La agricultura en California peligra por la falta de inmigrantes indocumentados

Empresarios y trabajadores piden una rápida aprobación de la nueva ley migratoria

Salinas (California) 26 MAR 2013 - 04:19 CET

Cultivo de un campo en Salinas, California. / ap

La patronal y los trabajadores esperan como agua de mayo que el Congreso de Estados Unidos apruebe la ley de reforma migratoria. De no hacerlo a corto plazo la agricultura en California se vería abocada a una profunda crisis, dada la falta de mano de obra que en estos momentos padece.

Según Casimiro López, director regional del sindicato United Farm Workers (UFW, Unión de Trabajadores del Campo), “el paso fronterizo de inmigrantes ha disminuido, debido a la extrema vigilancia en la frontera entre México y Estados Unidos. Ello está impactando de lleno en la agricultura de California”. El flujo neto de inmigrantes entre ambos países es por primera vez cero, según un informe publicado en 2011 por el Centro Pew Hispanic.

“Los rancheros no alcanzan a levantar las cosechas. Se están echando a perder fresas, uvas y vegetales, y hay muchos problemas para cosechar a tiempo. Las trabas que se están poniendo a la mano de obra indocumentada están ocasionando un perjuicio tremendo a la agricultura de California y otros Estados”, explica el director de UFW.

California es el primer Estado de la nación en cuanto a producción agrícola y el que emplea un mayor número de trabajadores, más de un millón durante las épocas de mayor actividad. En el sector agrícola de Estados Unidos trabajan cerca de un millón y medio de trabajadores indocumentados, lo que sitúa al campo a la cabeza del sector productivo con mayor número de sin papeles.

El secretario de la Unión de Campesinos, Sergio Guzmán, cifra en un 80% el número de indocumentados que laboran en el campo. “Si no fuera por ellos las familias ricas no tendrían frutas ni vegetales en sus mesas para comer”, señala, al mismo tiempo que hace notar las duras condiciones en las que trabajan: “Están más explotados que sus compañeros con permisos en regla porque tienen miedo a perder sus trabajos si ejercen sus derechos”.

Juan Rociles es uno de los muchos campesinos indocumentados que trabajan y viven en Salinas, en la costa central de California. Cuenta que su trabajo consiste en recoger lechugas, apio, uvas y fresas, 12 horas agachado de sol a sol, con un salario que oscila entre los ocho y diez dólares la hora: “Es una tarea larga y muy pesada, y el dinero no es mucho comparado con el coste de la vida aquí; pero no hay otra, tengo que hacerlo. Si protestas te corren, y además los ilegales no podemos salir del país. Llevo 14 años sin ver a mi familia en México”.

“Ahora mismo hay mucho trabajo en el campo y pocos trabajadores. Las cuadrillas suelen estar formadas por 25 personas y ahora tenemos que conformarnos con 15 porque no hay gente. Muchos se han ido y a otros les han deportado, así que en este momento en lugares como Santa Rosa y el valle del Napa están desesperados por reclutar mano de obra. Hasta hotel gratis les están ofreciendo”, comenta Rociles.

También Ismael Alcántara, un campesino con papeles que lleva toda una vida trabajando en el campo, opina que “el trabajo está mal pagado para lo duro que es. El coste de la vida es muy alto y cuesta trabajo llegar a fin de mes ganando diez dólares a la hora. En los dos últimos años mucha gente se ha ido, porque tal y como se han puesto de duras las cosas con inmigración, no vale la pena quedarse”.

“Es importante que los trabajadores se sientan seguros en este país”, apunta el secretario de UFW. “Uno de los problemas es que los campesinos salen de sus casas y no saben si van a regresar. Diariamente se está deportando a 1.400 personas”.

Junto a la deportación, otro de los problemas es la separación familiar. “Hay campesinos que llevan hasta 15 años sin ver a sus familias, pero si se van no pueden regresar ya que la falta de papeles les bloquearía la reentrada”, manifiesta Casimiro Álvarez.

“El no pasar la reforma de inmigración sería un fracaso para este país y un retroceso. Además ayudaría a mejorar la economía, pues los nuevos residentes comprarían casas, coches y los demás bienes que conlleva una vida con papeles”, comenta Sergio Guzmán.La patronal también está deseosa de resolver esta situación mediante la aprobación definitiva de la ley de inmigración, tal y como apunta Tom Stenzel, director ejecutivo de United Fresh: “Es importante encontrar una manera de legalizar a los trabajadores que ya están aquí”, aunque matiza que “la industria tiene que mirar al futuro y prever que va a pasar una vez que esos trabajadores tengan papeles. Es difícil de saber cuántos van a dejar de trabajar en la agricultura para pasarse a otros sectores. Lo que es seguro es que sus hijos no van a continuar faenando en el campo, razón por la que necesitamos un flujo continuo de trabajadores de fuera”.

La visión de la Unión de Campesinos difiere en este aspecto, tal y como señala Casimiro Álvarez: “Nosotros no queremos trabajadores temporales, sino que se legalice a los que ya están. Hay suficiente mano de obra para sacar adelante las cosechas, sin necesidad a recurrir a los de fuera”.

Lo cierto es que el campo en su conjunto aspira a contar pronto con una ley de inmigración que clarifique las reglas del juego y nutra de trabajadores a la industria agrícola, vital para la economía norteamericana.

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