REPORTAJE

Justicia para los Mau Mau

Tres ancianos kenianos acaban de ganar en la Corte de Londres la primera batalla contra

el Gobierno británico por las violaciones y castraciones que sufrieron hace 60 años durante la época colonial. La tribu rebelde acusada de salvajismo busca reescribir su historia

El abogado Martyn Day (a la izquierda) es felicitado por simpatizantes de la causa de los Mau Mau el pasado 5 de octubre. / Mathew Lloyd (GETTY)

Es diciembre de 1952, Kimweli Mbithuka Kilatya, Naomi Nziula Kimweli y sus tres hijos van en autobús de vuelta a su poblado en el centro de Kenia para celebrar la Navidad. Les va bien, Kimweli trabaja para el departamento de Obras Públicas y Naomi está embarazada de cinco meses. Pero en el pueblo de Athi River los soldados detienen el autobús y obligan a bajar a todos los pasajeros. Kenia era entonces una colonia del Reino Unido y al mando estaba un oficial británico al que Kimweli y Naomi llaman Luvai, que en su idioma kamba significa “persona sin piedad”. 

Los soldados separan a hombres de mujeres y niños y los llevan a todos a un campo para detenidos. “Cuando llegamos, vimos que había gente siendo torturada, a todos nos preguntaban que si habíamos tomado el juramento Mau Mau y yo decía que no sabía nada de ningún juramento”, relata ahora Naomi en voz baja, como si no quisiera molestar. “Me habían tapado los ojos y en ese momento oía a mis hijos llorando y llamándome: ‘¡Mamá, mamá!’. Nunca los volví a ver”. Hoy tiene 85 años, lleva un vestido floreado y, sobre la cabeza, un pañuelo de colores que contrasta con su cara triste y enfadada y sus ojos vidriosos, y continúa sin alzar la voz y hablando con rapidez: “Porque cuando me metieron la botella en la vagina, perdí el sentido”.

Naomi despertó tiempo después en el hospital King George de Nairobi y allí descubrió que la violación le había hecho abortar. Muchas otras chicas y mujeres sufrieron la misma agresión, con botellas de cristal llenas de agua hirviendo, a manos de soldados kenianos que seguían órdenes de los oficiales del Gobierno colonial británico.

Kimweli, su marido, que hoy tiene 89 años, sufrió su propio calvario. Fue también interrogado sobre el juramento Mau Mau. “Me hicieron sentarme y estirar las piernas y el oficial empezó a darme pisotones con sus botas: ‘¿Tomaste el juramento?’. ‘¡No he tomado ningún juramento!’, y me pegaba más fuerte”, cuenta mientras se levanta las perneras y muestra unas cicatrices que, dice, son de aquel día. Kimweli viste un traje de chaqueta gastadísimo que le está pequeño. Es alto y seco, de pelo cano, expresión tensa y ceño fruncido, como si estuviera a punto de reprocharte algo. “Entonces me hicieron tumbarme de espaldas, con las piernas abiertas, cogieron un par de pinzas y sentí un tirón en los testículos y mucho dolor”. Los soldados le habían castrado.

“Éramos un movimiento de masas organizado para liberar a Kenia de la dominación”, dicen los veteranos de guerra

Ese año, en 1952, miembros de la etnia kikuyu, la más numerosa de Kenia, se habían alzado contra la Administración colonial británica, que gobernaba este territorio desde 1890. Se hacían llamar Ejército Keniano de la Tierra y la Libertad y no dudaban en asesinar a colonos británicos en sus granjas y a kenianos leales a la Administración colonial.

La represión de las autoridades coloniales fue brutal. Decenas de miles de kenianos murieron o fueron torturados y hasta 1,5 millones de personas fueron retenidas en campos para detenidos o llevadas a la fuerza a “poblados protegidos” rodeados de alambre de espino y patrullados por guardias que se diferenciaban poco de los campos de detención.

En julio, un juez del Tribunal Supremo del Reino Unido escuchó las historias de Kimweli y Naomi y de otros supervivientes de aquellos años. Palizas, violaciones, apaleamientos y diferentes tipos de torturas realizadas por la Administración colonial y narradas en Londres por los propios ancianos kenianos. Cuatro de ellos querían demandar al Gobierno británico en nombre de todos los Mau Mau y exigen una disculpa pública y compensación económica. Ahora, el juez acaba de rechazar el argumento británico de que había pasado demasiado tiempo para que un proceso justo fuera posible y ha dado permiso a tres de los veteranos para que vayan a juicio contra el Gobierno de su majestad. En julio del año pasado, el juez ya desestimó un primer recurso del Reino Unido, que había argumentado que la responsabilidad legal de la Administración colonial había pasado al Gobierno de Kenia durante la entrega de la independencia.

“He llegado a la conclusión de que un juicio justo de esta parte del caso sí que sigue siendo posible y que las pruebas de ambas partes siguen siendo suficientemente convincentes para que la Corte pueda completar su tarea satisfactoriamente”, explicó el juez en su decisión. Además, esta podría permitir a veteranos de otras excolonias británicas (Yemen, Chipre o Palestina) seguir el ejemplo de los kenianos y exigir justicia al Gobierno de su Majestad.

