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CUMBRE EUROPEA

Cinco claves para la cumbre (el rescate a España y cuatro más)

Son cinco claves las de esta cumbre; incluso más. Pero son, básicamente, el rescate a España

España es la piedra filosofal de casi todo en estos momentos, la última frontera del euro

Mariano Rajoy, junto a la canciller alemana, Angela Merkel, a las puertas del Palacio de la Moncloa, en Madrid. EFE

La UE, con su ejército de eurócratas y con los 15.000 lobistas que pululan alrededor de las instituciones, dejó definitivamente de ser algo aburrido el 9 de mayo de 2010 y se convirtió entonces en el blanco de aquella maldición china: “Ojalá vivas tiempos interesantes”. Ese día (y esa noche) arrancó la primera de las 25 cumbres para salvar a la eurozona de una crisis que empezó como una piedra en el zapato —Grecia, el 2,5% del PIB de la zona euro— y se fue amplificando hasta llevarse por delante a Irlanda, Portugal y España, que ya han sido rescatados, y poner en peligro a la mismísima Eurozona. El episodio XXVI de ese reguero de cumbres en esa carrera por salvar el euro llega en medio de un oasis (o un espejismo, ya veremos): los mercados están tranquilos, por una vez parecen no querer más follones, y en la reunión de jefes de Estado y de Gobierno se impone un impasse, un mirar hacia otro lado a la espera de que en las próximas semanas se aclare el futuro inmediato de Grecia y el segundo rescate de España, los dos grandes elefantes en la habitación, que todo el mundo ve pero de los que nadie quiere hablar.

Lo que sigue es un resumen de lo que está en juego, aunque muchos de esos capítulos solo se debatirán de puertas adentro para tratar de no romper el hechizo y prolongar estos momentos de tranquilidad: para tratar de que el oasis no se convierta en espejismo. Puede que haya cinco claves de esta cumbre; incluso más. Pero son, básicamente, el rescate a España y cuatro más. España es la piedra filosofal de casi todo en estos momentos, la última frontera del euro. El presidente francés, François Hollande, decía el miércoles que “es hora de ofrecer a los españoles algo más que austeridad”. Berlín lo ve de otra manera: “España debe decidir por sí misma si quiere el rescate o no. Pero el rescate es imposible sin condiciones”, según fuentes diplomáticas.

1. ESPAÑA: ESPERANDO A RAJOY

El segundo rescate a España está listo. Solo queda que el presidente Mariano Rajoy dé el paso. Los analistas consideran que la petición se producirá a finales de octubre o en los primeros días de noviembre. No hay ningún tipo de confirmación sobre ese calendario y oficialmente España sigue siendo un mar de dudas. Pero Alemania dio el martes claras muestras de que no se opondrá a un rescate. Sospechosamente, lo hizo apenas horas antes de la decisión de Moody’s sobre la solvencia del Reino de España: Moody’s ha mantenido la nota por encima del bono basura con la única condición de que la ayuda acabe llegando. La tranquilidad de los mercados, con la prima de riesgo por debajo de 400 puntos por primera vez desde abril, también se basa en ese convencimiento de que al final Madrid pedirá el dinero. Si en algún momento los inversores deciden que eso deja de ser lo más probable, el huracán está asegurado.

Pero a día de hoy nadie cree en esa hipótesis. Incluso la modalidad de la ayuda está más o menos pactada: una línea de crédito precautoria del mecanismo permanente de rescate, con nuevas condiciones pactadas en un memorando de entendimiento. España pretende que el mecanismo de rescate no llegue a disparar en los mercados: será el BCE quien se ponga a comprar bonos en el mercado de segunda mano para evitar el estigma. Pero eso no está nada claro. En realidad, esa es solo una de las incógnitas que planean sobre el futuro rescate de España. Por ejemplo, el calibre de esa ayuda está por ver: el Gobierno español quiere que el BCE se comprometa a bajar la prima de riesgo a 200 puntos básicos, algo poco probable (en Fráncfort se habla más bien de 300 puntos para que España no baje la guardia con las reformas y demás).

Oficialmente, nadie va a hablar de España en la cumbre, según fuentes comunitarias; extraoficialmente es evidente que la realidad apunta en la dirección opuesta. El Ejecutivo mantiene que el rescate no está maduro. Las dudas de Rajoy son comprensibles: las condiciones asociadas pueden ser laxas en un principio (España ha hecho ya mucho en ese camino de los recortes, las reformas y toda esa penitencia por los pecados anteriores), pero Madrid tiene que asegurarse de que si incumple los objetivos de déficit —algo más que probable— la troika no va a imponer futuros ajustes draconianos. El sentido común dice que eso supondría una depresión por debajo de los Pirineos, con riesgos de algaradas sociales y, en cuanto a Europa, serios problemas para la unidad del euro. Por todo ello es posible que la UE acabe dando a España, de nuevo, algo de margen con los objetivos de déficit, e incluso algún tipo de concesión para que al menos una parte del dinero empleado en ayudar a los bancos caiga bajo el paraguas de los fondos de rescate. Aunque eso está todavía muy verde.

