Morir en São Paulo

Centenares de policías militares y narcotraficantes libran una batalla en los suburbios de la ciudad

Barrio de favelas de Paraisópolis, donde ardieron 30 chabolas tras un fuego intencionado en noviembre pasado. / Yasuyoshi Chiba  (AFP)

Cae la noche en el suburbio Jardim Saõ Luís, en la periferia sur de São Paulo. Desde el pasado octubre, una suerte de toque de queda hace que las calles de este lugar se queden prácticamente desiertas a partir de las diez de la noche. La sombra fantasmagórica de un perro que camina rápidamente por una de las vías de acceso a la comunidad transmite cierto desasosiego. Algunos vecinos comentan que la orden de permanecer en casa proviene de la organización criminal Primer Comando de la Ciudad (PCC), hegemónica en la capital paulista. Otros aseguran que los grupos parapoliciales que llevan meses en pie de guerra son los responsables de este oficioso Estado de excepción. En cualquier caso, esta psicosis colectiva es la consecuencia directa de la oleada de asesinatos que ha sacudido sin misericordia al Gran São Paulo durante los últimos meses.

“No hace mucho estaba en esta esquina comiendo unas empanadas y de repente vi un tumulto. Cuando me acerqué, acababan de encontrar en este contenedor dos cabezas humanas”, narra Ricardo, un joven vecino de Jardim São Luís. Cada pocos metros, el muchacho se detiene para señalar una esquina, una pared, una escalera o una puerta. “Aquí mataron a uno de mis mejores amigos. Le dieron dos tiros en la cara y aún no sabemos por qué”. Las muescas de los proyectiles en las fachadas son las pruebas irrefutables de esta violencia sin fin. Al igual que venía sucediendo en muchas favelas cariocas, aquí, en la periferia paulista, también se respira la ausencia del poder público: no hay policía en las calles y las montañas de basura se acumulan en las esquinas. Las ratas campan a sus anchas.

De los más de 100 agentes asesinados en los primeros 11 meses de 2012, solo tres estaban de servicio

La prensa local señala a este complejo de barrios integrado por São Luís, Capão Grande, Campo Lindo o Jardim Ângela como la zona más peligrosa de la ciudad. Aquí los asesinatos colectivos suelen reproducir el mismo guion: hombres encapuchados disparan a quemarropa con armas cortas, y entre las víctimas suelen identificarse a miembros del PCC o a policías militares fuera de servicio. Las investigaciones llevaron a la conclusión (nunca de manera oficial) de que se trata de una guerra entre criminales y grupos parapoliciales cuyo origen estaría en una operación lanzada el 29 de mayo de 2012 por el Batallón de Choque ROTA (Rondas Ostensivas Tobias de Aguiar), que se cobró la vida de seis miembros de la red criminal en circunstancias poco claras. Desde la cárcel, mandos del PCC habrían dado la orden de responder a la muerte de sus correligionarios con la ejecución de varios policías militares. Desde entonces, policías y narcos se enzarzan en un enfrentamiento al margen de la ley. “Dos elementos nos llevan a señalar a agentes fuera de servicio como actores del conflicto: primero, la muerte de miembros del PCC y policías responde a una secuencia lógica: sabemos que si muere un narco, inmediatamente morirá un policía, y así sucesivamente. Segundo, existe un método: recogen los casquillos de las balas después de las ejecuciones y limpian la zona de pruebas. Esto denota que los asesinos conocen muy bien los procedimientos de investigación de la policía”, explica Marcio Christino, fiscal y especialista en investigaciones del PCC.