Los británicos estudian que los Mau Mau eran asesinos sin civilizar, pero los académicos están revisando esta versión

“Uno de los oficiales británicos obligó a los soldados a que nos dieran palizas y uno insertó una botella en mis partes íntimas”, cuenta con fría naturalidad Jane Muthoni Mara, una de las demandantes. “Querían que les dijéramos sí habíamos tomado el juramento y con quién. Yo nunca dije nada”, dice aún con orgullo. “Tomábamos el juramento para estar unidos y para pedir libertad y que nos devolvieran nuestra tierra, robada por los colonizadores”.

Jane tiene hoy 75 años, un rostro triste y pelo blanco que cubre con un pañuelo de colores. Fue arrestada, golpeada y violada en 1954, cuando apenas tenía 17 años. Jane narra estas torturas en voz baja en una sala de la Comisión de Derechos Humanos de Kenia (KHRC, en inglés), en Nairobi. La KHRC asesora y financia a los veteranos Mau Mau. El crimen de Jane fue llevar comida a los rebeldes que se escondían en un bosque cerca de su poblado, en el centro de Kenia.

Tras el inicio de la rebelión en 1952, el Gobierno colonial declaró el Estado de emergencia y dedicó todos sus recursos a reprimir el movimiento. Fueron los británicos quienes lo llamaron Mau Mau, una expresión cuyo origen y significado aún hoy siguen sin estar claros.

Como apenas tenían armas de fuego, los rebeldes usaban lanzas y machetes. Cuando mataban, solían dejar los cadáveres despedazados. Los guerrilleros malvivían en los bosques y cuando los oficiales británicos los encontraban se horrorizaban ante estos nativos sucios y de pelo largo o rastas armados con grandes cuchillos. Además, los Mau Mau estaban unidos por un juramento que, decían los colonos británicos, tomaban en una ceremonia bestial en la que consumían sangre y restos humanos. Para las autoridades británicas, los Mau Mau representaban el África violenta y salvaje que debía ser civilizada por la fuerza.

“¡Pero no es verdad! Éramos un movimiento de masas organizado para liberar Kenia de la dominación colonial”, responde encendido Gitu wa Kahengeri, presidente de la Asociación de Veteranos de la Guerra Mau Mau. “Cuando se fueron de Kenia, los británicos dejaron a mucha gente discapacitada, muchos perdieron algún miembro, otros perdieron sus propiedades, otros murieron, otros fueron torturados en campos de detención o en prisiones, nuestras mujeres también fueron torturadas…”, enumera enérgicamente Kahengeri, que aparenta menos de sus 84 años.

A Gitu wa Kahengeri le ha ido mucho mejor que al resto de los veteranos. Habla un perfecto inglés, llegó a ser diputado y hoy vive de su pensión, mientras que Kimweli, Naomi, Jane y otros supervivientes malviven con lo justo, aún trabajando en el campo a pesar de su edad, o gracias al apoyo de familiares y vecinos.

Gitu viste un elegante traje gris y habla en los tranquilos jardines del refinado Fairview Hotel, cerca del centro de Nairobi, que ya se alzaba en los años treinta. Entonces, la capital keniana servía de base administrativa a los miles de británicos que se habían trasladado a la colonia, atraídos por la posibilidad de poseer grandes extensiones de tierra y mano de obra nativa, ambas muy baratas.

“Eran muy duros con nosotros [los colonos], nos daban los peores trabajos y si te quejabas te pegaban”, describe Paulo Muoka Nzili, de 85 años, otro de los demandantes. Pequeño, encogido por el paso de los años, de entrecejo arrugado y ojos apagados, cuenta: “Tuvimos que alzarnos contra ellos por todas estas injusticias”.

En Nairobi y en sus fincas en el lago Naivasha, el Valle del Rift y el centro de Kenia, los colonos, algunos de ellos descendientes de la nobleza británica, disfrutaban de un nivel de vida altísimo y solo se ocupaban de vigilar el trabajo de sus empleados y criados nativos. Muchos kenianos se vieron despojados de sus tierras, obligados a realizar duros trabajos por sueldos miserables. Incluso necesitaban un permiso oficial para desplazarse por su propio país. Mientras tanto, las fiestas que organizaban los colonos y su agitada vida social eran legendarias en el Reino Unido, donde se hizo popular la pregunta: “¿Estás casado o vives en Kenia?”.

Paulo, que hoy no oye bien y a quien le cuesta entender las preguntas, cuenta que se refugió en el bosque y luchó contra los británicos junto a otros rebeldes, con rifles de fabricación casera. Él sí tomó el juramento Mau Mau y dice que tuvo que hacerse un corte y beber su propia sangre, además de otros líquidos hechos mezclando plantas del bosque. Con esta promesa, uno se comprometía a no informar sobre otros Mau Mau, a ayudar al grupo y a combatir al hombre blanco, al que veían como opresor y ocupante ilegal de sus tierras. Otros supervivientes describen de forma más simple la ceremonia, en la que sencillamente se comprometían a luchar por la liberación de los kenianos, sin sangre de por medio y en ningún caso con restos humanos.

