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Un sirviente rodeado por lobos

El Vaticano teme que Paoletto pueda revelar más secretos

Federico Lombardi, portavoz del Vaticano.
Federico Lombardi, portavoz del Vaticano. AFP

Paolo Gabriele, con su rostro impenetrable, su traje gris y su devoción a la santa polaca Faustina Kowalska, sigue siendo un peligro para el Vaticano. No solo porque durante seis largos años haya leído y fotocopiado la correspondencia secreta de Joseph Ratzinger sin que el resto de los miembros de la llamada familia pontificia —monseñor Georg Gänswein, las cuatro laicas consagradas…— se percatara. Ni siquiera porque se las ingeniara para encontrar al periodista Gianluigi Nuzzi y montar juntos el escándalo Vaticanleaks, que tuvo en jaque al Vaticano desde principios de 2012. Tampoco porque haya mostrado dolor por el daño causado, pero no arrepentimiento. Gabriele es peligroso porque obtenga el perdón del Papa o no —se podría apostar una temporada en el infierno a que sí y muy pronto—, sigue siendo el dueño de un secreto. Un secreto que durante el juicio no ha sido desvelado. Un secreto que vale mucho dinero.

Dentro de poco, Gabriele volverá a ser un hombre libre y el Vaticano tendrá que decidir qué hacer con él. He aquí un problema. El antiguo mayordomo tiene la doble nacionalidad vaticana e italiana, disfruta todavía de un confortable apartamento dentro de las 40 hectáreas de la Santa Sede y de todos aquellos privilegios de los súbditos del Papa. Sin embargo, durante la última sesión del juicio, el fiscal Nicola Piccardi pidió que se incluyera en la condena una inhabilitación perpetua para ocupar un puesto de responsabilidad en el Vaticano. El tribunal, en su sentencia de 11 líneas, no recogió la petición, pero la inquietud quedó patente. ¿Qué hacer con Paoletto? Si se le despoja del apartamento y del trabajo, se arroja tras los muros del Vaticano —a la Italia de la crisis y el desempleo— a un hombre agraviado con 46 años y tres hijos. Tampoco parece una solución someterlo a la vergüenza de degradarlo a un puesto alejado de los documentos. Una verdadera afrenta para un hombre que se sentó a la mesa del Papa y se creyó con la capacidad de dar un escarmiento a la Iglesia.

Cuando, tras conocer la sentencia, los periodistas acreditados en el Vaticano preguntaron por este y otros asuntos espinosos al portavoz del Papa, el jesuita Federico Lombardi respondió con una frase deliciosa por sincera: “Naturalmente, no lo sé”. No se sabe qué va a pasar con Paoletto, no se sabe si la Gendarmería va a actuar contra él por denunciar malos tratos, no sé sabe cuándo se juzgará al otro imputado —el informático Claudio Sciarpelleti—, pero sobre todo no se sabe si Gabriele se da por satisfecho con la sentencia. Según su testimonio, filtró los documentos para hacer limpieza en una Iglesia corrupta, golpeada por las luchas de poder. Si ese era su objetivo, no lo ha conseguido. La opinión de L'Osservatore sigue estando vigente. Benedicto XVI es un hombre anciano, enfermo y rodeado por lobos. Gabriele, en cambio, es un hombre joven en posesión de un secreto. Su verdad completa —la suya, no la del juicio— vale mucho dinero. Y ahí fuera hay un ejército de lobos dispuesto a comprársela.