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Europa contiene el aliento ante Grecia

Los comicios del domingo griegas disparan todos los mecanismos de contingencia financiera de la UE

La fricción entre Alemania y Francia agudiza la crisis en la zona euro

La canciller alemana Angela Merkel.
La canciller alemana Angela Merkel. EFE

Momento decisivo, situación crucial. Berlín tira de una de esas palabras imposibles del alemán para definir la encrucijada europea. El euro, la última utopía del nuevo siglo, el sueño de un continente que alumbró esa moneda sin Estado con la esperanza de espantar viejos diablos, se la juega en Grecia. Un país que es apenas el 2% del PIB del continente, con poco más de 10 millones de habitantes, mantiene en vilo a las grandes capitales y amenaza con fracturar el euro. Berlín, Fráncfort y Bruselas advierten de que no habrá más dinero para Atenas si el nuevo Gobierno trata de renegociar las ayudas. El abismo no anda lejos; eso abocaría al país a una suspensión de pagos con un efecto contagio en la periferia de Europa, en el corazón del continente, probablemente en todo el mundo. Nunca dos cosas son exactamente lo mismo, pero la situación recuerda peligrosamente al momento Lehman Brothers, el banco estadounidense cuya quiebra precipitó la Gran Recesión. Esta vez el peligro está más cerca: Grecia puede caer, y tras ella Portugal e Irlanda, con la marea acercándose a Italia y sobre todo a España y su deslucido rescate.

Berlín se niega en redondo a activar el botón nuclear: no a los eurobonos, no a la unión bancaria, no a inyectar dinero en las entidades financieras con problemas, no a suavizar el ajuste en Grecia, no a los estímulos keynesianos para contrarrestar la amenaza de recesión, no al BCE como prestamista de último recurso. Mil veces no a cualquier cosa que huela a lo que en la cancillería se define como “soluciones fáciles” o “soluciones estúpidas”, que a juicio del Gobierno alemán supondrían un cierre en falso para la crisis existencial del euro. Alemania, cada vez más aislada internacionalmente, no apoyará nada que no esté debidamente aprobado en los tratados europeos y en su Constitución. Reglas y rigor: eso es lo que puede esperarse de Berlín a día de hoy.

Todas las alarmas políticas están activadas. Los ministros de Finanzas de la eurozona podrían reunirse el domingo por videoconferencia si la situación se complica. El G-20 se celebra la semana próxima en México para buscar salidas. Y la prueba del nueve de que Europa se acerca a un momento crítico, es que incluso los bancos centrales, empezando por el BCE, se tientan las ropas en busca de arsenal para acudir al rescate con una lluvia de liquidez en función de los resultados griegos.

La incertidumbre está en máximos y eso ha elevado las tensiones entre París y Berlín. “Algunos países de Europa están hoy peor que hace 10 años”, dijo la canciller Angela Merkel, que en las últimos días ha echado mano de una retórica insólitamente dura, en clara referencia a lo que ocurre al otro lado del Rin. Lejos de arredrarse por la presión internacional y con cada vez menos apoyos en su propia familia política —incluso el presidente español, Mariano Rajoy, se ha acercado a François Hollande—, Merkel insistió en que Alemania plantará cara a sus detractores. Berlín ha impuesto a Europa bajar a las trincheras de la austeridad para volver a hacerse fuerte a base de recortes: el establishment político alemán apuesta a que si el continente hace los deberes acabará viendo pasar los cadáveres de quienes “aparentan ser más fuertes de lo que en realidad son”, en palabras de Merkel, que critica en público y en privado las políticas expansivas de EE UU, que Hollande pretende traer a Europa.

En ese tablero de ideas y dogmas, en el que la historia juega un papel destacado (la Gran Depresión en EEUU, la hiperinflación de Weimar), los griegos son quienes salen peor parados. Camino de su quinto año de recesión, con el paro por encima del 20% del PIB y el país paralizado a la espera de desencallar la crisis política, Grecia resiste a duras penas. Alemania capitanea una especie de chantaje europeo, en medio de una Euroguerra Fríaen la que Atenas desafía con la posibilidad de desatar la madre de todas las crisis, y Berlín y Bruselas amenazan con cortar el grifo de las ayudas. “Europa no sobrevivirá si no mostramos suficiente solidaridad”, dijo a un grupo de corresponsales europeos el titular de Exteriores alemán, Guido Westerwelle. “Pero tampoco sobrevivirá si hay demasiada solidaridad”, avisó.

El BCE, con un ojo siempre puesto en los mensajes que llegan desde Berlín, aseguró que tiene a punto la maquinaria para inyectar toda la liquidez necesaria en caso de que las elecciones desaten el caos. Paralelamente, Francia busca aliados en Europa para imponer un cambio de rumbo que incluya un supervisor bancario europeo y un fondo común de garantía de depósitos, además de un fondo de rescate con licencia bancaria. Y eurobonos en el plazo de 10 años.

La canciller rechaza esa solución. De plano. Pero está pensando en un primer paso en esa dirección, con la creación de un organismo que administre la deuda europea para aumentar la transparencia. No es mucho. Nada que ver con la mutualización de la deuda. Pero Alemania podría presentar esa y alguna otra medida la semana próxima, convencida de que, pase lo que pase, el mundo no se acaba en Grecia.