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REPORTAJE

Buazizi, Dimitris y otros

La inmolación como forma de protesta política se extiende por Tíbet y el mundo árabe y alcanza Europa. Desde los años de Vietnam y Checoslovaquia no se veía algo semejante

Un activista tibetano se inmola en Nueva Delhi el pasado 26 de marzo, durante la visita del presidente chino a India. AP

Docenas de tibetanos se han prendido fuego en el último año para protestar contra el Gobierno chino, en ocasiones bebiendo queroseno para hacer que las llamas también surjan de dentro, en lo que está siendo una de las mayores oleadas de inmolación política en la historia reciente”. Firmado por Gillian Wong, este despacho de la agencia norteamericana AP era reproducido el pasado febrero por The Huffington Post. Como otras relativas al uso creciente por parte de monjes tibetanos de esta forma desesperada de expresión, la noticia de AP no tuvo un gran eco mediático internacional.

Tampoco la tuvo en su momento la inmolación a lo bonzo de un joven tunecino llamado Mohamed Buazizi en la localidad de Sidi Buzid, el 17 de diciembre de 2010. Pero, a través de las redes sociales en Internet, los jóvenes del lugar hicieron por que se supiera la historia, y luego blogueros como Lina Ben Mhenni siguieron extendiéndola por Túnez. Aquellas llamas prendieron la revuelta contra la autocracia, la corrupción y la miseria que terminaría en pocas semanas con el dictador Ben Ali y se extendería por otros países del norte de África y Oriente Próximo con el nombre de primavera árabe. Buazizi recibiría póstumamente el Premio Sajarov.

¿Qué lleva a los tibetanos a inmolarse?, se preguntaba Jason Burke en The Guardian el 26 de marzo. La respuesta es mucha opresión y mucha impotencia. La causa tibetana —el rechazo de la ocupación china de ese país y la demanda de independencia o amplia autonomía— es bastante popular entre las opiniones de la mayoría de los países occidentales, aunque no tanto entre sus Gobiernos. El mero hecho de recibir al Dalái Lama, la encarnación en el exilio de esa causa, suele provocarles quebraderos de cabeza con la poderosa China. Así que a lo largo de 2011 y lo que llevamos de 2012 han proliferado en el Tíbet ocupado los episodios de monjes budistas que se queman en calles y mercados o frente a edificios oficiales chinos. El Dalái Lama declara que comprende pero no espolea tal forma de rebelión.

La práctica totalidad de las sociedades, y sobre todo las de raíz judeocristiana, condenan a rajatabla ese acto supremo de desesperación que es el suicidio. Algunas lecturas del budismo y del hinduismo son, sin embargo, relativamente tolerantes con esa práctica en determinadas circunstancias. Tal vez por eso hoy asociamos la inmolación en las llamas como forma de expresión política con los numerosos episodios de ese tipo que se vivieron en Vietnam a comienzos de los años sesenta del pasado siglo.

En aquellos tiempos, monjes budistas se pegaron fuego ante las cámaras para manifestar su rechazo del tiránico Gobierno de Vietnam del Sur y sus protectores estadounidenses. De ahí que a lenguas como el castellano se incorporara la expresión “quemarse a lo bonzo”. El pionero fue un monje llamado Quang Duc, al que los rockeros norteamericanos Rage Against the Machine dedicaron en 1992 la portada de su primer álbum.

En aquella década prodigiosa también tuvo gran repercusión internacional el gesto de un joven checo llamado Jan Palach. Era un estudiante de la Facultad de Artes de Praga que, el 16 de enero de 1969, se quemó en la plaza Wencelas para protestar por la invasión soviética de Checoslovaquia. Palach es recordado hoy en su país y toda Europa como un héroe de la lucha contra el totalitarismo soviético, y cuenta en Praga con una plaza a su nombre y varios monumentos conmemorativos.

No ha habido ninguna época de la humanidad que no haya sido convulsa y sangrienta. Atentados, matanzas y guerras han salpicado de horror las últimas décadas en todos los continentes. En particular, la modalidad kamikaze de terrorismo practicada por los yihadistas, de la que el 11-S fue la expresión más espectacular y mortífera, ha llenado de angustia los corazones. No obstante, el uso de la inmolación individual como forma de protesta política parecía haber quedado atrás, en los años sesenta, los tiempos de Vietnam y Checoslovaquia. Hasta hoy, hasta que la globalización ha añadido a su muestrario la crisis, el miedo y el cabreo.

No está ocurriendo solo en Tíbet. El pasado 15 de mayo, un hombre se prendió fuego en el exterior del tribunal de Oslo donde era juzgado el ultraderechista Anders Breivik, el autor del doble atentado terrorista que mató a 77 personas el pasado julio. Las autoridades noruegas atribuyeron el suceso al desequilibrio de su protagonista y negaron que tuviera cualquier relación con el caso Breivik. Así debe ser si así lo dicen.

Pariente de las huelgas de hambre, de las que recientemente ha habido una de presos palestinos en Israel, la inmolación es un método extremo de censura a los poderosos. El 4 de abril, Dimitris Christoulas, un jubilado griego, se quitó la vida frente al Parlamento de su país, en la plaza Sintagma de Atenas. Tenía 77 años, y en la nota que dejó para explicar su acción decía que se negaba a vivir rebuscando en las basuras, la única opción que le iba quedando tras los recortes de su pensión. Dimitris no escogió el fuego para su suicidio protestatario, sino una pistola con la que se disparó en la sien. Las manifestaciones contra la política de austeridad impuesta a Grecia se multiplicaron tras su acción, y en España Joaquín Carbonell, Pablo Guerrero y otros músicos le dedicaron una canción.

“La inmolación se ha convertido en la forma suprema de protesta”, dice James Verni en un reciente artículo en la edición digital de The New Yorker. “El sociólogo Emile Durkheim”, añade Verni, “catalogó el suicidio en cuatro tipos: el egoísta, el altruista, el anómico y el fatalista. Quizá la inmolación tiene tal atractivo porque gana en todas esas categorías. Es el acto máximo tanto de desesperación como de desafío, un símbolo a la vez de resignación y de sacrificio heroico”.

En el mundo árabe no han dejado de producirse en los últimos meses sucesos como el protagonizado por el tunecino Buazizi. Marruecos, Argelia y Jordania han sido escenarios de ese tipo de inmolaciones, aunque, una y otra vez, las autoridades han conseguido evitar que el incendio político se extendiera. A finales de abril, en la localidad argelina de Jilel, un joven llamado Rasheq Hamza, vendedor ambulante de 25 años, se prendió fuego después de que la policía se incautara de su carro. Exactamente igual que en el caso Buazizi. Hubo disturbios en Jilel que fueron duramente reprimidos y el joven murió dos días después.

En otros casos, el suicidio como protesta ha adoptado en el mundo árabe métodos diferentes y ha tenido causas no directamente políticas o socioeconómicas. A comienzos de marzo, Amina Filali, una marroquí de 16 años de Larache, se quitó la vida con raticida para expresar su repugnancia por haber sido obligada a casarse con el hombre que la había violado.