Mario Monti | Primer ministro italiano

“El fondo de rescate debe comprar bonos”

El primer ministro italiano concede una entrevista con los corresponsales en Roma de Le Monde, The Guardian, Süddeutsche Zeitung, Gazeta Wyborcza y EL PAÍS

Mario Monti, primer ministro italiano. / ANTONIO SCATTOLON/A3/CONTRASTO

Decía el escritor mexicano Carlos Monsiváis que para las siete de la mañana ya hay que tener leídos los periódicos y la poesía. Mario Monti (Varese, 1943) también es del club de los madrugadores. A las ocho de la mañana del jueves —solo unas horas después de volver de la reunión del G-20 celebrada en Los Cabos—, el primer ministro italiano ordena las decenas de carpetas que se amontonan en su despacho del Palacio Chigi. Se enfrenta a la entrevista con recortes de la prensa del día y fotocopias de unos datos económicos que, pese a los duros ajustes, siguen sin rimar. Monti es enemigo de las declaraciones altisonantes —su antecesor tenía el monopolio—, pero a pesar de su tono pausado, salpicado de ironía, suelta de vez en cuando cargas de profundidad, como su mensaje a un hipotético jubilado alemán: “Querido señor Müller, antes de todo, relájate, te han convencido de que tú estás manteniendo el excesivo nivel de vida de los italianos. Mira, no es así…”. El profesor sigue empeñado en que, si aún hay salvación, se llama Europa, más Europa. Lo que viene a continuación es un extracto de la conversación mantenida con los corresponsales en Roma de Le Monde, The Guardian, Süddeutsche Zeitung, Gazeta Wyborcza y EL PAÍS. Hace de introductor Mario Calabresi, director de La Stampa.

P. ¿Qué espera usted de la cumbre a cuatro? ¿Es una etapa hacia una creciente integración de toda la unión o más bien un intento de formar un núcleo duro, coordinar una política común por parte de los gobiernos de las cuatro economías más grandes de la zona euro?

R. Érase una vez, como se diría en un cuento, Francia y Alemania… El acuerdo entre ellos es una condición necesaria para los progresos de la UE y, sin embargo, cada vez es menos una condición suficiente. Italia, desde hace tiempo, habría tenido que ser considerada, tanto por Francia como por Alemania, tan relevante como ellos. Digo casi porque la armonía de esta pareja es un interés vital para toda Europa, como la historia nos ha enseñado. En los últimos años, Italia no era convocada a co-influir en el proceso, como los otros dos. Sin embargo, la Francia del presidente Sarkozy y la Alemania de la canciller Merkel se abrieron al actual gobierno italiano, de ahí que se eligiera a Roma como la sede de una cumbre a tres. Más tarde —visto el interés del Gobierno español en participar— acogimos de buena gana la petición. Hubo otros países interesados en participar, pero pensamos que extender más el círculo generaría equívocos.

P. Según usted, cuál podría ser considerado el objetivo mínimo e irrenunciable para la cumbre de Bruselas.

R. De forma indispensable, hacen falta dos cosas. En primer lugar, una perspectiva a medio plazo para reforzar la integración, de modo que todos los europeos sepan hacia dónde van y que los mercados puedan convencerse de la voluntad —apoyada en medidas concretas— de hacer de la moneda única algo indisoluble e irrevocable. Pero no bastará. La otra cosa necesaria es un conjunto de medidas realizables en la situación actual de los tratados y de las instituciones. Medidas más eficaces para dar estabilidad financiera a la eurozona. Y esto pasa por una unión bancaria más plena, con avances en la vigilancia, en la supervisión integrada y, si es posible, unitaria. Pasa por la garantía sobre los depósitos. Pasa por nuevos mecanismos que pueden ayudar a los países que asumieron en serio los compromisos, que los realizaron y que, pese a ello, siguen sufriendo aún una cierta inercia y recelo. Están tardando mucho tiempo en obtener de los mercados un reconocimiento adecuado. Y, naturalmente, hay que tener muy en cuenta a los mercados, aunque no son un modelo de perfección: hemos visto que durmieron durante ocho o nueve años después de la entrada en el euro y que sus tasas de interés permitieron dormir a los gobernantes. Ahora, en cambio, estamos en una situación de vela aguda, de insomnio, de convulsión y, así como entonces el mercado obstaculizaba la adopción de medidas buenas porque daba la impresión de que no eran necesarias, hoy de nuevo el mercado acaba por desarmar las buenas decisiones. A distintos países les cuesta cada vez más explicar a la opinión pública las políticas justas que tienen que seguir desarrollando. Por tanto, podría ser oportuno encontrar un instrumento, un pasaje, un tobogán hacia un mercado más ordenado y sostenible en términos de tasas de interés.

