“Volví a casa de mis padres para llegar a fin de mes”

Cuando llegó la recesión, este arquitecto se vio obligado a dejar Milán para a su pueblo, Almenno San Salvatore, en Bérgamo. Allí ha encontrado una oportunidad. Y asegura: "tal vez sea precisamente la crisis lo que me permita reescribir mi futuro"

El arquitecto Daniele Mondiali, en la casa familiar de Almenno San Salvatore. / Paolo Poce (EMBLEMA)

Salí de casa con entusiasmo y dispuesto a conquistar el mundo, y he tenido que volver para que el mundo no me aplastara. No por elección, sino por necesidad. Cuando dije a mis padres que, a los 30 años, para llegar a fin de mes, me veía obligado a volver bajo su techo, me invadió una mezcla de sentimientos contradictorios: por una parte, un sentimiento de fracaso y humillación, por otra, la tranquilidad de saber que había dado lo mejor de mí mismo pero que había chocado con un periodo histórico complicado. Así que recuperé una pequeña habitación en la buhardilla de la casa en la que me crié, donde tengo mi propio baño, mientras que la cocina y la entrada son comunes. No es fácil volver a acostumbrarse a no ser dueño de tu espacio y tu tiempo. Ni a convivir con tus padres, que te siguen viendo como su niño y, por tanto, como es inevitable, te regañan si llegas tarde a cenar, te preguntan dónde has estado la noche anterior con los amigos o te lanzan miradas de reproche si sales a la terraza a fumar un cigarrillo. No, no es fácil acostumbrarse de nuevo a todo eso sobre todo después de haber saboreado la independencia, el poder vivir por tus propios medios.

Nada más licenciarme en arquitectura, en el Politécnico de Milán, me inscribí en en el colegio profesional y empecé a colaborar con varios estudios: certificaciones energéticas, pequeños proyectos, ayudante de obras. Llegué a ganar 2.000 euros al mes: una cifra que no me permitía vivir en el lujo pero sí alquilar un apartamento de una habitación en la ciudad, matricularme en la especialidad y mantenerme si tener que pedir ni un euro en casa. Para 2007, el periodo anterior a la crisis, y durante un par de años tuve la verdadera sensación de que estaba construyéndome el futuro. Sin embargo, no era más que una ilusión, humo.

La coyuntura económica cerró las obras y, de golpe, todo se volvió más difícil. La disminución del trabajo desencadenó una competencia implacable cuya consecuencia inmediata fue la bajada de tarifas y honorarios. Los peces gordos, los grandes estudios, empezaron a acaparar todo el trabajo, sin dejar ni una brizna a los pequeños. Y pagando cifras ridículas a los colaboradores. Al mismo tiempo, empezó a subir el coste de la vida de forma irremediable. Se volvió imposible vivir con la misma cifra con la que hasta unos meses antes hacía la compra, pagaba la gasolina y los recibos.

Hacia mediados de 2010 un colega y yo decidimos compartir piso, para, por lo menos, repartirnos los 1.000 euros del alquiler: encontramos un pequeño loft en un barrio de la periferia, y la idea era dedicar parte del espacio a trabajar en él. Sin embargo, al cabo de unos meses, al ver las cuentas, tuvimos que renunciar a nuestro proyecto, y en lugar del estudio pusimos otras dos camas para subarrendarlo. Me dio la impresión de que, 10 años después, había vuelto al punto de partida: cuatro personas en un apartamento, compartiendo la habitación con otro para llegar a fin de mes. No era precisamente el proyecto de vida que me había imaginado.

De modo que, a comienzos de este año, con una licenciatura, un máster y en pleno doctorado, hice las maletas y pedí a mis padres que me acogieran. Un regreso que pretendía ser una bocanada de oxígeno, un nuevo comienzo: y la verdad es que en el pueblo, en la provincia, además de la seguridad económica que me dan mis padres, he encontrado, por sorprendente que parezca, las oportunidades que no me estaba dando la ciudad. Puse el cartel de arquitecto bajo el timbre de casa y empecé a ofrecerme por todo el territorio, presentarme: si en la metrópolis no era más que uno de tantos, aquí se me han abierto perspectivas inesperadas y, gracias a la crisis, clientes que buscan la calidad, la cercanía, la confianza y una relación más personal. Así que estoy trabajando en proyectos bellísimos, completamente míos y que me están dando a conocer. Gano alrededor de 1.500 euros mensuales, todavía poco para volver a vivir solo, pero espero que la vía que he emprendido sea acertada. Quién sabe, tal vez sea precisamente la crisis lo que me permita reescribir mi futuro.

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