OPINIÓN

Maduro y el peso de la sombra

Los sectores políticos y militares partidarios del continuismo ortodoxo marcan el paso al nuevo líder

Nicolás Maduro, tras jurar como presidente interino de Venezuela el viernes. / JUAN BARRETO (AFP)

Las multitudes que pasaron ante el catafalco de Chávez con sentimiento huérfano, pero también aquellas que se reunieron expectantes del deseado cambio -nuevamente frustrado-, comparten el vértigo ante la llegada de una nueva época para ese país en donde no cabe hablar de transición porque no existe un cambio de régimen político. Con la muerte del líder carismático, como parece claro por las exultantes manifestaciones de fidelidad al caudillo muerto, no se acaba el actual sistema político, pero el chavismo inicia una fase distinta y deberá refundarse sobre un nuevo liderazgo al que parece abocado Nicolás Maduro. Una complicada herencia que exigirá nuevos equilibrios, ajustes forzosos y consensos imprescindibles dentro y fuera del movimiento.

Es una paradoja que, en gran parte, el mantenimiento del chavismo como fuerza política y como sentimiento social contestatario en ese país, y en todo el continente, dependa de la capacidad de Maduro para esquivar primero y superar después, la permanente sombra de Chávez reflejada en su labor política fuera y, sobre todo, dentro del Partido Socialista Unido de Venezuela. Y especialmente para llevar a cabo ese difícil reto que supone mantener unida la “familia” bolivariana. En conclusión, cómo refundar el chavismo -desaparecido Chávez- con el peso que supone la comparación en cada paso, a la hora de superar las tentaciones en las que puede caer una parte de la chavista “comunidad” política, militar y de intereses para, aprovechando el totum revolutum, conseguir a toda costa una mejor posición o asegurar la actual.

Si miramos fuera del movimiento revolucionario bolivariano, los retos sucesorios con los que se enfrenta Maduro no son menos complejos, porque las decisiones que se adopten por parte del Gobierno desde este momento pueden apaciguar o acrecentar el nivel de enfrentamiento y crispación imperante en la sociedad venezolana. La primera ha supuesto un error político mayúsculo y una clara ilegalidad: dando por hecho que la Constitución está hecha a la medida del sistema de poder establecido, es claro que, según ese texto, la persona llamada a presidir el país hasta las nuevas elecciones era el presidente de la Asamblea, Diosdado Cabello, y no el propio vicepresidente.

Ha sido poco inteligente dar el paso de nombrar a Maduro como presidente en funciones -como presagiaba el canciller Elías Jaua- para, despreciando la posibilidad de “puentes” de dialogo, renunciar a la apertura de un período discreto en la búsqueda de consensos mínimos con la oposición hasta la celebración de las elecciones. Parece claro que los sectores políticos y militares más duros, partidarios del continuismo ortodoxo, marcan el paso al nuevo líder. Esta estrategia de gestos en las ceremonias post mortem, pero también de realidades, forzando a todos los poderes del Estado para realizar esta controvertida toma de posesión, han sido una primera prueba del desprecio absoluto por el entendimiento con los ajenos y, a la vez, una muestra de autoridad para los propios.

Sin embargo, el nuevo liderazgo como paso imprescindible de Maduro para mantenerse antes y, sobre todo, después de las próximas elecciones presidenciales no será a coste cero ni dentro de sus filas, ni tampoco en la labor de gobierno. Sería conveniente que el chavismo se reinventara en esta fase, tendiendo puentes de consenso y entendimiento a una oposición de tanto respaldo popular. Este nuevo escenario, más allá de las promesas vacías en la inminente campaña electoral, facilitaría al nuevo presidente llevar a cabo unas políticas gubernamentales de empleo, salud, educación, vivienda y, sobre todo, de seguridad -el problema más preocupante para los venezolanos- que tuvieran un amplio respaldo político con verdaderos avances sociales, por encima de las habituales palabras huecas.

Pero, sobre todo, esta apuesta por un nuevo liderazgo más positivo y pragmático -claramente distante cuando resuenan las palabras fuertes y agresivas en su toma de posesión- debería suponer pasos sucesivos hacia una política de reconciliación nacional para cerrar el enfrentamiento que ya se hace insoportable para todos los venezolanos.

Gustavo Palomares es catedrático europeo en la UNED, presidente del Instituto de Altos Estudios Europeos y formó parte de la misión electoral internacional en Venezuela.

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