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Gao, la ciudad que resistió la ‘sharía’

Los habitantes de la localidad maliense relatan cómo trataron de luchar contra la brutal ocupación yihadista durante diez meses de tormento

El alcalde de Gao tapa un cartel yihadista donde se lee: “Al Hesba, juntos por el placer de Dios todopoderoso y la lucha contra los pecados”.
El alcalde de Gao tapa un cartel yihadista donde se lee: “Al Hesba, juntos por el placer de Dios todopoderoso y la lucha contra los pecados”. AFP

“Son ladrones, los vamos a matar, los vamos a degollar”, grita un joven de 18 años subido a bordo de una furgoneta, acompañado de unos diez muchachos que parten a la caza de unos islamistas que se han escondido. Han pasado solo 24 horas desde la liberación de Gao, la ciudad de los askias, puerta del desierto del Sáhara en Malí. Llegados a la plaza del concurrido mercado junto al río Níger, la milicia se une a una turba armada con palos y cuchillos que rodea un todoterreno en el que hay tres hombres esposados y tumbados, supuestos colaboradores de los radicales. Uno de ellos tiene la cara destrozada, algunos se han tomado ya la justicia por su mano. Los militares les protegen de una multitud descontrolada, que al grito de “Malí, Malí”, no se da por satisfecha con la detención.

 “Los habitantes de Gao odiaban a esta gente y les plantamos cara de forma clandestina hasta el final”, cuenta Moussa Boureima, responsable de las patrullas formadas por miles de jóvenes que organizaron dos manifestaciones durante el periodo de ocupación y se enfrentaron a los islamistas radicales de Muyao (Movimiento Movimiento para la Unicidad de la Yihad en África Occidental) y a los combatientes del MNLA (Movimiento Nacional para la Liberación del Azawad) en más de una ocasión. “Una vez organizamos una manifestación y pudimos impedir una amputación de un ladrón en la plaza de la sharía [ley islámica]”, asegura en su sede central, en la que guardan alguna munición encontrada en los edificios abandonados, además de cientos de libros del instituto, que pusieron a resguardo para evitar que los radicales los quemaran.

La ciudad es aún un caos y el alcalde de Gao, monsieur Diallo, habla frenéticamente con consejeros municipales que vienen a su casa para organizar la situación tras la salida de la administración islamista. “Hay algunos jóvenes que quieren vengarse, pero yo les digo que si saben de algún cómplice, es necesario que lo denuncien a los militares malienses y ellos se hacen cargo”, dice. En el orden del día, pintar con los colores de la bandera francesa todos los carteles esparcidos por toda la ciudad, como “bienvenidos al estado islámico de Gao”, “la sharía es la pureza de la mujer”, o “vivir bajo la sharía es vivir con felicidad”, y algunos otros con la bandera negra de Al Qaeda, donde se leen las palabras Allahu akbar, Alá es grande.

No solo las patrullas se rebelaron contra el terror impuesto por Muyao y su líder, Abdulhakim. En la radio local, Addar, decidieron no seguir las consignas impuestas por los radicales. “Un día durante un informativo les criticamos y los del MNLA irrumpieron en el estudio y la emprendieron a palos contra el periodista Abdul Malik Aliju Meiga, lo llevaron a prisión semidesnudo. Nos las arreglamos para sacarlo y ayudarle a huir de aquí”, asegura su director, Boubaka Touré. Un joven murió tiroteado cuando decidió, en un arrebato valiente, salir a con su motocicleta y a pasear una bandera maliense. “Tenían una lista de 30 personas que querían asesinar, la encontramos y ayudamos a salir a algunos de ellos”, explica Amadou Diko, el prefecto de Gao.

Fueron diez meses infernales en los que la población padeció la imposición de una versión brutal de la sharía. En la plaza del castigo público, en el centro de esta ciudad de 80.000 habitantes, la columna de la glorieta central está desgastada de tanto poner la silla en la que ataban a los supuestos ladrones para cortarles la mano, o donde ataban a los herejes, que recibían diez latigazos por fumarse un cigarro o por hablar con una mujer por la calle.

Algunos afectados se pasean con su muñón, buscando contactos de ONG que puedan ayudarles.

Varios vídeos macabros de los castigos públicos, impuestos por Al Hesba, el tribunal islámico, circulan en los móviles de los habitantes de la ciudad, salpicada de mansiones que utilizaban como cuartel general, repletas aún de explosivos que han dejado a su paso.

“En esta casa hay una bomba artesanal con la que querían volar el puente que une Níger con Malí”, explica la teniente coronel Nema Sagarám del Ejército maliense, encargada de entrar en las lujosas mansiones en las que instalaron sus cuarteles generales, donde han hallado desde misiles y granadas sin utilizar, hasta fajos de dinero inundado en un producto químico. “Esto es un detonador”, muestra Sagarám a la prensa. En la puerta de todas ellas, está aún marcado el número de teléfono de los líderes locales.

“Los peores fueron los de Muyao”, explica un hombre que pide no dar su nombre. “Cogieron a mi hermana, a mi madre, a mi mujer y a mi hija de diez años, nos apuntaron con las armas y nos obligaron a ver como las violaban a todas, en grupo. Siento vergüenza y amargura”, asegura, con el labio inferior temblando. La entrada en acción del Ejército francés ha dado un vuelco a sus vidas y ahora las calles están llenas de gente sonriente, feliz, que baila y aplaude al paso de los soldados malienses, de Chad, de Níger o algunos franceses que abandonan la base en el aeropuerto para saludar a la población local.

En los alrededores, los militares armados que protegen la ciudad circulan en enormes convoyes, cada país con banderas de colores en lo alto de los vehículos para que se les distinga desde el aire por la aviación francesa. La carretera de acceso desde Bamako aún está cerrada, faltan suministros, no hay agua ni electricidad, pero la felicidad, sin los opresores, se lee en los rostros de hombres y mujeres que abrazan a cualquier occidental que encuentran por la calle. “¡Gracias!”, es su palabra de bienvenida, y una sonrisa.