EL PAÍS SEMANAL

Nueve elecciones y un mundo

Nueve relevos en las cúpulas del poder político de sendos países hilvanan los acontecimientos de doce meses en todo el planeta y perfilan las tendencias y cambios geopolíticos en curso y el nuevo rumbo tomado por la globalización.

Antes y después de las elecciones presidenciales de marzo, la sociedad civil rusa mostró su hartazgo hacia un poder cada vez más autoritario y ante el perverso juego de intercambio Putin-Medvédev. / Alexey Druzhinin (AFP)

Nueve países que cuentan en la marcha del mundo han celebrado elecciones en 2012. Cada uno a su estilo, cada uno según sus peculiares sistemas políticos y electorales; pero en todos los casos con efectos que trascienden las propias fronteras. Naturalmente, el acontecer de doce meses en todo el planeta no puede resumirse en nueve relevos en la cúpula del poder político de sendos Estados, por poderosos que sean, pero expresan las tendencias y cambios geopolíticos en curso.

Las renovaciones en la cúpula del poder durante 2012 abarcan nueve países determinantes de los cuatro grandes continentes. Francia y Rusia en el europeo. China, Japón y Corea del Sur en el asiático. Egipto en el africano. Y Estados Unidos, México y Venezuela en el americano. Juntos representan más de una tercera parte de la humanidad, aunque uno solo, China, concentra a uno de cada cinco seres humanos.

Quien abrió el año electoral, el 4 de marzo, fue Rusia, donde Vladímir Putin obtuvo por tercera vez el poder presidencial que ya había ocupado desde 2000 hasta 2008, en un gambito de nula credibilidad democrática con el hasta entonces presidente Dimitri Medvédev, que ahora deviene de nuevo su primer ministro. Japón y Corea del Sur lo cerraron en diciembre, el 15 y el 19, respectivamente, con la victoria de candidatos derechistas y nacionalistas en ambos países, que augura una época de tensiones crecientes con China e incluso el inicio de una especie de guerra fría asiática.

Pero las dos elecciones más destacadas fueron la que renovó el mandato de Barack Obama, el 6 de noviembre, que contará con la ocasión de dejar una huella más profunda en la historia de su país y del mundo; y la del nuevo número uno chino, Xi Jinping, el 18 de noviembre, como secretario general del todopoderoso partido comunista, con 80 millones de militantes, un cargo que comporta automáticamente su ascensión a la presidencia de la República Popular China en marzo próximo, aunque era una designación perfectamente programada antes incluso de que empezara 2012.

Rusia y China no han conseguido homologar aún su sistema y su cultura política con la democracia

El primer rasgo que diferencia unos relevos de otros es que no todos son resultado de elecciones competitivas. En siete de las nueve elecciones existía algún grado de incertidumbre, incluso en dos países donde anteriormente no estaba asegurada tal eventualidad, como son Venezuela y Egipto. En el primero, el populista coronel Hugo Chávez consiguió el 7 de octubre su cuarta victoria presidencial, por amplio margen sobre el candidato de la oposición, Henrique Capriles; y en el segundo, donde por primera vez se han celebrado elecciones presidenciales en condiciones democráticas, también por primera vez ha alcanzado la presidencia en los comicios celebrados entre mayo y junio un representante de los Hermanos Musulmanes, Mohamed Morsi, en este caso por muy estrecho margen del 51,7% frente al 47,3% de Ahmed Shafik, el último primer ministro de Hosni Mubarak y candidato identificado con el antiguo régimen y los militares.

El resultado estaba sobradamente escrito antes de que empezara el procedimiento de elección al menos en dos de ellos, en Rusia y en China, países que no han conseguido homologar todavía su sistema y su cultura política con esa democracia que a trancas y barrancas consigue abrirse paso por todas partes. Putin venció con el 63% de los votos, al frente de la formación presidencial Rusia Unida, a enorme distancia de su inmediato seguidor, el comunista Genadi Ziuganov, que obtuvo el 17%.

Fue una elección plebiscitaria, organizada desde las ventajas que da el poder y con numerosas irregularidades. Todo muy expresivo de una democracia soberana como la rusa, en la que solo son homologables el uso de las urnas y la elección entre varias opciones; pero no la igualdad de oportunidades, y todavía menos las instituciones propias de una democracia, como son la división y el equilibrio entre poderes independientes, el control parlamentario sobre el Ejecutivo o la transparencia y la libertad de información.