Paulo fue capturado en 1955. “Me obligaron a tumbarme boca arriba, mis brazos estaban atados y mis piernas encadenadas y este hombre, Luvai, ordenó a un soldado que me castrara”, recuerda hablando a trompicones y, como los demás, a través de un traductor. “Así que el soldado me castró usando unas pinzas”, concluye sin más.

Los británicos describían a los Mau Mau como bárbaros que atacaban a los blancos y se mataban entre ellos. “No había enfrentamientos entre africanos”, responde indignado Ndiku Mutwiwa Mutua, que aparenta menos de sus 85 años. Era otro de los demandantes, pero que no va a poder continuar en el proceso por un tecnicismo legal. Alto, de pelo aún muy negro, rostro afable y sonrisa fácil, el gesto y el tono de Ndiku se endurecen cuando recuerda aquella época. “Lo que queríamos era libertad y claro que usamos armas. Nos escondimos y luchamos. Técnicamente, un keniano que apoyaba a los británicos era nuestro enemigo, pero no se trataba de kenianos contra kenianos”.

En 1961, el Gobierno británico declaró finalizada la rebelión y los números de kenianos detenidos y retenidos por la fuerza y la violencia sistemática que sufrieron no llegó a formar parte de la historia oficial. Dos años más tarde, Kenia obtuvo su independencia y su primer Gobierno estuvo mayoritariamente formado por antiguos colaboracionistas, a quienes tampoco interesó desenterrar la verdad de la revuelta Mau Mau y que ni siquiera levantaron la prohibición que pesaba sobre el movimiento.

“El Gobierno no ha hecho nada por nosotros”, se indigna de nuevo Ndiku. “Dependemos de nosotros mismos o de nuestros parientes, el Gobierno no ha hecho nada por los que luchamos por la libertad”.

Los demás veteranos corroboran esta versión y desde la KHRC, más diplomáticos, señalan que el Gobierno keniano se ha comprometido en alguna ocasión a financiar parte de los gastos legales del caso, aunque por el momento no ha aportado nada de dinero.

En 2003, el nuevo Ejecutivo del presidente Mwai Kibaki eliminó la norma que ilegalizaba a los Mau Mau. Inmediatamente, los veteranos comenzaron a reunirse y a compartir sus historias. Crearon la asociación y, junto con la KHRC, empezaron a trabajar en la posible demanda contra el Reino Unido.

La KHRC dijo que había conseguido documentar 40 casos de abusos sexuales, castraciones y detenciones ilegales. Al principio había cinco litigantes, pero uno de ellos, otra mujer que había sido violada, ya ha muerto desde entonces. La historia de Naomi y Kimweli, que abre este reportaje, no era conocida entonces y no forma parte del proceso legal.

El cuarto demandante es Wambugu wa Nyingi, que hoy tiene 84 años y una cara cansada y amable. Wambugu fue arrestado también en la Navidad de 1952. No había tomado el juramento ni participado con los Mau Mau, pero sí era miembro de otra organización política prohibida por el régimen colonial. Como los demás detenidos, fue llevado a un campo. “Allí nos golpearon y golpearon, tanto que 16 personas murieron”, asegura hoy en una mezcla de swahili y kikuyu, vestido con camisa y corbata. “Lo vi con mis propios ojos, no les dispararon sino que les pegaron hasta que murieron y luego los prisioneros tuvimos que enterrarlos”.

Esta violencia sigue sorprendiendo a muchos británicos, que en el colegio estudiaron cómo los Mau Mau eran unos salvajes y asesinos sin civilizar que fueron reeducados gentilmente por el Gobierno de su majestad. Pero la insistencia de los veteranos y el trabajo de algunos académicos occidentales ha ido cambiado esta versión de la historia.

Caroline Elkins, historiadora en la Universidad de Harvard, calcula que entre 160.000 y 320.000 kenianos fueron llevados a los campos y que, en total, alrededor de 1,5 millones de personas fueron detenidas o trasladadas a la fuerza a los “poblados protegidos”. La historiadora estima que entre varias decenas de miles y, según los cálculos más pesimistas, hasta 300.000 kenianos murieron durante la revuelta. Por comparar, menos de 100 británicos y unos 1.800 africanos leales al régimen colonial murieron en este periodo.

“Fueron ellos [los británicos] los que escribieron nuestra historia de la forma que ellos querían que fuera vista o escuchada”, dice Gitu wa Kahengeri, el presidente de la asociación de veteranos. “Pero espero que, con el apoyo de nuestro Gobierno, en el futuro podamos reescribir nuestra historia, quizá incluso antes de que muramos”.

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Colaborador de El País desde Estambul.

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