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El maratón de Boston, territorio de libertad y desafío

Es la carrera urbana más antigua del mundo

Fue escenario del desafío a las leyes que prohibían a las mujeres correr más de 3.000 metros

El director del maratón intenta expulsar de la prueba a Katherine Switzer, a quien defiende su novio, durante la celebración de la carrera en 1967.
El director del maratón intenta expulsar de la prueba a Katherine Switzer, a quien defiende su novio, durante la celebración de la carrera en 1967. AP

No es nada complicado, todo lo contrario, cargar de significados sentimentales cualquier tradición, cualquier costumbre de años, sacudida repentinamente por una bomba, rota para siempre. Es, sobre todo, una forma conveniente y, a veces, artificial de subrayar la vileza, la brutalidad y el dolor, pero en el caso del maratón de Boston lo realmente complicado habría sido no encontrarlos.

Hasta 1972 se vetó la participación femenina por razones fisiológicas

Se puede expresar con grandilocuencia, como hizo Amby Burfoot, el ganador hace 45 años y perenne participante a quien las explosiones encontraron cuando se hallaba a 800 metros de la meta y dijo: “Para mí, el maratón no es otra cosa que el hecho de que Estados Unidos es un país de libertad y democracia… Forma parte de nuestra gran tradición democrática”. O se puede decir más sencillamente, con menos sentido patriótico o altisonante, pero el mensaje es el mismo, el maratón como territorio de libertad y orgullo. Y el valor del símbolo se multiplica incluso si en vez de maratón a secas se trata del de Boston, el padre de todos los maratones, el más antiguo del mundo. Se celebra ininterrumpidamente desde 1897 y siempre en el Día del Patriota, el tercer lunes de abril, y siempre con el mismo recorrido de 42,195 kilómetros lineales desde Hopkinton hasta Boylston Street en su confluencia con Copley Square.

Switzer, en una gala deportiva en Nueva York en 2011.
Switzer, en una gala deportiva en Nueva York en 2011. Getty Images

Mucho más serio y formal que otros grandes maratones populares de multitudinaria participación como los de Nueva York, en noviembre, cuya última edición no pudo celebrarse por culpa de la tormenta Sandy, o Londres, el próximo domingo, el maratón de Boston, nacido al año siguiente de la invención de la carrera en los Juegos de Atenas, ha debido fijar marcas mínimas para manejar la ingente cola de solicitudes —hay listas de espera de años— y no sobrepasar una cifra máxima de 30.000 participantes.

El maratón es también desafío y reto, y si se habla de Boston, más aún. “El maratón simboliza la superación y la aceptación de desafíos. Esto [por las bombas] no va a frenar a nadie, al contrario, motivará a la gente para perseverar y mostrar que son mejores que eso”, dijo Shalane Flanagan, que es mujer y maratoniana, la mejor de Estados Unidos en estos momentos, poco después de terminar la carrera. Y cuando lo dice, cuando habla de superación, no habla solo de mera superación atlética, de la eterna lucha de la voluntad contra los límites que quiere fijar el organismo con esfuerzo y sacrificio, sino también de la propia lucha de la mujer para conseguir la igualdad. Hablando de Boston no podía ser de otra manera, pues fue en las calles de la tradicionalista y tan católica (irlandesa) capital de Nueva Inglaterra, donde la mujer demostró por primera vez la ridiculez de las teorías fisiológico-masculinas del momento. Estas establecían que el organismo femenino no era capaz de correr en competición más allá de milla y media, un tope de 3.000 metros.

Para disputar la prueba hay esperas de años; el límite son 30.000 atletas

La ruptura, el fin de la discriminación, llegó, inevitable, en los años sesenta, cuando los estudiantes universitarios llevaban flores en el pelo, fumaban marihuana tumbados en la hierba, protestaban contra la guerra de Vietnam y contra todas las leyes opresivas en general, y las mujeres contra todos los límites. Y también algunas por su derecho a correr como los hombres, entre los hombres, como Roberta Bobbi Gibb, quien en 1966 se puso unas bermudas y una sudadera con capucha de su hermano, se escondió en unos arbustos en la salida y sin que nadie se diera cuenta se mezcló con la masa de participantes (entonces unos centenares, todos hombres), una atleta clandestina que terminó la prueba en poco más de tres horas y entre los vítores de todos los jóvenes atletas maravillados. Meses antes, los organizadores de la carrera, un ente tradicional y tradicionalista, casi de aires aristocráticos, había rechazado su solicitud de inscripción señalándole que las mujeres no eran fisiológicamente capaces de correr esa distancia (se lo decían a ella, que durante dos años hizo entrenamientos de 40 kilómetros diarios) y que la federación de atletismo les prohibía intentarlo.

Al año siguiente, en vez de una mujer participaron y terminaron dos mujeres el maratón de Boston. Bobbi Gibb volvió a hacerlo clandestina, sin dorsal, pero Katherine Switzer intentó otra estrategia. En su solicitud de inscripción no especificó ni su sexo ni su nombre, solo sus iniciales K. V. Switzer. Le asignaron el dorsal 261 y orgullosa empezó a correr rodeada de un grupo de amigos. Cuando Jock Semple, el director de la carrera, la vio desde el autobús en el que supervisaba la prueba, se bajó e intentó echarla a empujones ante el delirio de los fotógrafos de prensa y la furia del novio de Switzer, quien con fuerza se lanzó contra Semple y lo tiró al suelo. Su chica terminó. “Aquel día cambió mi vida”, dijo Switzer, activista feminista desde entonces, “y también la del maratón”. Cinco años después, en 1972, Boston admitió su derrota y oficialmente a las mujeres. Y en 1984 el maratón femenino entró a formar parte de los Juegos Olímpicos.