Aurora lucha para sacudirse el nombre de la matanza

El Estado lidera con nuevas leyes para regular la posesión de armas

Expectación ante el juzgado de Denver donde se procesará a James Holmes. / DOUG PENSINGER (AFP)

El silencio en torno al proceso judicial contra James Holmes, que se enfrentará a la pena de muerte por el asesinato de 12 personas en un cine de Aurora, Colorado, ha protegido a esta pequeña localidad al este de Denver, mientras intenta recuperarse de una tragedia en la que también resultaron heridas otras 58 personas. El juez instructor del caso declaró el secreto de sumario aquella misma semana de julio, por lo que ni los ciudadanos de Aurora, ni del resto del país, han tenido acceso a las llamadas a los servicios de emergencia, detalles sobre las posibles motivaciones de Holmes -que también llenó su apartamento de explosivos- o lo que las autoridades hayan descubierto desde entonces. Todo eso saldrá a la luz durante el juicio.

“Es impresionante el daño que puede hacer una sola persona a toda una ciudad”, afirma Jennifer Hope, profesora de arte en Denver y coordinadora de la organización One Million Moms, en defensa de nuevas regulaciones de posesión de armas. “Es muy triste que el nombre de esta localidad se quede vinculado para siempre a la matanza”.

Aurora intenta sacudirse el nombre de Holmes, un joven que ni siquiera era residente en la ciudad. En este suburbio interminable, que siempre ha vivido a la sombra de Denver, la distancia entre centenares de casas extendidas en la llanura al este de las Montañas Rocosas, engaña. Comunidades de vecinos han encontrado la manera de unirse en asociaciones y grupos, a través de las redes sociales, en debates y charlas espontáneas, para reivindicar su independencia de la tragedia. “La comunidad no se va a dejar definir por lo que ocurrió, afirma Steve Hogan, alcalde de la ciudad. “Lo mismo que éramos antes de aquella masacre, es lo que seremos en el futuro”.

Tucson, Oak Creek, Aurora o Newtown, cuatro ciudades que han sufrido cuatro masacres similares en los últimos tres años viven el debate sobre la regulación de las armas diferente al que se libra en el resto del país. En Aurora, desde las autoridades hasta los ciudadanos debaten si es el momento de limitar la posesión de rifles de asalto o pistolas, cuántas armas, cuantas balas, cuántos cargadores, puede uno guardar en el armario.

Britt Barton, profesora de una escuela infantil y madre de una niña de seis años, cuenta que intenta debatir con todo el mundo, a veces sin suerte. “Cuando veo que no todos los miembros de mi familia, por ejemplo, están de acuerdo conmigo, tengo que dejar de tratar el tema”, dice Barton. “Argumentan que tienen derecho a poseer armas, no salen de lo que dice la Segunda Enmienda. Es como si nunca pudiera alterarse”.

El tiroteo en Aurora hizo que Barton se plantease regresar a su Estado natal, Connecticut. Todavía lo contemplaba con su marido cuando se produjo la masacre en Sandy Hook. Cada vez que surge el nombre de la escuela infantil, Barton señala a su hija de seis años, baja la voz. “Tienen miedo”, afirma. “Hay quien me ha dicho que eduque a mis hijos en casa, pero sé que no es lo mejor para ellos. Mi marido habla de armas porque el barrio ha cambiado y no nos sentimos tan seguros. Pero sabe que no quiero tener algo así en casa”.

Hope, madre de ocho hijos y una de los casi 14 millones de estadounidenses aficionadas a la caza -apenas uno de cada cinco propietarios de armas-, ironiza. “Me encantaría ver los animales que intentan atrapar con todas esas balas. ¿Quién necesita 300 balas para salir a cazar”. A pesar de la sonrisa, las palabras Sandy Hook y Columbine le llenan los ojos de lágrimas. Lamenta que no todo el mundo esté dispuesto a entrar en un debate inexistente hasta hace unos meses y que, por lo menos en Aurora, ni siquiera fue provocado por la muerte de 12 jóvenes en los cines de la ciudad.

Aquella fue una más en la larga lista de masacres con armas de fuego en Estados Unidos. Seis meses después, la muerte de 20 menores en una escuela infantil de Newtown, Connecticut, lo cambiaría todo. Incluso en Aurora. Hope seguía aquella mañana las noticias sobre el tiroteo en la escuela Sandy Hook de Newtown cuando se dio cuenta de que, a pesar del terror, no le sorprendía. “Lo peor de todo esto es que se ha convertido en algo normal para nosotros”, asegura. En 1999, tras el tiroteo en Columbine, Hope pasó varias horas intentando averiguar si los hijos de sus vecinos estaban vivos. “Ahora que mis hijos más pequeños están en el colegio, llega Sandy Hook. Es demasiado. ¿Podemos permitirnos esto como nación?”.

Hope afirma que Newtown le inspiró a involucrarse en la lucha a favor de la regulación de las armas como no lo hizo la matanza en el estreno de Batman en la ciudad de Aurora. “Sabía que tenía que hacer algo”, comenta. Aquella mañana entró en Facebook, descubrió la agrupación “One Million Moms” y añadió su nombre. A las pocas horas se había convertido en la coordinadora de la organización en Denver y Aurora. En las últimas semanas, sus numerosas conversaciones con otros voluntarios, con miembros de otras organizaciones y con los legisladores locales le han ayudado a detectar dos grupos claros en la comunidad: ciudadanos que se movilizan porque no quieren que la situación permanezca igual, y los que ni siquiera quieren oír hablar de un debate sobre las armas.

A pesar de la división, Colorado es uno de los Estados líderes en regulación de armas. Desde las últimas elecciones, cuando los demócratas recuperaron la mayoría en la Cámara estatal, han logrado revocar una normativa que permitía portar armas sin cargador en las universidades y han aprobado otras leyes para que se comprueben los antecedentes penales de todos los compradores de armas. Aún así, dice Hope, “todavía hay políticos que ni siquiera reciben a grupos como el nuestro”.

Las dos voluntarias afirman que el debate actual, pese a la impresión que pueda dar la actividad política en Washington, no está limitado a los partidarios de las armas y los que las rechazan. “Hay una gran mayoría de ciudadanos que quiere tener armas, pero están a favor de que se hagan exámenes en el momento de su compra y que se limiten los cargadores de alta capacidad”, dice Hope. “El momento tiene que ser ahora”, dice Hope. “Somos demasiados los que hemos dicho que no vamos a aceptar que vuelva a ocurrir”. De momento, agradecen los esfuerzos iniciados por el presidente Barack Obama, que este miércoles ha vuelto a defender su iniciativa para impulsar una nueva regulación federal desde Denver. Pero, según Hope, también saben que “el cambio no llegará de la noche a la mañana”.

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