El recambio de Putin por Medvédev ha introducido un giro en la política exterior rusa de mayor confrontación con Estados Unidos y de afirmación de su vocación de gran potencia respecto a su antigua área de influencia de la desaparecida Unión Soviética. Se ha podido comprobar en la crisis siria, en la que Moscú ha seguido apadrinando al régimen de Bachar el Asad en la escena internacional y en su represión armada contra el movimiento popular que empezó con manifestaciones civiles en marzo de 2011 y ha ido derivando hacia la lucha armada.

En las elecciones de EE UU se enfrentaron dos filosofías cada vez más distantes y polarizadas

La otra elección sin competición y en este caso sin urnas ha sido la de Xi Jinping, elevado el 15 de noviembre al cargo de secretario general del PCCh por el 18 Congreso en sustitución de Hu Jintao, presidente nominal hasta marzo, cuando también le sustituirá en la primera magistratura china. En comparación con las otras seis elecciones, esta es a cámara lenta y en la más absoluta oscuridad. En el anterior congreso, celebrado en 2008, ya se conocieron los nombres de la pareja que iba a sustituir a la que ha ostentado el poder en el último decenio, el del nuevo presidente Xi y el de quien será su primer ministro Li Keqiang.

La elección china es inextricable en cuanto a procedimiento: unas votaciones internas y escalonadas dentro de un partido jerarquizado y de gran opacidad. Pero también lo es por su significado político: se trata de un poder muy colegiado, no hay debate abierto y menos público entre tendencias y posiciones distinguibles, y los documentos del congreso necesitan una compleja exégesis para desvelar los temas esenciales detrás de la lengua de madera habitual en el discurso oficial.

Más interesante que la celebración del congreso en el que se ha culminado el ascenso de la quinta generación de dirigentes después de Mao Zedong son las informaciones sobre el enriquecimiento y la corrupción de la élite gobernante; el papel creciente de los príncipes rojos, hijos de los revolucionarios que fundaron o dirigieron la república junto a Mao; o el escándalo Bo Xilai, uno de los más destacados entre estos últimos y además representante de una línea izquierdista neomaoísta, caído en desgracia y ahora procesado tras el juicio y condena de su esposa por el asesinato de un hombre de negocios británico. Este y otros escándalos que han afectado a la élite gobernante han sido interpretados también como las manifestaciones de la lucha por el poder en los meses previos al 18 Congreso, que se ha celebrado entre el 8 y el 14 de noviembre.

La ascensión del islamismo político en todo el mundo árabe es un signo de cambio de época

Finalmente, la composición del órgano ejecutivo supremo, el Comité Permanente del Politburó del PCCh formado por siete miembros, ha revelado que los partidarios del expresidente Jiang Zemin, de la tercera generación, se impusieron sobre los partidarios de Hu Jintao, el presidente saliente perteneciente a la cuarta, en razón de cinco puestos sobre siete. Traducido en ideas políticas, es una victoria de los partidarios de la liberalización y privatización de la economía frente a los más proclives al intervencionismo del Estado.

China evoluciona hacia una actitud exterior más desacomplejada, en la que empiezan a emitirse enérgicas señales sobre sus ambiciones de hegemonía asiática y su creciente rivalidad estratégica respecto a Estados Unidos y sus roces con vecinos como Japón y Corea del Sur, alentados además por el giro derechista de los Gobiernos salidos de las últimas elecciones del año.

Pocos días antes del congreso comunista chino, la todavía primera superpotencia ha reelegido a Barack Obama como presidente, en una contienda altamente competitiva en la que también se han enfrentado dos filosofías políticas cada vez más distanciadas y polarizadas: de una parte, la idea conservadora de una economía desregulada, con fiscalidad mínima y sin solidaridad, defendida por Mitt Romney; y por la otra, la idea más socialdemócrata de un Estado que garantice la igualdad de derechos e introduzca reglas de juego en la selva de los mercados.