Según la Secretaría de Seguridad Pública de São Paulo, esta megalópolis de 22 millones de habitantes ha contabilizado alrededor de 1.368 homicidios en 2012, un 34% más que durante el mismo periodo del año anterior. De los más de 100 policías que murieron asesinados el año pasado, solo tres estaban de servicio en el momento del fallecimiento; 51 presentaron características de ejecución (normalmente disparos a quemarropa o por la espalda) y 21 ya estaban jubilados, según datos de la Policía Militar. Esta insostenible situación desencadenó el pasado noviembre la salida apresurada del secretario de Seguridad Pública del Estado de São Paulo, Antonio Ferreira Pinto, y su sustitución por Fernando Grella Vieira, el hombre que ha conseguido poner algo de freno a la oleada de asesinatos. Aun tras este relevo, la percepción de inseguridad continúa siendo sangrante: según una estadística publicada hace algunos días por el Movimento Rede Nossa São Paulo, para el 91% de los paulistas su ciudad es un lugar poco o nada seguro.

São Paulo ha contabilizado alrededor de 1.368 homicidios en 2012, un 34% más que durante el mismo periodo del año anterior

Según la presidenta de la Asociación de Comisarios de Policía de São Paulo, Marilda Pasonato, “el principal responsable de lo que sucedió fue el Gobierno del Estado de São Paulo”. “Ha habido un cúmulo de equivocaciones. Primero, negando la realidad de lo que está sucediendo, y después, dando rienda suelta a una política de seguridad pública anclada en el enfrentamiento en lugar de un buen trabajo de inteligencia. Todo esto ha dado como resultado una guerra civil, un Estado de excepción”, denuncia.

A unos 440 kilómetros de la capital paulista, Río de Janeiro vive la situación opuesta. Aunque la ciudad continúa registrando preocupantes índices de criminalidad, los homicidios no han parado de caer en los últimos tres años. En términos relativos, en Río se sigue matando más que en São Paulo, aunque esta tendencia esté invirtiéndose radicalmente. Entre enero y noviembre de 2012 Río capital contabilizó 1.096 homicidios, un 16% menos que en el mismo periodo del año anterior. Dos factores explican este cambio: primero, los eventos que se avecinan (Jornada Mundial de la Juventud, Copa Confederaciones, Copa del Mundo y Juegos Olímpicos) han convertido a Río en la principal preocupación del Gobierno, volcado en mejorar la imagen de una ciudad paradisíaca, aunque castigada tradicionalmente por truculentos episodios de violencia. En segundo lugar, el Gobierno del Estado de Río, liderado por el centrista Sérgio Cabral, mantiene una afinadísima sintonía política con la presidenta Dilma Rousseff, algo que ha facilitado la transferencia de ingentes recursos económicos y logísticos para combatir el crimen en la ciudad más turística de Brasil. Ninguna de estas dos circunstancias se da en São Paulo, gobernado por el principal partido de la oposición (PSDB) y relegado a un segundo plano.

Operaciones policiales en São Paulo. / Nacho Doce (Reuters)

El PCC paulista es una organización criminal mucho más sofisticada que los dos principales grupos narcocariocas (Comando Vermelho y Amigos dos Amigos). Su jerarquía poco verticalizada y pulverizada en infinidad de células autónomas provoca que su combate sea muy complicado. El objetivo del PCC no es vender drogas mediante el control territorial de las favelas, sino dominar todos los puntos de venta de São Paulo. Por tanto, su permeabilidad geográfica es mucho mayor. Los líderes del PCC cumplen condena y desde dentro de las cárceles articulan impunemente las acciones de 2.000 miembros en activo. “El PCC controla el 80% de los presidios de São Paulo. Esto quiere decir que son capaces de movilizar a más de 120.000 personas dentro de las cárceles”, explica Guaracy Mingardi, del Foro Brasileño de Seguridad Pública.

En la avenida de acceso a la barriada Jardim Ângela, una pequeña base de la Policía Civil emerge estoica de la oscuridad. Dentro hay cinco agentes pertrechados de chalecos antibala.

—¿Qué sucedería si un grupo de encapuchados atacara ahora mismo esta base? —pregunta el reportero.

Un joven agente enarca las cejas, como sorprendido por la candidez de su interlocutor.

—¿Tú qué crees? En medio minuto estaríamos todos muertos.

Lo tiene claro. Y así transcurren los días en los suburbios paulistas.

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