La abdicación de un monarca absoluto

El pontífice que ahora deja la tiara se resistió a aceptar la renuncia del ‘papa negro’, el líder de los jesuitas

Roma (Enviada especial) 13 FEB 2013 - 20:20 CET

El anterior superior de los Jesuitas, el 'papa negro' Hans-Peter Kolvenbach

Ser papa ya no será lo mismo después de la renuncia de Benedicto XVI. Mientras los intelectuales le alaban por su coraje, y los fieles lamentan la pérdida de sacralidad del cargo, en la Curia, quien más quien menos, ha tomado buena nota. A partir de ahora el monarca absoluto que rige los destinos de la Santa Sede y de la Iglesia católica en el mundo tendrá que asumir que su cargo no es para toda la vida. Como lo han asumido ya los obispos, que dejan paso a los más jóvenes a los 75 años.

Pero hay datos para sostener que Joseph Ratzinger no siempre ha sido favorable a una renuncia. Al contrario, aunque el Código de Derecho Canónico de 1983 contemple esa posibilidad, el tema siempre ha sido tabú en el Vaticano. Juan Pablo II nunca se hubiera permitido bajarse de la Cruz, como recordó el lunes su exsecretario y hoy arzobispo de Cracovia, el cardenal Stanislaw Dziwisz. Y Benedicto XVI parecía poco favorable, al menos hasta 2008. A ambos pontífices les costó autorizar a Peter Hans Kolvenbach, padre general de la Compañía de Jesús, cargo al que se conoce coloquialmente como papa negro, a dimitir por motivos de salud. El Papa polaco se negó en redondo a autorizarle. Benedicto XVI no dio el visto bueno hasta 2008, y señalando que se trataba de una concesión personal a Kolvenbach, que se opuso a que esta opción se incorporase a la constitución de los jesuitas, que data de 1540.

“Hay que habituarse a decisiones así, porque en los tiempos que corren no se puede hace frente a estas tareas sin las fuerzas suficientes”, dice el portavoz de la curia romana de los jesuitas, Guiseppe Bellucci, “hay que habituarse a que puede haber dos papas, uno con poder y otro sin él”.

Uno de los primeros en poner límites de edad en las altas jerarquías de la Iglesia fue Pablo VI, que decidió fijar en 79 años la edad máxima de los cardenales para participar en el cónclave. Hasta entonces, los purpurados mantenían esa potestad hasta su muerte. La medida no fue bien acogida por muchos, que se sintieron marginados.

Benedicto XVI, a punto de cumplir los 86 años, parece haber decidido que los 85 pueden ser el límite para un Pontífice, aunque sea a título orientativo. La vaticana es una monarquía absoluta y bastante peculiar. Los reyes abdican, pero los pontífices, que carecen de herederos de sangre, ejercen hasta la muerte. Joseph Ratzinger sienta un nuevo precedente.

La agenda de un papa de hoy exige enorme energía física y mental. Sin los excesos de Juan Pablo II, que dio la vuelta al mundo, los viajes son parte irrenunciable de la tarea papal. Y en el Vaticano se multiplican las audiencias y las celebraciones religiosas. Ratzinger ha escrito además decenas de libros, documentos doctrinales y sacramentales y discursos. Ahora el expapa podrá dedicarse a su vocación intelectual. Su sucesor puede estar tranquilo. Benedicto no le hará sombra.

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