Un sindicalista se asoma a Miraflores

Maduro ascendió por las filas del Movimiento Revolucionario Bolivariano hasta convertirse en delfín y candidato a garantizar la continuidad del régimen

El presidente de Perú, Ollanta Humala, recibe a Nicolás Maduro en Lima el pasado 30 de noviembre. / Raúl García (EFE)

Sentado a la izquierda del comandante, con las manos ocultas bajo la mesa de reuniones, el gesto de Nicolás Maduro era mezcla de desconcierto, cansancio y temor, cuando el presidente Hugo Chávez anunció a los venezolanos que él sería el nuevo inquilino del palacio de Miraflores. “[Maduro] es uno de los líderes jóvenes de mayor capacidad para continuar, si es que yo no pudiera, al frente de la Presidencia de la República, dirigiendo junto al pueblo y subordinado a los intereses del pueblo, los destinos de esta patria”, dijo Chávez quien, año y medio después de haber sido diagnosticado de cáncer y tras ser reelegido en octubre para un cuarto mandato de seis años, plantea ahora por primera vez la posibilidad de su muerte.

Uno de los pocos dirigentes del partido de Gobierno que no se sorprendió con el último diagnóstico del cáncer que atenaza a Chávez es Nicolás Maduro. Además de los hermanos Castro, de algunos familiares y del ex vicepresidente, él ha conocido desde el principio los detalles de la enfermedad del mandatario que no han sido revelados a la opinión pública. Fue él quien anunció al país, en junio de 2011, que Chávez había sido operado de emergencia. Él acompañó al presidente durante sus días de hospitalización en La Habana. Y él ha asumido en los hechos las riendas del Gobierno, desde que fue nombrado vicepresidente el 10 de octubre pasado, tres días después de la reelección de Chávez.

Había muchos como Nicolás Maduro dentro del chavismo. Muchos que, como él, militaron en la Liga Socialista durante los años 70, cuando eran estudiantes; que fueron también dirigentes sindicales, formaron parte del Movimiento Revolucionario Bolivariano-200, célula primigenia del actual Partido Socialista Unido de Venezuela, y que cuando Chávez se hizo presidente, formaron parte de la Asamblea Nacional Constituyente. Por eso corre el riesgo de que quienes se consideran sus iguales, en credenciales o en edad —como el vicepresidente Elías Jaua o el presidente del Parlamento, Diosdado Cabello— no acaten la autoridad que recién le fue conferida.

Maduro tiene a su favor, sin embargo, que ha sido todo eso y más: ha sido, además, jefe de la fracción parlamentaria del chavismo, presidente de la Asamblea Nacional y canciller, desde 2006. Maduro ha logrado mantenerse en un Gabinete donde los nombres de los ministros cambian cada año y más allá de las funciones de Gobierno, ha logrado establecer un vínculo íntimo y personal con Chávez.

Lo que Hugo Chávez ha dicho de él es que "con su mano firme, con su mirada, con su corazón de hombre del pueblo, con su don de gente, con su inteligencia, con el reconocimiento internacional que se ha ganado, con su liderazgo" podrá sacar adelante a la "revolución", cuando esta se quede sin su líder fundamental. Además de la venia del presidente-comandante, Maduro cuenta con la bendición de los hermanos Fidel y Raúl Castro, que han sido los consejeros de Chávez durante las etapas más críticas que ha atravesado su Gobierno durante los últimos 14 años.

Maduro es un hombre de fe. Antes de encargarse de la Cancillería, en 2006, acostumbraba viajar a la India con su esposa, la abogado y dirigente chavista Cilia Flores, para escuchar de primera mano las enseñanzas del gurú Sathya Sai Baba. Durante los pocos meses que fue presidente del Parlamento, su oficina estaba llena de amuletos: medallas de flores de loto, gajos de aloe vera amarrados con cintas rojas. "Yo los puse allí, son para alejar las malas vibras", explicó su esposa en aquel momento, cuando el ascenso paulatino de Maduro comenzaba a despertar celos de sus compañeros diputados. Los talismanes que lleve encima ahora, sin duda, deberán ser más poderosos.

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