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Diez millones de empleadas del hogar conquistan en Brasil dignidad laboral

Los restaurantes de lujo ya no obligarán a estas mujeres a ir uniformadas

La Presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, a la derecha, abraza a Creuza Maria Oliveira, Presidenta de la Federação Nacional das Trabalhadoras Domésticas en 2011. / AP

Los diez millones de empleadas del hogar de Brasil han conseguido ser equiparadas, en todo, a los demás trabajadores del país e, incluso, con algunas ventajas adicionales. La ley aprobada el pasado día 27 de marzo y que ya ha entrado en vigor ha constituido una de las mayores revoluciones en el campo del trabajo desde que existe la Constitución Republicana. Hay hasta quién, con énfasis, considera la fecha de aprobación de esta ley como el “fin de la esclavitud”, y no la de 1888 cuando Brasil fue el último país del mundo en abolirla definitivamente.

Sin normas claras que obligaran a los patronos a ofrecerles condiciones dignas de un trabajador moderno, hasta la fecha vivían a merced de la buena voluntad de las familias que las contrataban.

Se calcula que antes de la ley sólo un 30% de los por lo menos diez millones de esas trabajadoras recibía un salario mínimo y se les respetaban las 48 horas de trabajo semanales.

La nueva ley es muy severa y se calcula que por lo menos un millón de familias tendrá que despedir a sus empleadas por falta de recursos para cargar con las condiciones laborales que ahora se exigen. La norma es tan completa, y a veces tan compleja, que las familias han tenido que recurrir a los abogados para poder ponerse al día en sus deberes con la empleada. El diario Folha de São Paulo llegó a responder a 60 dudas presentadas por los lectores sobre la ley.

La labor de la empleada del hogar es diferente de la que trabaja en un comercio, una oficina o una fábrica. A veces los horarios son muy variados. Algunas familias necesitan de ellas por las noches o en los fines de semana. Las hay que viven las 24 horas en familia, donde reciben alimento y habitación. Se da hasta el caso de las empleadas de las empleadas, las mujeres que trabajan en una familia el día entero y necesitan pagar a una niñera para que cuide del hijo o los hijos pequeños ya que en Brasil el 90% de las escuelas públicas son de media jornada. Esas empleadas no podrán contratar ahora a niñeras, ya que bastan tres jornadas de trabajo semanales para crear vínculo de trabajo laboral con todos los derechos –salario mínimo y regularización-, algo imposible de soportar para quién gana un sueldo base.

Las empleadas del hogar podrán trabajar sólo 44 horas semanales. No se permitirá cubrir más de dos horas extras diarias que deberán ser pagadas con un aumento del 50%. Tendrán derecho a la paga extraordinaria de Navidad y a un mes de vacaciones remuneradas. Junto a ello, la familia tendrá que pagar los derechos de la seguridad social, el Fondo de garantías del trabajador y el seguro de desempleo.

Para las madres que tengan niños en la guardería deberán pagársela donde no tengan posibilidades de acudir a una guardería pública. Tendrán licencia maternidad, y en caso de despido no justificado deberá abonárseles el 40% del Fondo de garantía.

La ley es tan meticulosa que, por ejemplo, la empleada que pase el día entero en familia, acabada su jornada de trabajo, no podrá realizar actividad alguna, ni siquiera ayudar a poner la mesa y deberán descansar por lo menos 24 horas seguidas a la semana.

En cuanto al horario nocturno, desde las ocho de la noche a las seis de la mañana, además de ser pagadas con un 50% más, serán contabilizadas como 52 minutos y 30 segundos cada una.

Hay algo que es cierto: en las familias, en la calle y en los bufetes de los abogados no se habla hoy de otra cosa en Brasil. Hace ya un tiempo, el exministro de Economía Delfim Neto tuvo que pedir públicamente perdón, por haber afirmado que dentro de poco, en Brasil las domésticas de hogar serían “un animal en extinción”.

No lo van a ser. Serán trabajadoras, la mayoría de color y sin estudios, con todos los derechos laborales y ya nadie podrá tratarlas como antaño a las esclavas, ni los restaurantes de lujo obligarán a estas mujeres que acompañan a veces a sus patronos con los niños, a tener que ir uniformadas “para no confundirlas con la familia”, como se suele alegar. La nueva norma, con todas sus críticas y posibles complicaciones jurídicas, es una de las mayores conquistas sociales de este país en muchos años.

 

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