2. GRECIA O EL RAPTO DE EUROPA

Grecia es inicio y estación de destino de la crisis europea. Pero las cosas empiezan a aclararse: la solución no llegará en este consejo, sino en un Eurogrupo a finales de mes o a principios de noviembre. Los socios sí harán una declaración de apoyo a Grecia, que acaba de anunciar un acuerdo con la troika para aplicar nuevos ajustes. A cambio, la UE dará un par de años más a Atenas para ajustar el déficit y evitar que la economía griega, que lleva cinco años en recesión y que este año se contraerá en torno a un 6% adicional, siga camino del desguace. También está en discusión una reestructuración de la deuda pública de Grecia, ante la constatación de que el endeudamiento (del 160% del PIB, el doble que España) es una losa que impide avanzar al país, a pesar de todos sus esfuerzos. La visita de la canciller Ángela Merkel a Atenas de hace unos días es el indicador más fiable de que las cosas están más que encarriladas.

La situación de Grecia afecta indirectamente a España: Alemania quiere que el voto en el Bundestag para el rescate español y para el cambio de condiciones de Grecia (en el que tampoco hay que descartar que los socios otorguen más dinero a Atenas) vaya en un mismo paquete. Lo que ahora repite cualquier político que tenga enfrente un micrófono en Bruselas, en Berlín, en París o donde sea es que Grecia va a permanecer en la eurozona, después de que los más agoreros –los analistas de Citi— le dieran una probabilidad de salida del euro del 90%. Como en el caso de España, la eurozona parece cada vez más convencida de que tiene que encontrar una respuesta solvente al problema griego “no por solidaridad, sino porque los líderes ya han tomado conciencia de que el peligro no es Grecia o España, sino el euro”, explican fuentes diplomáticas.

3. UNIÓN BANCARIA (PERO CUÁNDO)

Tal vez el aspecto más importante de la cumbre, al menos de los asuntos de los que se puede hablar en rueda de prensa. En junio, los líderes aprobaron un calendario para la unión bancaria y para la recapitalización directa de bancos, que podía servir para los españoles e irlandeses con el objetivo de romper el círculo vicioso entre problemas financieros y crisis de deuda soberana. Alemania ha perseguido con ahínco que Europa acepte desnaturalizar el acuerdo de junio con una estrategia lingüística, muy al estilo bruselense. Se trata de respetar escrupulosamente el texto, pero de darle una interpretación muy distinta de la que tenía: cambiarle la música. La Comisión y el Eurogrupo explicaron con claridad en verano que la supervisión única europea (por parte del BCE) iba a arrancar en enero del año próximo y que a partir de ahí se podría recapitalizar directamente la banca, incluso con efectos retroactivos.

Alemania sostiene que efectivamente la supervisión del BCE empezará el 1 de enero, pero solo para los bancos que ya han recibido inyecciones: la supervisión no será efectiva, según ha reconocido el propio BCE, hasta finales de 2014, y hasta esa fecha no habrá inyecciones directas en los bancos por parte del mecanismo de rescate. Además, Berlín y sus aliados se niegan a que los activos tóxicos que países como España e Irlanda han colocado en sus bancos malos pasen en algún momento a estar bajo el paraguas del mecanismo europeo de rescate, tal y como se desprendía del acuerdo de junio.

La cumbre discutirá en la cena del jueves (que suele alargarse hasta la madrugada) los nuevos pasos que deben darse, con París, Roma y Madrid tratando de que Berlín no imponga sus condiciones de forma tajante. Pero esa batalla parece perdida. El Gobierno español, consciente de que Alemania manda en eso, asegura que la recapitalización directa de sus bancos con efectos retroactivos ya no es una prioridad. Pero puede haber jaleo en el consejo para que el Sur trate de obtener algún tipo de compensación.

El consejo pasará esa patata caliente a los ministros de Economía y Finanzas, con la excusa de que se trata de temas técnicos que no pueden discutir Merkel, Hollande, Monti, Rajoy y compañía. Pero la unión bancaria es el meollo de la cuestión. Es, junto con el bazuka del BCE, el dispositivo de seguridad del que se debe dotar Europa para solucionar los errores de diseño del euro. En la cumbre de junio, con la presión de los mercados, los líderes europeos dieron un salto adelante en ese aspecto. Ahora, con menos presión, la sensación de urgencia ha desaparecido, y apenas se alude a la posibilidad de cerrar la unión bancaria con el broche de un fondo de garantía de depósitos común y con un fondo de resolución bancaria, que a la postre serían una forma de mutualizar los problemas. Palabras mayores: con Alemania en año electoral, esos debates son muy, muy espinosos.

4. EL LARGO PLAZO (TODOS MUERTOS)

Europa tiene varios problemas acuciantes, de muy corto plazo, pero a la vez está discutiendo qué quiere ser de mayor (“a largo plazo todos muertos”, decía Keynes). El presidente del Consejo, Herman Van Rompuy, ha presentado recientemente una ambiciosa propuesta que los líderes debatirán en la cumbre, y que, grosso modo, pasa por crear un presupuesto para la eurozona que permita apagar fuegos cuando las cosas se pongan mal; supone la creación del embrión de un Tesoro europeo; y pretende exigir a los Estados miembros contratos para que se comprometan a poner en marcha reformas, ante la constatación del rotundo fracaso de las recomendaciones de política económica que se derivan del Plan de Estabilidad.

