.

La socialdemocracia redistribuye menos de lo que promete, pero los liberales redistribuyen mucho menos

Ernest Stetter, secretario general de la Fundation for European Progressive Studies (FEPS), admite que la familia progresista europea es diversa, con un pluralismo que refleja distintas procedencias, “así que compartimos valores básicos, pero diferimos en cuanto a la aplicación de las políticas para lograr esos objetivos”. Para Setter, la Tercera Vía británica fue un intento de adaptar la socialdemocracia para que respondiera a las necesidades de una sociedad posindustrial, pero quiere “ir más allá de clasificaciones estrechas”. “Necesitamos desesperadamente un modelo social europeo que incorpore una nueva mirada sobre el Estado del bienestar”, asegura.

“El mundo no volverá a ser como era antes de 2008”, mantiene Stetter, “pero lo que está en juego ahora es el histórico contrato social entre el mundo del dinero y el del trabajo, el mundo de un trabajo decente y un cuidado (una seguridad social) asumible”. Según el secretario general de la FES, “no se trata de doblegar al capitalismo financiero, sino de cambiarlo, y creo que la socialdemocracia está ganando otra vez credibilidad e inspiración en ese camino”.

Matt Browne, investigador titular del Center for American Progress, cree que una aproximación “revisionista” de la Tercera Vía es la más adecuada hoy día. Aunque admite que “hubo una visión demasiado benevolente de la globalización y quizás se insistió demasiado en adaptar nuestros países para que la gente se beneficiara de esa globalización, sin insistir lo suficiente en la necesidad de instituciones globales para manejar esa globalización colectivamente”.

Browne cree que la socialdemocracia sigue siendo demasiado “estatalista” en cuanto a las políticas sociales y achaca a ese problema la derrota de Gordon Brown y el éxito del conservador David Cameron en Reino Unido. “Los laboristas han estado demasiado preocupados por hacer cosas para la gente en lugar de habilitar a la gente para hacer esas cosas por ellos mismos”. Quizás por eso, los laboristas británicos de Ed Miliband han lanzado la idea de la Good Society (Buena Sociedad) frente a la Big Society (Gran Sociedad), el programa con el que ganó Cameron.

“La Big agenda debió ser nuestra”, mantiene Browne, para quien los partidos ya no lideran a las sociedades, sino que son instrumentos que ayudan a los ciudadanos. “A la socialdemocracia le ha ido mal porque ha sido incapaz de crear una agenda post-Tercera Vía convincente”, concluye. “Aunque la realidad hoy día es que el programa de austeridad de la derecha no funciona y que es la derecha la que está en crisis. Dejemos de hablar de la supuesta enfermedad de la socialdemocracia”. El neoliberalismo es el que ha descarrilado, por su dependencia excesiva de los servicios financieros.

La agenda socialdemócrata europea habla hoy día más de “capitalismo decente” y de “capitalismo responsable” que de modelos económicos alternativos o de proclamas programáticas. Huye de modelos anteriores, con una defensa a ultranza del papel del Estado. “En cierta forma”, explica Stefan Berger, profesor de historia Europea en la Universidad de Manchester, “la socialdemocracia se ha presentado como la que mejor podía manejar el capitalismo y la que podía lograr sociedades más justas y equitativas dentro de ese capitalismo” mediante la redistribución. El problema es que no consiguen reformular esa visión de cara al futuro, mantiene. Y que hay mucha prisa en conseguir diseñar la nueva estrategia, capaz de atraer el voto de amplios sectores sociales, si realmente la derecha demuestra que no es capaz de encontrar la salida a la crisis sin un coste social insoportable.

Con el “capitalismo desatado”, todos los socialdemócratas creen que se les abren nuevas posibilidades electorales

Los partidos socialdemócratas, como el SPD alemán, los laboristas británicos, el PSOE español o el SAP sueco se convirtieron ya hace tiempo en “catch-all parties”, una denominación ya clásica para definir ofertas electorales que atraen a votantes de distintas y amplias capas sociales. “Incluso en circunstancias sociales tan alteradas como la actual, la socialdemocracia trata de crear alianzas programáticas entre la clase media preocupada por la solidaridad, por un lado, y los trabajadores y los más desfavorecidos de la sociedad, por otro”, mantiene Julian Nida-Rümelin, influyente filosofo alemán, en un trabajo para la Fundación Ebert, y eso ha sido compatible hasta ahora con su voluntad de ser “catch-all parties”.

“No hay ninguna base a la que volver ni principios eternos que cuidar”, escribe el ministro de Asuntos Exteriores australiano, el laborista Bob Carr. La debacle de Wall Street, asegura, no ha provocado una nueva fe en la socialdemocracia, pero lo cierto es que, en la mayoría de las ocasiones improvisando y casi por intuición, esa socialdemocracia ha logrado frenar las mayores desigualdades. “Dejemos de pensar en grandes ideas”, propone, y dediquémonos a resolver los problemas cotidianos de la gente. “Ese es un buen camino”.

Stewart Wood, asesor del líder laborista británico, Ed Miliband, defiende también que solo los socialdemócratas tienen los valores para hacer que el capitalismo se comporte de manera “decente”. “Deberíamos estar orgullosos de actuar como el freno de esos excesos, de haber peleado por un capitalismo responsable, defendiendo salarios mínimos, inversiones en sanidad y en educación, servicios públicos eficaces…”. “Tenemos que transmitir optimismo sobre lo que la política puede conseguir”, asegura.

José María Maravall, destacado sociólogo y exministro socialista español, prepara precisamente un nuevo libro en el que mantiene que la igualdad ha sido la promesa más característica de los programas de los partidos socialdemócratas europeos, la que más beneficio electoral les ha aportado y que, sin embargo, durante los Gobiernos socialdemócratas la desigualdad no se redujo. Pese a todo, “la diferencia entre los efectos distributivos de la socialdemocracia y la derecha es muy acusada si se analizan sus años de gobierno”, explica Maravall. “Los Gobiernos de derecha incrementaron mucho las diferencias entre el sector más rico y el más pobre. Cuando gobernó la socialdemocracia se atenuó esa desigualdad, aunque la reducción es mucho menos acusada que el incremento que provoca el gobierno de la derecha”. La socialdemocracia redistribuye poco, menos de lo que promete, pero los liberales redistribuyen mucho menos, demuestran las estadísticas analizadas.

La respuesta al problema de la desigualdad (que es distinta a la discriminación) sigue siendo la mayor dificultad con que tropieza la socialdemocracia, porque se trata de un principio fundamental de la izquierda, pero que está ligado también al principio del crecimiento económico. La socialdemocracia evade la respuesta a los cambios que deben ser introducidos para luchar contra la desigualdad porque implica modificar el Estado del bienestar, advierte Maravall. “Igualdad de trato no significa redistribuir”.

Con el “capitalismo desatado”, prácticamente todos los partidos socialdemócratas europeos creen que se les abren nuevas posibilidades electorales. Los cambios a nivel nacional pueden ayudar a que la Unión Europea diseñe programas de crecimiento, pero la mayoría de los dirigentes socialistas europeos aceptan al mismo tiempo que es imprescindible una disciplina fiscal estricta, que promueva el equilibrio y una reforma del Estado de bienestar. “Un vez más, volveremos a gobernar y lo haremos en momentos en los que haya que tomar decisiones difíciles”, anuncian los laboristas británicos. “La crisis europea es mucho más que un asunto de déficit y de deudas. Tiene mucho que ver con la falta de confianza social”, advierte Pär Nuder.

 

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