Europa observa con preocupación la deriva política en Roma

La debilidad italiana dificulta la creación de un contrapeso del sur a Berlín

Seguidores de Grillo protestan contra Napolitano: “El desastre está servido”, dicen los carteles. / ALBERTO PIZZOLI (AFP)

El vencedor de unas elecciones, incapaz de imponer dos veces seguidas a su candidato a jefe de Estado. El presidente de una República, obligado a repetir, a los 87 años, un mandato que concluirá en 2020. O el líder de la tercera fuerza más votada que marcha sobre la capital clamando contra un supuesto golpe de Estado. Estas son algunas de las imágenes que ningún líder europeo querría presenciar y que acaban de ocurrir en la tercera potencia de la Eurozona. Bruselas —y los mercados— respiraron ayer aliviados porque Italia por fin ha logrado nombrar un presidente, Giorgio Napolitano. Pero observa con creciente preocupación un sistema político que parece haberse averiado definitivamente.

Los vaivenes políticos ya no influyen en los mercados de deuda como al principio de la crisis. Han pasado los días en los que un concepto tan técnico como la prima de riesgo tenía a todo un país en vilo. De hecho, la Bolsa de Milán y la deuda italiana recibieron ayer con alegría el nombramiento de Napolitano. Pero muchos dudan de que las buenas noticias hayan llegado para quedarse. “La gran debilidad de Italia viene por el flanco político, por su incapacidad para poner en marcha reformas. Y si estos problemas no se solucionan, terminarán por repercutir en los mercados”, sostiene un funcionario de la Comisión Europea.

Bruselas, Berlín y el resto de capitales esperan que el anciano presidente sea capaz de impulsar algo que hasta ahora —casi dos meses después de las elecciones— se ha revelado imposible: elegir un primer ministro que ponga en marcha las reformas que necesita Italia. La más urgente es un cambio en la ley electoral, pero hay muchas otras. “El Gobierno anterior ya hizo mucho, quizás demasiado, para ajustar las cuentas. Pero hace falta mejorar la competitividad en distintos sectores, la educación, sobre todo en el sur del país...”, sostiene Guntram Wolff, del think-tank belga Bruegel. Un ejemplo de hasta qué punto es necesario un Gobierno para sanear la economía es el plan de rescate diseñado por el Banco Central Europeo para los países con problemas en su prima de riesgo. Activar el programa requiere la solicitud expresa del país; por lo que una Italia sin primer ministro no podría beneficiarse de esta ayuda.

Los datos hechos públicos ayer por Eurostat no ayudan a la tranquilidad. Pese a que el déficit público parece más o menos controlado —el año pasado se quedó en el 3% del PIB, un nivel bajo en comparación con otros socios del euro—, la deuda pública se disparó al 127%. “Italia lleva ya mucho tiempo en un lento pero continuado proceso de deterioro. Si hace 10 o 15 años la calidad de sus instituciones y su grado de corrupción estaban en niveles aceptables, ahora ha caído hasta estar codo a codo con Grecia”, sostiene Daniel Gros, director del Centro de Estudio de Políticas Europeas.

Pero la parálisis que corroe las estructuras de poder romanas no daña solo a Italia. En un momento en el que las tesis proausteridad amadrinadas por la canciller alemana, Angela Merkel, pierden fuerza, los países del sur podrían hacer frente común para apoyar una política decidida de apoyo al crecimiento y al empleo. Pero los dos países que más podrían tirar de este carro se han quedado sin fuerzas. Italia carece de Gobierno y el presidente francés, François Hollande, ya tiene bastantes problemas con escándalos como el de las cuentas millonarias en Suiza de su exministro de Hacienda, Jérôme Cahuzac, y su acelerada pérdida de popularidad.

El nombramiento de Napolitano abre las puertas a un pacto izquierda-derecha para elegir un Gobierno de coalición que nadie sabe cuánto puede durar. La paradoja de este enredo es que emerge de nuevo con influencia el hombre al que tantas veces se ha dado por muerto, el ex primer ministro Silvio Berlusconi. Una situación que contribuye a erizar los vellos en Bruselas. “Al final parece que es el único que sale ganando de todo esto. No es un gran consuelo”, dicen fuentes europeas.

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