Una vez más, Alemania tiene su propia propuesta al respecto. El ministro alemán de Hacienda, el democristiano Wolfgang Schäuble (CDU), insiste en proponer avances drásticos hacia la integración de los socios europeos. “Debemos dar pasos mayores en el camino de una unión fiscal”. Schäuble quiere que el Comisario Económico de la Unión Europea obtenga una suerte de derecho de veto para regular los presupuestos de los estados de la Unión. Si los presupuestos nacionales no cumplen las reglas de estabilidad, el veto de ese supercomisario podría obligar a los Parlamentos nacionales a corregir estas diferencias. El cargo que ahora ocupa el finlandés Olli Rehn se convertiría así en uno de los más poderosos de Europa. Para evitar que este poder mine la legitimación democrática que los presupuestos obtienen del Parlamento que los aprueba, Schäuble propone que esta supervisión por parte del Comisario sea compartida por diputados del Parlamento europeo. La misma idea ya había provocado tensiones entre la canciller Angela Merkel (CDU) y el entonces presidente francés, Nicolas Sarkozy, que la rechazó hace años. A juzgar por las reacciones europeas del martes, los entusiasmos siguen igual de reacios.

5. BERLÍN, PARÍS Y CASABLANCA

Las tensiones en ese aspecto son una radiografía de las diferencias entre los socios europeos. Alemania, el país que pone más dinero, quiere discutir sobre la Unión Fiscal y la supervisión común de las cuentas públicas de los socios. En cambio, sus socios más afectados por la crisis, encabezados por Francia, quieren volver a discutir sobre la posibilidad de emitir deuda conjunta (los llamados eurobonos), pero sobre todo impulsar la institución de un organismo común de supervisión bancaria. En casi todos los grandes temas hay diferencias entre Berlín y París. Francia quiere un rescate de inmediato para España; Alemania prefiere esperar. Francia quiere que se respete la letra y la música del acuerdo sobre la unión bancaria de junio; Alemania ha conseguido que su interpretación prevalezca. Y así ad infinitum.

Pese a que la llegada de Hollande ha supuesto cierto reequilibrio en las relaciones de poder europeas, el euro es una especie de competición económica en la que Alemania ha salido claramente vencedora. Ya ganó la batalla monetaria: el modelo del Bondesbank es el que se impuso al BCE. Ahora pretende ganar las demás con un liderazgo que sigue siendo difuso, que no despierta grandes simpatías pero que de momento no encuentra gran oposición. Un ejemplo: Berlín aspira a que el Parlamento Europeo diferencie entre los países del euro y los de fuera. Quiere que algunas decisiones estén vetadas a los países que no forman parte de la Unión Monetaria. Esto levantaría una barrera entre la Europa continental y Reino Unido.

Mientras Londres es cada vez más reticente a participar en las decisiones comunes europeas y a ceder competencias a Bruselas, Schäuble y Merkel insisten en la vía de “más Europa” para salir de la crisis de la deuda. A Schäuble le gusta bromear con que “Reino Unido podría estar en el euro mucho antes de lo que ellos creen”, pero el escepticismo rampante en Reino Unido y la urgencia con la que se proponen estas medidas ahondarán más el Canal de la Mancha. El presidente del Parlamento Europeo, el socialdemócrata Martin Schulz, se dijo favorable a introducir nuevas reglas como las que propone Schäuble. El principal problema al que se enfrenta Alemania es temporal. La reforma de los Tratados europeos requiere largas negociaciones que suelen extenderse cinco años.

En fin, la crisis del euro tiene como destino final una decisión en Alemania. Pero Berlín, como en aquella escena de Casablanca (“¿Cenamos esta noche?”, pregunta el personaje de Ingrid Bergman; “nunca hago planes con tanta antelación”, responde Bogart), se resiste a decidirse, más aún cuando está en periodo preelectoral. Alemania se enfrenta a un difícil trilema: para solucionar la crisis tiene que aceptar, al menos temporalmente, una mutualización de deuda (eurobonos, por ejemplo, o el fondo de garantía de depósitos comunitario, que obligarían al contribuyente alemán a hacer un esfuerzo); una monetización (que sea el BCE quien pague imprimiendo euros, o transfiriendo los riesgos de los países periféricos al balance del banco central) o dejar las cosas como están y proseguir con el doloroso ajuste en los países del Sur.

En la cumbre de junio, con la tensión en máximos en los mercados, pareció decantarse por una combinación de mutualización y monetización. Pero luego ha dado marcha atrás, y en la cumbre de hoy parece decidida a dejar las cosas como están, con mínimos cambios más allá de dejar que el BCE entre en escena. Siempre que España —siempre España— se retrate y pida el rescate, por supuesto.