P. ¿Cuál es su posición sobre el rescate a la banca española? ¿Es usted partidario de que el fondo de rescate pueda comprar directamente deuda?

R. Estoy muy de acuerdo con esta medida. Los problemas del sistema bancario en muchos países están inextricablemente vinculados a los de la deuda soberana. El apoyo que Europa puede proporcionar a estos sistemas bancarios se ha hecho a través del cuerpo del Estado —quiere sostener a los bancos pero de paso complica la posición del Estado— porque a menudo los bancos tienen muchos títulos de Estado y esta es una espiral no agradable… El instrumento actual hace que, disparando, se maten dos palomas, mientras solo se quería matar a una. Tanto más que los dos pájaros están vinculados por una estrecha simpatía y por afinidades y vínculos financieros y contables y por tanto haría falta que uno de los dos se quedara en pie para ayudar a sostener al otro. No que cayeran los dos.

El primer ministro italiano Mario Monti en su despacho en el Palacio Chigi. / ANTONIO SCATTOLON/A3/CONTRASTO

P. ¿Por qué está usted tan convencido de que Italia no necesita ayuda como España?

R. Hay países y pueblos en Europa que por alguna razón están convencidos de ser siempre los que pagan al resto de Europa. Italia estuvo entre los países que lucharon para que los cortafuegos estuvieran bien equipados y capaces de actuar en caso de necesidad: esto a lo mejor fue interpretado por un deseo italiano de ser financiados. Nosotros siempre hemos precisado que no es así. En Cannes mi predecesor, el presidente Berlusconi, fue presionado para que aceptase un programa de protección. Así como a mí me habían llegado recomendaciones al más alto nivel de no arriesgar demasiado y poner a Italia bajo tutela. Miremos el fondo salva estado, el EFSF: si alguien en el norte de Europa piensa que Italia ha recibido apoyos, no es así en absoluto. Porcentualmente, Alemania cubre el 29,1%, Francia el 21,8%, Italia, el 19,2% y España el 12,7%. Italia hasta ahora no ha pedido préstamos, concedió muchos y cada día que pasa, de hecho, está apoyando a otros con las altas tasas de interés que paga en el mercado. En el futuro Italia no va a necesitar ayudas y si tuviera que hacerlo significa que hay algo equivocado en el sistema. No va a pedirlo porque este año, según las previsiones de primavera de la comisión europea, Italia tuvo un déficit público que es el 2% del PIB, mientras el conjunto de la Unión tuvo el 3,6%, la zona euro el 3,2%, Holanda el 4,4%, Francia el 4,5% y Alemania solo el 0,9%. Y además Italia tendrá en 2013 un superávit en términos estructurales del 0,6% y será uno de los primeros países en tenerlo. Hay algo imperfecto en la zona euro si un país que está haciendo esfuerzos enormes tiene todavía las tasas de interés tan altas.

P. Si tuviera 10 minutos para convencer a un hipotético señor Müller en Alemania de la sinceridad de los esfuerzos de Italia, ¿qué le diría?

