Francia padece vértigo

El malestar viene de un pasado que no volverá y un futuro a la deriva

El presidente francés, Nicolas Sarkozy, en una fábrica de quesos y jalea en la isla de Córcega. / REUTERS

Una Francia menor, superada por Alemania, está a punto de pasar por las urnas sin hallar en la política un horizonte que conforte a los franceses, convencidos de ser víctimas de la globalización y de una Europa a la deriva. El segundo país de la UE y quinta potencia económica mundial, no se ha sacudido la crisis existencial que arrastra desde hace tiempo. ¿Qué Francia quiere ser? La estatista, protegida, conservadora, que no desea perder lo adquirido, temerosa de las reformas, con un estado michelín que dispone del 56% de la riqueza nacional, o una nación creativa, abierta al mundo, más competitiva aunque más insegura. Todavía añora les Trente Glorieuses, las tres décadas felices y prósperas transcurridas desde finales de la última guerra mundial, que ni siquiera empañaron los sucesos de Mayo del 68. Los tiempos en los que Francia, en palabras de Charles De Gaulle, el fundador de la V República, tenía “una cierta idea de sí misma”, la Francia de la grandeur. El malestar es el batido de una nostalgia del pasado que no volverá y la incertidumbre ante el futuro derivada de la certeza de que los hijos no tendrán las mismas oportunidades que sus padres. Francia, a pesar de un déficit público del 90% del PIB, ofrece aun un envidiable nivel de vida a sus ciudadanos. Con un problema: su modelo de bienestar social es a la sueca pero el país no crea la riqueza suficiente para pagarlo. Es insostenible, pero se resiste a hacer las reformas necesarias para adecuarlo a la realidad, como una fiscalidad también nórdica. El economista Jacques Attali ha descrito así en The New Yorker el vértigo que sufren los franceses. “Estamos como en unos dibujos animados, donde la gente ve a alguien que todavía corre, sin saber que ya ha sobrepasado el precipicio. Ese es el presidente”.

Francia, en cierta manera, es un extraño país. Vive encantada de haberse conocido, bajo un régimen democrático nacido de un golpe de Estado blando hace 54 años, que estableció una república hiperpresidencialista cuyo titular no solo gobierna sino que también reina: no entenderlo así le ha costado caro a Sarkozy, que se ha manejado más como un primer ministro a la británica “degradando” la función presidencial; candidatos troskistas concurren regularmente a las elecciones presidenciales; sus socialistas son los más antiguos de Europa y aún creen en la lucha de clases: su candidato, François Hollande, afirma que los ricos son su principal enemigo, mientras que Sarkozy, que llegó al poder con el propósito de reconciliar a Francia con el dinero, constata su fracaso en moralizar el capitalismo; los franceses desconfían del libre mercado. Solo el 31% cree que es el mejor sistema económico. Una nación en la que los políticos prefieren decir que la riqueza es un escándalo, a que la pobreza es inaceptable.

Sarkozy, “un pequeño francés de sangre mezclada”, como se define a sí mismo, el hijo desclasado de un inmigrante judío húngaro, ha fracasado en su intento de cambiar la Francia eterna. Prometió una ruptura liberal con las viejas estructuras, una cierta anglosajonización del país campesino e industrial de los más de 300 quesos; “trabajar más para ganar más”. Pero el presidente agitado solo ha logrado, con mucho esfuerzo, aumentar la edad de jubilación de 60 a 62 años y liberalizar las universidades. Su proyectada ruptura ha sido laminada por la crisis y por sus propias contradicciones; ha caído en su pelea con Merkel por la primacía europea; Francia ha perdido la calificación estrella de la Triple A; patina su lema electoral, Una Francia Fuerte; exporta menos que su poderosa vecina, mientras paga más que Berlín para financiarse. Al ambicioso volatinero político que ocupa el Elíseo no le ha faltado audacia en el exterior. Decidió reintegrar a Francia en la estructura militar de la OTAN, enterrando el principio de la independencia sancionado por De Gaulle, y encabezó la guerra contra Gadafi en Libia, la primera contienda ganada por un jefe del estado francés desde Napoleón. La resistencia pasiva de una gran nación como Francia es muy grande. Hollande, el hombre prudente, criado en la burocracia del aparato socialista, vende un cambio tranquilo a una sociedad que en el fondo se resiste a cambiar. Y, sobre todo, que no es Sarkozy. Sería el candidato en blanco y negro, como la película muda francesa triunfadora en Hollywood, El artista, el antihéroe, frente a los efectos especiales a todo color de Sarkozy, según la sugerente imagen del periódico Le Devoir, de Quebec. Es lo que hay en Europa: volvemos al blanco y negro.

fgbasterra@gmail.com

 

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