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El conflicto de Siria contagia a Líbano

Doce muertos y 75 heridos en la ciudad de Trípoli, donde combaten suníes y alauíes

Los secuestros sectarios y los cortes de carreteras van en aumento

La ONU expresa su alarma por la precaria situación en el país

Un edificio en llamas en el barrio suní de Bab el Tebane en Trípoli, al norte de Líbano.
Un edificio en llamas en el barrio suní de Bab el Tebane en Trípoli, al norte de Líbano. REUTERS

Tres días consecutivos de combates y al menos 17 muertos y 75 heridos en Trípoli, norte de Líbano, confirman que el régimen sirio de Bachar Al Asad está determinado a avivar la llama de la violencia sectaria en el país vecino, donde sus acólitos alauíes (rama del islam chií a la que pertenece el presidente sirio) combaten a destajo contra los combatientes suníes libaneses que apoyan la revolución en los barrios de Bab al Tabaneh y Jabal Moshen. “Era de esperar. Cuando Al Asad quiere, puede hacer estallar la violencia aquí en cualquier momento”, dice un importante empresario libanés cristiano que prefiere no dar su nombre, sentado en una animada terraza de Beirut del barrio de Gemayze.

A continuación, procede a rememorar la guerra que vivió de niño. “Aquí sufrimos tres décadas de hegemonía siria y estamos aún muy divididos entre los que apoyan y los que se oponen al régimen de Damasco. No queremos revivir la guerra civil, que duró 15 años, fue horrible”, afirma. El ejército ha pedido a todas las facciones políticas libanesas que no intervengan en los combates y el primer ministro, Najib Mikati, ha alertado de la “absurda batalla” que vive su ciudad natal. Mikati pidió a los ciudadanos de Trípoli que no permitan que les transformen en munición “de la guerra de otros”.

La mano de Al Asad se evidencia en pequeños episodios violentos de las últimas semanas que pueden romper la frágil convivencia pacífica libanesa. Por ejemplo, la detención de un exministro libanés, aliado del régimen sirio, al que le habían encargado planear una campaña de atentados y asesinatos para sembrar el caos, o la oleada de secuestros de decenas de sirios contrarios a El Asad la semana pasada por todo el país, algunos de ellos perpetrados por un nuevo grupo armado chií autodenominado Mujtar al-Thaqfi, que pedía la liberación de un miembro de un clan chií del valle de la Bekaa, Al Meqdad, detenido en Siria por el Ejército Libre Sirio (ELS). La milicia chií de Hezbolá, considerada la fuerza militar más fuerte del país, aliada de Irán y de El Asad, se desvinculó de estas acciones. La semana pasada, varios encapuchados bloquearon también la principal carretera de acceso al aeropuerto de Beirut en represalia por la muerte de unos peregrinos chiíes en Siria que resultó infundada. Instalaron barricadas y quemaron neumáticos.

El contagio de la violencia parece inevitable, y el país lo empieza a notar. Tras los secuestros, muchos Estados del Golfo pidieron a sus ciudadanos que abandonaran Líbano. “Beirut está prácticamente vacío por culpa de la guerra de Siria, que está haciendo mucho daño”, se queja un taxista musulmán suní de la capital que circula por el barrio musulmán de Hamra, “y es difícil ahora que los turistas vayan a ver las famosas ruinas de Balbeek”, importante cita con la historia en el valle de la Bekaa, en una región chií, “aunque no creo que estalle otra guerra ahora”, concluye mientras pasa junto a un tanque del Ejército instalado en el cruce donde murió en atentado el ex primer ministro libanés Rafik Hariri, antisirio y prooccidental, en 2005.

La justicia siria, que también entró ayer en escena, declaró a través del fiscal general de Damasco, Maruan al-Lauji, que tiene la intención de citar a declarar a una treintena de políticos libaneses a los que acusa de dar refugio, armas y financiación a los combatientes de la oposición siria en Líbano, como destaca en grandes titulares la prensa beirutí. En la lista de citaciones se encuentran, entre otros, el ex primer ministro Saad Hariri; el líder de las cristianas Fuerzas Libanesas, Samir Geagea, y el jefe del Partido Progresista Socialista, el druso Walid Jumblat. “Tendrían que ser un Estado para poder citar a alguien”, dijo Geagea, “y no hay Estado en Siria hoy en día”, ha añadido refiriéndose al régimen de El Asad.

En el norte de Líbano, el trasiego de refugiados sirios, heridos de la guerra y combatientes del ELS ha hecho que el Ejército libanés refuerce sus posiciones cerca de la frontera, en la zona de Wadi Jaled, aunque ahora parece incapaz de frenar la violencia que estalló el lunes en Trípoli, la segunda ciudad de Líbano, con 200.000 habitantes. “Mi familia y yo hemos dejado nuestra casa en Bab al-Tabaneh. Desafortunadamente, esa zona será siempre un campo de batalla de las luchas políticas”, afirma el tripolitano Abu Jodr Sharbini a la agencia AFP.

Mientras las balas silban en el norte, los beirutíes siguen acudiendo a bañarse a las lujosas piscinas de los hoteles de la Corniche, ajenos al paso de un helicóptero del ejército a lo lejos sobrevolando el mar Mediterráneo, acallado por la música tecno, todos tratando de evitar la peligrosa mención del peliagudo tema sirio entre copas de champán y bikinis a la última moda. Este repunte de la violencia coincide con la campaña de secuestros de ciudadanos sirios lanzada por un clan chií libanés, los Mekdad, para conseguir la liberación de uno de sus miembros, supuestamente capturado en Siria por el rebelde Ejército Libre de Siria.

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