El hecho determi­nante de la derrota re­­publicana, tras unas tortuosas elecciones primarias que tardaron en decantarse, ha sido el cambio demográfico que está experimentando EE UU, con un peso creciente de las minorías, principalmente los hispanos, que se sienten perjudicados por las políticas antisociales y antiinmigración propugnadas por el Tea Party, el movimiento ultra de base republicano que ha condicionado las elecciones primarias y ha lastrado la campaña de Romney.

La elección presidencial en EE UU sigue siendo al final de las cuentas la más relevante para el conjunto del planeta, no tan solo por la vocación estabilizadora de la primera superpotencia, sino sobre todo por su influencia en la evolución de la economía global. La reelección de Obama refrenda las políticas sociales y los es­tímulos al crecimiento demonizados por la derecha estadounidense y también por la europea, con Angela Merkel a la cabeza.

Como siempre, fue alta la emoción que rodeó la elección presidencial francesa, en la que el brioso y polémico Nicolas Sarkozy pagó, junto a su arrogancia, el precio casi obligado de la crisis económica y cedió el testigo a François Hollande, el gris candidato de los socialistas. Los inicios de la nueva presidencia socialista no han podido ser más decepcionantes para un país del que se espera que actúe como equilibrio a la creciente hegemonía alemana sobre el conjunto de una Europa cada vez más vacilante y desunida, a pesar de las exigencias de unificación de políticas presupuestarias y bancarias impuestas por la crisis. La pérdida de peso de Francia en Europa y en el mundo, que el orgulloso Sarkozy no pudo ocultar, ha adquirido carta de naturaleza con la desorientada presidencia del hombre normal que es el socialdemócrata Hollande, catapultado a la presidencia más por los fallos de su rival que por la capacidad de movilización de unas ideas y un programa que siguen en crisis en toda Europa.

El relevo presidencial que se ha producido al sur del río Grande ha conducido de nuevo a la residencia de Los Pinos a un candidato del histórico Partido Revolucionario Institucional (PRI), después de esos extraños primeros doce años y dos mandatos de ausencia de un poder que había ocupado como si fuera su propia piel durante siete décadas. El nuevo presidente priista Enrique Peña Nieto venció el 1 de julio a Andrés Manuel López Obrador con el 38% de los votos, casi por siete puntos de diferencia, en un momento especial para este país que combina una economía emergente con una enorme avería institucional, causada sobre todo por la guerra del narco, la inseguridad y la corrupción, que las dos presidencias seguidas del Partido Acción Nacional (PAN), la de Vicente Fox y la de Felipe Calderón, no consiguieron ni siquiera empezar a reparar. Peña Nieto tiene el reto de sacar a México de su actual empantanamiento para situarle en cabeza de las economías emergentes como corresponde a su peso económico y demográfico, a sus recursos energéticos y a su vecindad con EE UU.

En la dirección contraria se dirige la Venezuela populista de Hugo Chávez, ­reelegido por amplio margen sobre Henrique Capriles por tercera vez y para seis años más, que ya no podrá cumplir según propia confesión debido a la enfermedad que sufre desde mayo de 2011. Su canciller y vicepresidente Nicolás Maduro le sustituirá cuando se produzca la vacante y deberá dirigir al chavismo de nuevo a las urnas en una operación preparada antes de las elecciones y a sabiendas del mal estado de salud del líder populista en la que se juega buena parte del impulso populista en el conjunto de América Latina.

La mayor novedad del año, hija directa de las primaveras árabes, ha sido la llegada controvertida y accidentada de Mohamed Morsi a la presidencia egipcia. La ascensión del islamismo político en todo el mundo árabe es un signo de cambio de época con repercusiones geopolíticas en toda la región. El asentamiento de Morsi en el trono que ocupó Mubarak du­­rante 30 años adopta la forma de una pugna interior con los otros poderes, el militar y el judicial sobre todo, y de proyección internacional egipcia en el escenario de Oriente Próximo. Morsi ha jugado en favor de Hamás en la franja de Gaza y ha sabido capitalizar el acuerdo de paz de noviembre con Israel, tras una semana de bombardeos y lluvia de misiles, y se ha situado como agente imprescindible en la guerra civil siria y ante la creciente tensión con el Irán nuclear de los ayatolás.

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