COLUMNA

Una Europa británica

El debate político entre eurófobos y eurófilos en el Reino Unido adquiere un tono cada vez más grueso

El primer ministro David Cameron (centro) minutos antes de encender el árbol de navidad frente a Downing Street 10, su residencia oficial. / LEON NEAL (AFP)

Regreso de Londres impresionado por la intensidad del debate político entre eurofóbos y eurófilos. En el fragor de la batalla, los argumentos adquieren un tono cada vez más grueso. La UE es un ente corrupto y antidemocrático que nos roba, dicen unos al calor del debate presupuestario. Si abandonamos la UE, seremos como Singapur, dicen otros al hilo del debate sobre la posición del Reino Unido en el mundo. Bien mirado, la pasión del debate no debería ser motivo de extrañeza. Los británicos se encaminan hacia dos referendos en los que se dilucidarán dos cuestiones de singular importancia: la continuidad de la pertenencia de Escocia al Reino Unido y la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Si la identidad nacional de un país versa en torno a las preguntas de quiénes somos, qué queremos y con quiénes estamos dispuestos a lograrlo, es evidente que estamos ante la puesta en cuestión de dos de los principales anclajes de cualquier país: el interno (¿quién forma parte de la comunidad?) y el internacional (¿de quién forma parte la comunidad?).

Desde fuera, lo común es concluir que este debate muestra el escaso grado de europeización del Reino Unido, un país que llegó a la UE a su pesar, como consecuencia de una concatenación de fracasos internos y externos, pero sin el apoyo ni la comprensión ni del público ni de sus elites, y menos de sus medios de comunicación. Como dijo el General de Gaulle en su momento, su adhesión era "contra natura, contra estructura y contra coyuntura". Desde ese punto de vista, una eventual salida no sólo enmendaría de una vez por todas el error que supuso aceptar al Reino Unido en la entonces Comunidad Económica Europea, sino que permitiría corregirlo, para bien de los británicos, que podrían dedicarse a aquello que mejor se les da (¿flotar en el Atlántico, no tener ataduras políticas y comerciar con todo el mundo?) y del resto de los europeos, que por fin podrían dedicarse a aquello a lo que siempre habrían aspirado (¿conformar una unión política estructurada en torno a París y Berlín?). Pero el debate sobre la europeización sobre el Reino Unido es sólo la mitad de la historia, y quizá no la más relevante. Si examinamos con cierta atención la huella que el Reino Unido ha dejado en Europa, veremos que la lista es de todo menos pequeña.

En primer lugar, el número de miembros. Si somos 27 (próximamente 28) es debido en gran parte al apoyo sostenido del Reino Unido a las ampliaciones de la Unión. Fuera un plan para frenar la integración o el resultado de una lectura inteligente de la historia y el futuro, el caso es que somos una Europa grande y abierta en gran parte gracias a ellos. Lo mismo puede decirse del mercado interior, que junto con las ampliaciones, es otro de los grandes proyectos europeos. Nadie como el Reino Unido ha impulsado ese proyecto, que ha sido y es una de las principales fuentes de riqueza y bienestar de las que disponemos los europeos y, también, el principal activo y atractivo de la presencia europea en el mundo. Desde los años ochenta del siglo pasado, gracias a la visión del Reino Unido, que apoyó el uso de la mayoría cualificada para las cuestiones relacionadas con el mercado interior, hemos avanzado rápidamente por la senda de la creación de mercados, hacia dentro y hacia fuera, a la vez que mantenido bajo constante control presupuestario políticas como la agrícola, que llegaron a desmandarse y a absorber más de la mitad del presupuesto europeo. Desgraciadamente, la UE tiene un presupuesto demasiado pequeño, en gran parte por culpa del Reino Unido, pero también más racional, transparente y orientado a la innovación y el empleo gracias al empeño británico en cortar las alas a la alianza entre grupos de interés agrícolas o regionales y la burocracia europea. Y no es menos cierto que esta UE, con su geometría variable, en la que daneses, irlandeses, suecos y británicos pueden acomodar sus deseos de no ser parte del euro, la defensa, la libre circulación o la política social, es también responsabilidad de Londres. Por no hablar de la política exterior y de seguridad europea, inconcebible sin el concurso del Reino Unido, pues los alemanes, como han demostrado tantas veces, no están por la labor de ayudar a la UE a ser un actor global. El caso es que, para bien y para mal, nos guste o no, el legado del Reino Unido, es un legado impresionante y muy vivo. No deja por eso de resultar paradójico que el Reino Unido se disponga a abandonar la UE después de haberla moldeado tan profundamente. Y encima, después de que se vayan, seguiremos utilizando el inglés para entendernos en una Europa británica sin británicos.

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