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ANÁLISIS

Todos somos Dimitris

Cuando el jubilado griego se pegó un tiro en la cabeza en abril pasado, un escalofrío recorrió a todos los europeos

Una bandera griega sobre el Parlamento en Atenas.
Una bandera griega sobre el Parlamento en Atenas. AP

En abril, cuando Dimitris Christoulas, de 77 años, se pegó un tiro en la cabeza ante al Parlamento griego para denunciar que ya no podía seguir viviendo con un mínimo de dignidad tras tantos recortes en su pensión de jubilado, un escalofrío recorrió el dorso de muchos europeos meridionales. Era de compasión por un gesto terrible que simbolizaba la tragedia de todo un país… y era de miedo, de puro miedo individual y colectivo. ¿No puede cualquiera de nosotros terminar tan asfixiado como Dimitris? ¿No hay ya, de hecho, mucha gente así en España, Portugal, Italia y hasta Francia? ¿No será el de Grecia el infausto destino señalado para la Europa mediterránea por los ominosos mercados?

Petros Márkaris, el gran novelista policiaco de Grecia, sitúa en el verano de 2010 su última obra, Con el agua al cuello. El comisario Jaritos y sus compañeros circulan por una Atenas colapsada por manifestaciones de trabajadores y de jubilados que protestan por el paro y las rebajas en pensiones, salarios y servicios sociales, y deben andarse con cuidado para no dañar los coches patrulla porque el Gobierno no tiene dinero para arreglarlos. La Unión Europea —Alemania para el común de los griegos— obliga a un país ya hundido por la crisis económica a efectuar unos recortes presupuestarios de caballo.

"Los países del
sur no deberíamos
dejar solos a
los griegos"

Dos años después, la situación es peor. Grecia tenía el porcentaje de suicidios más bajo de Europa antes de la crisis; ahora tiene el más alto. ¿Cómo se ha llegado ahí? Márkaris lo ha contado muy bien. Novela tras novela, el comisario Jaritos, un hombre frugal, va contemplando atónito como sus compatriotas se convierten en nuevos ricos: pisos y chalés de categoría, automóviles alemanes y ropa italiana, cursos de inglés y viajes al extranjero, restaurantes de diseño y estudios de posgrado para los hijos. Unos, los menos, pagan esa fiesta con las fortunas que hacen con la especulación inmobiliaria y financiera; otros, los más, a crédito.

Markáris va narrando así una Grecia con notables parecidos con la España de la misma época, la anterior a 2008: una sociedad donde lo más valorado es la rápida consecución del dinero y la fama, aunque sea al precio del embuste, la corrupción y el fraude fiscal. Hasta que llega un día en que, de sopetón, el mismo que te incitaba a gastar sin mesura te exige la inmediata liquidación de la factura.

En Con el agua al cuello, Jaritos, para llevar dignamente a su hija al altar, decide comprarse un SEAT Ibiza. Éste es el motivo de su elección: “Por solidaridad entre los pobres. Ahora los españoles y los portugueses tienen problemas, como nosotros. Para los mercados financieros somos los PIGS, los cerdos. Y cada cerdo debe ayudar a los demás, no hacerles la pelota a los tiburones”. Por esa misma razón, va con España en la final del Mundial de 2010 y celebra entusiasmado el gol de Iniesta.

La sabiduría africana dice que si una manada abandona a su miembro más débil a los depredadores, toda ella se fragiliza. Tras el abatido, irán a por el siguiente más flojo, y así sucesivamente. Los del sur no deberíamos dejar solos a los griegos. Todos somos Dimitris.