¿El final de una etapa? Una dimisión inesperada

La Iglesia católica está regida por ancianos y hay que dejar paso para que sean las necesidades del cargo las que se impongan a las carreras personales

Benedicto XVI bendiciendo a los fieles, a comienzos de febrero. / CLAUDIO PERI (EFE)

Dimitir de un cargo tan importante como el de Papa de la Iglesia católica y justificarlo alegando razones de salud y porque ya no hay capacidad para atender a las necesidades de la Iglesia universal, es una decisión ejemplar. Se pronuncia con una orientación diferente a la de la elección Papal a los setenta y ocho años, cuando se exigía a los obispos presentar la dimisión a los setenta y cinco. La Iglesia católica está regida por ancianos y hay que dejar paso para que sean las necesidades del cargo las que se impongan a las carreras personales. ¡Ojalá que esto también influya al elegirle sucesor!

¿Y qué ha ocurrido desde 2005 hasta ahora? Es difícil encontrar acontecimientos relevantes en un Pontificado que se puede denominar de transición, como se pretendía que fuera el de Juan XXIII, hasta que la convocatoria del Vaticano II lo hizo decisivo. Durante el de Benedicto XVI se han mantenido las mismas líneas que marcaron el de su antecesor, con la diferencia de ocupar el cargo una persona con menos liderazgo personal y vitalidad que Woitila, pero con mucho más bagaje intelectual y mayor conocimiento de la curia romana, además de asumir el Papado desde una experiencia muy diferente de la del Papa polaco. Pero la Iglesia que deja es básicamente la que heredó, agudizada porque la crisis ha aumentado desde el 2005 y los grandes problemas que ya existían se han agravado: una curia romana dividida, pero con autonomía respecto del mismo papa; pederastia del clero; escasez de vocaciones; estancamiento en lo referente al papel de la mujer en la Iglesia; frenos al ecumenismo y un creciente anti modernismo, basado en una reinterpretación reductiva del Vaticano II, que retrotrae a la Iglesia a la lucha contra la sociedad moderna, secularizada y democrática. Juan XXIII y el mismo Pablo VI quedan lejos y con ellos la primavera conciliar, a la que ha seguido la retirada a los cuarteles de invierno, como afirmaba Karl Rahner, durante los dos últimos pontificados.

Más que un balance lo que interesa es el futuro. Desde hace años se habla de enfrentamientos curiales que llevaron a L'Osservatore Romano, a hablar de “un pastor rodeado por lobos”. (18/2/2012), que ahora se preparan para el momento decisivo de la elección. Los problemas se amontonan porque el problema mayor no es la persona del Papa, con todo lo que implica éste, sino la estructura monárquica que conserva el Papado desde Trento, refrendada por el Vaticano I, en contra de los intentos frustrados de sinodalidad y colegialidad, que dieran paso a otra manera de organizar la autoridad. Se necesita un Papa que reforme estructuras eclesiales que tienen sus raíces en el medievo, en contraposición al primer milenio, y que hacen del Papado uno de los mayores representantes en el mundo de una monarquía absoluta, sin contrapesos. A esto se añade la nueva situación de un mundo globalizado, de una sociedad occidental postmoderna, laica y no sólo secularizada, y democrática, que cuestiona las grandes instituciones, como la eclesiástica, y rechaza un modelo impositivo de autoridad.

En buena parte, el Concilio Vaticano II ha sido una oportunidad histórica fallida y resulta difícil la perspectiva de un Vaticano III, que piden algunos, dado que sus protagonistas serían obispos que, en su casi totalidad, han sido elegidos por los dos Papas últimos. Por eso, la situación eclesial se ha agravado y dos Pontificados conservadores en lo doctrinal y en lo institucional no han podido resolver la crisis ya detectada en los años sesenta. Ahora viene una elección que puede marcar los próximos decenios y la esperanza no está en Roma, ni siquiera en Europa, sino en las iglesias americanas, africanas y asiáticas que son las que han mostrado una mayor vitalidad, creatividad y apertura en los últimos treinta años. Ellos son los que decidirán al nuevo Papa y con él el futuro próximo del catolicismo.

Juan Antonio Estrada es catedrático de Filosofía en la Universidad de Granada.

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