Estados Unidos, de nuevo ante el abismo de una crisis económica

“Los efectos del secuestro son todavía peores que el nombre”, ha advertido el presidente Barack Obama en un astillero en Virginia

Barack Obama, durante su visita de hoy a un astillero de Virginia. / ALEX WONG (AFP)

Estados Unidos se encuentra de nuevo al borde de una crisis económica provocada por la reiterada incapacidad política de la Casa Blanca y el Congreso de llegar a un acuerdo sobre un presupuesto. Si un milagro no lo evita, este fin de semana entrará en vigor un drástico recorte del gasto público que, según los expertos, provocará masivas pérdidas de empleos, una brusca desaceleración del crecimiento y otros graves perjuicios en muchos ámbitos, incluida la seguridad nacional.

El drama esta vez se conoce como secuestro y no es muy distinto a otros episodios recientes de terminología igualmente llamativa, como el abismo fiscal o el techo de deuda. En el caso del secuestro, como ha dicho hoy Barack Obama en un astillero de Virginia contratado por la Armada, “los efectos son todavía peores que el nombre”.

Como en esos casos anteriores en los que EE UU se ha encontrado a las puertas de la crisis, el problema de fondo sigue siendo la visión irreconciliable de republicanos y demócratas sobre el modelo de sociedad, que está haciendo este país ingobernable. Obama pretende impulsar desde la Casa Blanca una política económica expansiva y de atención social; los republicanos, que controlan el Congreso, exigen austeridad y reducción del déficit por encima de todo.

Esas diferencias estuvieron a punto de provocar un verdadero colapso económico mundial al final del año pasado, pero se evitó con un acuerdo en la madrugada del 1 de enero que permitió subir los impuestos a los ingresos altos y pospuso la decisión sobre los recortes de gastos hasta el 1 de marzo.

El problema de fondo sigue siendo la visión irreconciliable de republicanos y demócratas sobre el modelo de sociedad, que está haciendo EEUU ingobernable.

Ya hemos llegado a esa fecha y no se ha alcanzado ningún acuerdo, por lo que el viernes empezarán a aplicarse recortes de 85.000 millones de dólares sobre prácticamente todos los organismos y servicios públicos. La mitad de esa cantidad afectará al presupuesto militar. La otra mitad se repartirá entre el resto de los departamentos.

La Casa Blanca ha descrito en términos dantescos el panorama ante el que se encuentra el país: los veteranos de guerra dejarán de cobrar sus cheques, habrá largas colas y retrasos en los aeropuertos porque habrá que reducir las horas de trabajo de controladores y personal de seguridad, miles de familias se quedarán sin ayuda escolar o sin atención sanitaria, se retrasarán las gestiones de todos los ministerios, 800.000 empleados civiles del Pentágono tendrán que tomarse días de descanso sin cobrar, 10.000 maestros serán temporalmente enviados a casa. La Oficina de Control del Presupuesto del Congreso ha calculado que, si el secuestro se produce, la economía norteamericana perderá alrededor de 750.000 puestos de trabajo al final de este año.

“Estos recortes no son inteligentes, no son justos y suponen un daño autoinfligido a nuestra economía que no tendría por qué producirse”, ha dicho Obama a los trabajadores a los que pidió en Virginia que presionen al Congreso para que se eviten esas medidas.

Algunas de las consecuencias más preocupantes de esta crisis afectan a la seguridad. Leon Panetta, a punto de dejar de ser secretario de Defensa, advirtió recientemente: “El secuestro, esa locura legislativa que fue diseñada para ser tan malo, tan malo, que nadie en su sano juicio permitiese que ocurriera, degradará nuestra capacidad para responder a desafíos internacionales, precisamente en un momento de creciente inestabilidad alrededor del planeta”. Coincidiendo con él, John McCain, uno de los más influyentes republicanos en el Senado, ha asegurado que el tijeretazo previsto al presupuesto militar “pondrá en peligro nuestra seguridad y, literalmente, nuestra capacidad de defender a la nación”.

Como decía Panetta, el secuestro se acordó en 2011, por iniciativa de la Casa Blanca, para superar el obstáculo que había en aquel momento sobre el techo de deuda. Impongámonos un castigo tan grande que estemos obligados a llegar a un acuerdo antes, pensaron entonces los legisladores. Pero los republicanos de la Cámara de Representantes creen ahora que el castigo no es tan grande, y que este recorte –parte de un total de reducción del gasto de 1,2 billones de dólares en 10 años- viene muy bien para rebajar el déficit.

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