El nuevo rostro de la ‘yihad’

Después del terrorismo de Estado y de las organizaciones terroristas surgen los "lobos solitarios".

Los jóvenes que se autoradicalizan son muy difíciles de detectar por los servicios de seguridad.

Tamerlán Tsarnaev recoge el trofeo que lo acredita como vencedor de un torneo de boxeo en Massachusetts, en 2010. / julia malakie (REUTERS)

Tamerlan Tsarnaev, de 26 años, el principal protagonista de los atentados de Boston, que causaron tres muertos y 264 heridos, pertenecía a una familia musulmana originaria de Chechenia. En 2002 emigró a Estados Unidos, pero diez años después pasó seis meses en el norte del Caucaso, una región musulmana. Allí se sospecha que empezó a radicalizarse. A su regreso a Massachusetts su fe integrista siguió creciendo, a través de Internet. Fue abatido el 19 de abril.

Mohamed Merah, de 23 años, que asesinó a siete personas –incluidos tres niños judíos- en el sur de Francia, era francés pero nacido en una familia argelina. Meses antes de disparar a bocajarro en la puerta de un colegio judío de Toulouse viajó a varios países musulmanes incluidos Irak, Afganistán y Pakistán en busca de “hermanos”. También allí se impregnó de ideología radical. Fue abatido el 22 de marzo del año pasado.

Tamerlan y Mohamed son ejemplos de una integración fracasada en sus países de acogida. “Si gano muchas peleas podría ser nacionalizado estadunidense y competir para EE UU antes que para Rusia”, declaró Tamerlan a un periodista en Boston, pero no consiguió ese preciado pasaporte. Siguió siendo un ruso residente en EE UU. Mohamed era francés, pero no logro ingresar en el Ejército de Tierra ni más tarde en la Legión Extranjera. “El desarraigo hace que estos jóvenes estén más fácilmente tentados por los discursos radicales”, escribe Bayram Balci, del think-tank Carnegie.

Sus viajes, su inadaptación, llevaron a Tamerlan y Mohamed a buscar causas político-religiosas con las que solidarizarse. “Mi objetivo con estos atentados era matar ante todo a militares porque están involucrados en Afganistán”, confesó el franco-argelino a la policía poco antes de que diese el asalto al piso donde se había refugiado. En la cama del hospital de Boston donde respondió a las primeras preguntas, Dzhokhar, de 19 años, el hermano pequeño de Tamerlan, describió las explosiones en la meta de la maratón como una réplica a las guerras de EE UU en Irak y Afganistán.

Los lazos familiares juegan un papel en el nuevo terrorismo. Dzhokhar tenía un hermano que le adoctrinó y le arrastró por la senda de la violencia pese a que fumaba marihuana y le gustaba bailar el rap como muestra un vídeo. Mohamed también contó con el primogénito de su familia, Abdelkader, de 30 años, para enseñarle el salafismo yihadista con el que redimirse por su pasado de adolescente delincuencial. Abdelkader está en prisión preventiva imputado como cómplice de los asesinatos que perpetró su hermano pequeño.

Hay otros muchos casos recientes, pero los hermanos Tsarnaev en EEUU y los Merah en Francia, con todas las similitudes de sus trayectorias, son el mejor ejemplo del nuevo terrorismo, de los que se “autoradicalizan”, una expresión cuya paternidad se atribuye al ex juez antiterrorista francés Jean-Louis Bruguière que dirigió la investigación sobre los Merah. Simplificando un poco se convierten en extremistas a solas, delante de un ordenador, navegando por webs yihadistas en las que aprenden como fabricar una bomba casera. De ahí que se les describa como “lobos solitarios”.

Además de su itinerario los Tsarnaev y los Merah tienen otro punto en común. Su viaje al extremismo es casi imposible de detectar. Prueba de ello es que el FBI interrogó, en 2011, al mayor de los Tsarnev a petición de “un Gobierno extranjero”, es decir de Rusia, que le consideraba “adepto de un Islam radical”. La policía federal no encontró rastro de actividad terrorista y dejó de vigilarle.

Mohamed Merah estaba fichado como malhechor desde 2006 y cinco años después, tras su periplo por Asia Central, fue también interrogado por la Dirección Central de la Investigación Interior francesa (DCRI) que, tras escucharle, dejó de seguirle la pista. Faltaban solo tres meses para que pasase al ataque.

Ahora el FBI y, en su día, la DCRI han sido criticados por esos fallos. Philip Mudd, ex responsable del antiterrorismo en la CIA y después en el FBI, justificaba, el miércoles, la actuación policial en una conferencia en la Brookings Institution. “Son demasiado numerosos para vigilarlos a todos”, recalcaba. “(…) desde un punto de vista práctico no se puede investigar a todos los extremistas en este país”.

Son numerosos los extremistas, pero no muchos dan el paso que les convierte en terroristas ni siquiera en los dos países occidentales señalados como los principales blancos por las proclamas integristas que circulan por la red: EE UU, el “agresor” de Irak y Agfanistán, y Francia, que a ojos de muchos radicales sigue siendo la “impía potencia colonial” de buena parte de África empezando por Malí.

Desde los atentados que destruyeron, en 2001, las Torres Gemelas y parte del Pentágono, la mayor matanza fue perpetrada en EE UU por Nidal Malik Hasan, un médico militar de origen jordano, que abatió en 2009 a 13 personas en la base texana de Fort Hood. Pero, afortunadamente, muchos de estos “lobos solitarios” fracasan porque carecen de preparación y de pericia como el nigeriano Umar Faruk Abdulmutallab que intentó volar, en 2009, un avión de la Northest Airlines que enlazaba Amsterdam con Detroit.

Aunque hicieron mucho daño y lograron un gran impacto mediático, los hermanos Tsarnaev resultaron ser unos aficionados. No se disfrazaron, por ejemplo, para disimular su rostro ante las cámaras de seguridad, caminaron juntos con sus mochilas, no tenían prevista su huida, ni dinero para sobrevivir unos días y por eso atracaron a un chino obligándole a sacar 800 dólares del cajero automático. Brian Michael Jenkins, investigador de la Rand Corporation en California, ha recopilado 104 intentos terroristas en EE UU desde el 11-S, hace casi 12 años, de los que casi ninguno ha prosperado.

A los “lobos solitarios” las guerras del norte de Malí y, sobre todo, la de Siria, les brindan una alternativa a recurrir a la violencia allí donde residen. “Cientos” de jóvenes residentes en la Unión Europea han viajado a Siria, según declaró, el jueves, Gilles de Kerchove, coordinador de la UE para para la lucha antiterrorista. Un organismo dependiente del King’s College de Londres calculó que podían ser hasta 600 los que se habían marchado a Siria, en su mayoría del Reino Unido, Benelux y Francia.

“Si no les matan allí representarán una amenaza seria para nuestra seguridad cuando regresen”, advertía De Kerchove. Habrán adquirido experiencia y pueden hasta querer ponerla en práctica. Aun así serán mucho menos peligrosos que lo que fueron, en su apogeo, Al Qaeda o los salafistas argelinos. Estos eran, a su vez, menos temibles que los movimientos terroristas que, en los años setenta y ochenta, estuvieron respaldados por Estados como Siria, Irak, Libia etcétera. Aunque subsiste, la amenaza terrorista decrece.

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