Transición en Egipto

Egipto tendrá un presidente islamista

La multitud recibe el resultado congregada en la revolucionaria plaza de Tahrir

Unos lloraban. Otros besaban el suelo. No se podían creer que Egipto fuera a tener por primera vez en su historia un presidente que no solo ha sido elegido libremente, sino que además no es militar. Mohamed Morsi, el candidato de los Hermanos Musulmanes, ha derrotado en las urnas a Ahmed Shafiq, el favorito del Ejército y de los defensores del antiguo régimen.

Morsi sucederá al dictador Hosni Mubarak, destronado por la revuelta popular egipcia que emocionó al mundo árabe y que demostró que “la gente sí puede acabar con el régimen”, como reza el grito de guerra de las revoluciones árabes.

La revolucionaria plaza Tahrir se quedó pequeña. Decenas de miles de egipcios tomaron el centro de la ciudad, con la bandera nacional en mano, para celebrar la victoria. Hubo fuegos artificiales, petardos y en general una explosión de sincera felicidad casi contagiosa. Era el día de los agraciados. La otra mitad del país, la que es incapaz de conciliarse con la idea de ser gobernados por un islamista y la que confiaba en las bondades de Shafiq, no estaba ayer para celebraciones.

Mohamed Morsi, de 60 años, asume una presidencia descafeinada. La Junta Militar que gobierna el país desde la caída de Mubarak, el 11 de febrero de 2011, ha maniobrado en los últimos diez días para asegurarse de que el nuevo presidente nace maniatado. La laxa interpretación de una sentencia del Tribunal Constitucional ha llevado a los militares a disolver el Parlamento, fruto de las primeras elecciones legislativas limpias, dominado por los islamistas.

La Junta militar, para terminar de consolidar su poder, ha emitido un texto constitucional en virtud del cual se hace cargo de momento del Legislativo, se otorga el derecho de veto de facto sobre la redacción de la Carta Magna y se reserva todos los asuntos relacionados con la defensa del país. Con esta batería de medidas, se ha garantizado que una victoria islamista no borre al Ejército del mapa del poder.

Morsi, haciendo gala del pragmatismo que caracteriza a la Hermandad, ha aceptado el desafío. Ha preferido una presidencia incompleta a la oposición. De cómo logre navegar el nuevo jefe de Estado a través de las empantanadas aguas del Ejército dependerá en buena medida el éxito o el fracaso de la tortuosa transición.

“Soy el presidente de todos los egipcios, sin excepción”, dijo Morsi en su primera intervención como jefe de Estado. Una comparecencia en la que, en un tono cordial, prometió proseguir con la revolución y respetar los tratados internacionales, entre los que está el de paz firmado con Israel en 1979 -aunque no se refirió a él de forma explícita.

Las elecciones han sido relativamente limpias, más allá de las alegaciones de ambos partidos, que hablan de un pequeño número de irregularidades. Pero muchos egipcios votaron con la nariz tapada porque ni el candidato militar ni el islamista les convencían. Solo las maquinarias bien engrasadas en el antiguo régimen —Ejército y Hermanos Musulmanes— consiguieron llegar a la segunda y definitiva vuelta de las presidenciales. Los laicos revolucionarios no consiguieron poner en pie un candidato capaz de competir con poderes mucho más consolidados.

La incertidumbre y la sucesión de retrasos han contribuido a elevar enormemente la tensión. El Ejército desplegó sus tanques y soldados en los últimos días temiendo posibles enfrentamientos entre los seguidores de sendos candidatos. A partir de las tres y media de la tarde, Sultan comenzó una larguísima alocución, que terminó de quebrar los nervios de muchos. En el café Bustán, junto a la plaza de Tahrir, no cabía un alfiler. El aire era tan denso, que costaba respirar. Los hombres se amontonaban con la mirada fija en la pantalla de televisión. A ratos, descargaban la tensión al grito de “Oh, mártir, descansa en paz. Nosotros seguiremos tu lucha” o “Fuera, fuera, la Junta militar”. Ahmed Abdel Gani, dentista, no paraba de limpiarse el sudor de la frente con un pañuelo.

Y por fin llegó el anuncio. Mohamed Morsi, el candidato de los Hermanos Musulmanes había ganado las elecciones con un 51% de los votos, tres puntos y medio por encima de su rival y con un margen de 882.751 votos. Tahrir vibró. La marea humana gritó, se abrazó, cantó. Un potente “Allahu Akbar” (Dios es el más grande, en árabe) emanaba de la plaza a volumen descomunal. Abdel Gani no podía parar de llorar. “Tenemos mucho camino por delante, pero esta es una victoria muy importante. Esto nos ha costado cientos de muertos”, decía mientras hipaba.

La calle se convirtió en un bocinazo continuo y columnas de egipcios enloquecidos caminaron envueltos en banderas en dirección a Tahrir. “La revolución no ha muerto, la revolución no ha muerto”, se recordaban a sí mismos.

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