Los testimonios más terribles del juicio por los niños robados en Argentina

Varios protagonistas del drama de la usurpación de menores relatan los traumas que aún intentan superar

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Carla Artés, nieta recuperada por las Abuelas de Plaza de Mayo, besa a su abuela, durante un acto de apoyo al juez Baltasar Garzón en Madrid en 2010.

Después de escuchar durante un año y medio más de 200 testimonios sobre el robo de menores en la dictadura, ¿qué historia sería la que más se quedó en la cabeza de quienes siguieron de cerca el caso? El abogado de las Abuelas de Plaza de Mayo, Alan Lud, cree que siempre recordará el momento en que en la sala se escuchó la voz de la desaparecida Cecilia Viñas. “Cecilia había desaparecido en 1977. De pronto, a fines de 1983, sus padres comenzaron a recibir llamados telefónicos. Evidentemente, Cecilia estaba secuestrada. Y algunas llamadas se realizaron en 1984, ya durante la democracia. La madre consiguió grabar dos de esas conversaciones. Y nunca se olvidará el día en que pasaron esos audios en la sala”. En la grabación, Cecilia preguntaba por el paradero de su hijo y se apresuraba a cortar la conversación por temor a sus posibles secuestradores. “La escuché muy angustiada, muy muy desesperada y me habló del hijo y me habló del marido y me pidió que le ayudáramos. Y esa es la única grabación más o menos audible que quedó de ella. Por el que preguntaba era por el hijo, porque creía que lo teníamos nosotros”, relató la madre de Cecilia en una entrevista televisiva.

Para Alejandra Dandan, periodista de Página 12, uno de los momentos más estremecedores durante el juicio se produjo cuando declaró Victoria Montenegro, hija de desaparecidos. “Era la primera vez que declaraba contra su apropiador, el coronel Herman Tetzlaff. Él siempre le había dicho que no había que llorar. “Y ella se repensaba cada palabra y de pronto empezó a llorar y reía y lloraba al mismo tiempo”.

Tengo claro que yo tuve otra vida, otro nombre y una ideología totalmente opuesta a la que debería haber sido la mía. Ahora, con este juicio me queda una sensación de victoria"

Victoria Montenegro, 36 años, niña robada

Victoria Montenegro tiene 36 años y cree que el hecho de apoyar el proyecto oficialista del Gobierno le ha ayudado a superar su trauma. “Yo antes de ser de Victoria era María Sol. Y cuando me llamaba María Sol, todo lo que aporté a la justicia era para proteger a mi apropiador, únicamente. Puse muchísimas trabas. Y siempre tenés esa deuda interna con vos mismo, ese vacío de no haber aportado lo suficiente a la justicia. Cuando declaré como nieta el nueve de abril de 2011 fue como exorcizar todo lo malo que hice cuando era María Sol. Mi apropiador falleció en el 2003 y mi apropiadora en el 2007. Yo los amaba profundamente, nunca los odié. Pero tengo claro que yo tuve otra vida, otro nombre y una ideología totalmente opuesta a la que debería haber sido la mía. Ahora, con este juicio me queda una sensación de victoria, de saber que estas personas que nos apropiaron jamás, jamás, jamás… iban a pensar que un grupo de amas de casas, como eran entonces las abuelas, iban a llegar adonde han llegado. Todo ese abanico de avances científicos, de ciencia junto con amor, jamás se lo imaginaron. Yo te lo puedo decir porque me crió un cuadro del Ejército y sé que jamás pensaron que las abuelas llegarían adonde han llegado”.

Siempre fui criado con mucho amor y, pese a lo que ocurrió, no puedo ir en contra de lo que siento"

Carlos D’Elía, 34 años, niño robado

La vicepresidenta de las Abuelas de la Plaza de Mayo, Rosa Roisinblit, de 92 años, relata cómo se vieron obligadas a cambiar sus estrategias de lucha conforme pasaban los años. “Yo salí a manifestarme a la calle el mismo día que se llevaron a mi hija, el 6 de octubre de 1978, que estaba embarazada de ocho meses. Entonces nadie hablaba de desaparición de personas, solo de detención. Lo que nunca me imaginé que mi nieto iba a nacer en el campo de concentración de la ESMA el 15 de noviembre de 1978. Y al cabo de mucho tiempo buscándolo me encontré con un nieto de 21 años. Ahora ya es un hombre mayor de edad, está casado, tiene dos bebés. Nuestras estrategias de las Abuelas tuvieron que ir cambiando a medida que cambian la edad de nuestros nietos. Al principio exigíamos que los nietos volvieran con la familia biológica. Después, tratábamos de acercarnos a ese nieto y hacerle entender. No era fácil para un chico de 16 años saber que esas personas son unos apropiadores. Y entonces recurrimos a un equipo de psicólogos. Después aparecieron nietos que eran ya adultos y casados. No se puede pretender que vivan con las abuelitas. A mi nieto le llevó un poco de tiempo asumir la realidad, pero finalmente él está orgulloso de ser mi nieto y a sus hijos le pone mi apellido, que no tendría por qué hacerlo. Y yo con eso me conformo”.

Yo salí a manifestarme a la calle el mismo día que se llevaron a mi hija, el 6 de octubre de 1978, que estaba embarazada de ocho meses"

Rosa Roisinblit, 92 años, vicepresidenta de las Abuelas de la Plaza de Mayo

Muchos nietos como Carlos D’Elía, 34 años, se vieron en su día entre las dos familia y decidieron no renunciar a ninguna. “Yo recuperé mi identidad en 1995, con 17 años. Siempre fui criado con mucho amor y, pese a lo que ocurrió, no puedo ir en contra de lo que siento. A Carlos y a Marta, las personas que me criaron, los quise y los quiero como padre y madre. Mucho de lo traumático tuvo que ver porque ellos estuvieron presos durante nueve meses cuando los juzgaron por apropiarse de mí. Yo iba a visitar a mis viejos todos los días de esos nueve meses. Y al mismo tiempo trataba de conocer a mi familia biológica. Carlos y Marta, por más que criaron con mucho amor, no habían hecho las cosas como correspondía y por eso estuvieron detenidos. Yo lo único que podía hacer en esos momentos es ser lo más auténtico posible, ser como soy y abrirme a mi familia biológica, a mi abuela, primos y tíos que tanto me habían buscado durante 17 años. Y en casi todos ellos encontré mucho amor y mucha compresión”.

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