Hay países y pueblos en Europa

que por alguna razón están

convencidos de ser siempre los que

pagan al resto de Europa

R. Le diría, querido señor Müller, antes de todo, relájate, porque te has convencido o te han convencido de que tú estás manteniendo el excesivo nivel de vida de los italianos. Mira, no es así porque no hubo financiación a Italia y además los alemanes estáis sacando ventajas por el hecho de que Alemania consigue financiarse con tasas muy bajas como resultado de las altas tasas que están pagando los demás. Y le diría: querido señor Muller, convéncete de lo que desde hace algún tiempo está diciendo la canciller de tu país: Alemania saca grandes ventajas —como todos los países— de la integración europea. Es verdad que siendo la economía más grande paga un poco más que los otros en términos de presupuesto de la Unión Europea, que de todos modos es el 1% de toda la economía europea. Pero fíjate que el gran éxito de la economía de Alemania —que de por sí funcionan tan bien porque vosotros los alemanes sois muy buenos como trabajadores y ahorradores y además soléis estar bien gobernados— tiene que ver con haber estado en los últimos 50 años en el corazón de un gran mercado único. Y con otra ventaja añadida: desde hace 10 o 12 años está en el centro de una zona de estabilidad monetaria, mientras antes tenías las devaluaciones competitivas que os penalizaban. También los italianos hemos tenido muchas ventajas de estar asociados con ustedes; porque paso a paso hemos asumido vuestra cultura de la estabilidad.

P. ¿Qué cambia en Europa con la entrada en escena del presidente francés François Hollande? ¿Cree que su plan de crecimiento de 120.000 millones será suficiente para cambiar de página?

R. Me anima mucho ver al presidente Hollande entrando como protagonista en la escena europea. Comparto la presión que está haciendo para que Europa adopte medidas más eficaces para el crecimiento, me anima el hecho de que, respecto a las posiciones mantenidas en la campaña electoral, no tenga intención de se passer de la disciplina en el presupuesto. Y me anima también el hecho de que veo en él, espero no equivocarme, una Francia más dispuesta que en el pasado a aceptar ciertos avances en la integración europea. Y si hubiera, pero creo que no habrá, algunas dificultades de entendimiento entre el presidente Hollande y la canciller Merkel las posiciones del Gobierno italiano pueden ayudar a la plena armonía entre estos dos motores que por sí solo no bastan, pero que, si uno de los dos se traba o no se sincronizan, Europa tiene grandes problemas.

P. Las políticas de rigor, en los distintos países, tienen un fuerte impacto social. ¿Como es posible llevarlas adelante y al mismo tiempo evitar actitudes antieuropeas, radicales…?

R. Efectivamente, existe una gran incomodidad social en todos los países y esto de por sí es un hecho negativo. Los pueblos tienden a atribuir a la integración europea mucha parte de este malhumor. También porque muchos gobernantes no encuentran nada mejor que decir: sí sí, es culpa de Bruselas o del euro….

P. Usted dijo que hay 10 días para salvar el euro. ¿En qué sentido? Si la cumbre de Bruselas no diese resultados, ¿que podría suceder exactamente? ¿Cual sería el escenario de sus pesadillas?

R. No sé exactamente cómo va a desarrollarse la situación. No lo sabe nadie en el mundo, aunque muchos digan saberlo. Pero se producirían ataques especulativos cada vez más grandes en contra de cada país, encarnizándose contra los más débiles —los que no se encuentren todavía en línea con los parámetros europeos—, pero también contra los países ya no tan débiles: los que estando ya en línea con los parámetros arrastren una gran deuda del pasado, como es el caso de Italia. Gran parte de Europa se vería obligada a seguir soportando tasas de interés muy altas que pesarían indirectamente sobre las empresas… Todo esto es justo lo contrario de lo que se necesita para el crecimiento. La frustración de los ciudadanos hacia Europa aumentaría y se agrandaría la paradoja siguiente: para salir de bien de la crisis de la zona euro y de la economía europea hay cada vez más necesidad de integración, pero si el consejo europeo no ayuda rápido los problemas de la eurozona, la voluntad de la opinión pública, de los gobiernos y de los parlamentos se volvería en contra de aquella mayor integración que, en cambio, es necesaria. Un riesgo que veo incluso en el parlamento italiano, que tradicionalmente siempre fue europeísta y ya no lo es. Esta es la razón por la cual, desde un punto financiero, económico y político se trata de decisiones muy muy importantes. Pero a veces Europa parece inspirar sus acciones en un principio que podríamos definir como “elogio de la lentitud”, un principio que deberíamos arrinconar.

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