REPORTAJE

La ciudad del motor se gripa

Detroit fue un próspero foco de industria y cultura. Años de decadencia la han convertido en la primera gran urbe de EE UU que quiebra. Así es la vida en las calles donde nadie quiere vivir

La abandonada fábrica de Packard en Detroit en 2010. / Carlos Osorio (AP)

En los años cincuenta, Detroit, conocida como Ciudad del Motor, llegó a contar con dos millones de habitantes. En la actualidad, el censo lo componen poco más de 700.000 personas, cifra a la que se ha llegado desde el lento declive iniciado en 1967 tras unos disturbios raciales que se encuentran entre los más violentos de la historia de Estados Unidos. En la última década, el deterioro se ha acelerado de forma brutal: el paro se sitúa en el 18% (más del doble de la media nacional); cerca de 80.000 edificios están abandonados o seriamente dañados; más de la mitad de los parques han cerrado desde 2008, y el 40% del alumbrado eléctrico, sencillamente, brilla por su ausencia.

Detroit es la mayor urbe de la historia de EE UU que suspende pagos, y lo hace ahogada por una deuda estimada en 20.000 millones de dólares. El paulatino deterioro de la ciudad y el fracaso de todos los intentos de reactivarla han llevado a esta situación. La despoblación de la ciudad, especialmente de las clases media y alta, ha reducido muy significativamente los ingresos por impuestos —solo el 53% de los propietarios de viviendas pagan sus tributos—. En Detroit, más de un tercio de las personas viven bajo el umbral de pobreza.

Esta situación ha desencadenado un altísimo nivel de delincuencia. Expertos en seguridad sostienen que es la ciudad más peligrosa de Estados Unidos. La policía tarda 58 minutos en responder a una llamada, frente a los 11 de media nacional. Algo parecido sucede con los servicios médicos. Solo un tercio de las ambulancias municipales funcionan. Las basuras se acumulan en las calles: el Ayuntamiento no tiene dinero para reparar los camiones de la basura.

El paro duplica la media nacional, la mitad de los parques ha cerrado y la población es tres veces menor que en los cincuenta

Hubo un tiempo en el que en Detroit todo era lujo y grandeza. Ahora nadie quiere vivir aquí. La gente acude a trabajar, pero su hogar no es este. Los rascacielos de los gigantes del automóvil, como General Motors o Chrysler, siguen dominando sus extensas avenidas. En algunos de ellos, situados junto al río, se han hecho intentos de rehabilitación. Se construyeron grandes centros comerciales y cines, pero con escaso éxito. La gente va en coche a su trabajo y, cuando termina, escapa de la ciudad. No gasta un minuto de su ocio aquí. Tampoco han triunfado los intentos municipales por captar nuevos habitantes.

Hasta el Instituto de Artes de la ciudad (DIA, por sus siglas en inglés), que rivaliza con el Metropolitano, el Guggenheim o el MOMA de Nueva York, ha visto como Kevin Orr, el encargado de gestionar la quiebra de la ciudad, ha pedido una auditoría de todas sus obras. “Las obras recolectadas durante estos años son el resultado del esfuerzo y dinero de grandes coleccionistas y filántropos que querían devolver a la comunidad, por medio del arte, todo ese trabajo y esfuerzo que hizo de Detroit una gran ciudad”, asegura Salvador Salort-Pons, doctor en Historia del Arte y jefe del departamento de arte europeo del DIA, junto al mural que Diego Rivera realizó para Henry Ford y que narra el trabajo cotidiano en una planta de coches. “El museo adquirió el autorretrato de Van Gogh en 1922 y, como esta, contamos con miles de obras de gran relevancia. La colección pertenece a los ciudadanos y es algo que se debe conservar porque cuenta la historia, nuestra historia”.

En la oficina del alcalde los nervios son evidentes. “Dave Bing está muy ocupado, lo que dicen los periódicos es verdad, estamos arruinados”, explica a EL PAÍS el portavoz del Ayuntamiento, Anthony Neely. La corrupción política también ha contribuido al desastre. El pasado 11 de marzo, el exalcalde Kwame Kilpatrick fue condenado por corrupción. Un jurado le declaró culpable de una serie de delitos; entre ellos, asociación ilícita. Durante el juicio, que duró cinco meses, Kilpatrick fue presentado como un político sin escrúpulos que recibió sobornos y amañó contratos mientras estuvo en el cargo hasta 2008. La fiscalía dijo que Kilpatrick operaba una “maquinaria privada de hacer dinero” desde la alcaldía de Detroit.

Línea de montaje final de una planta de Plymouth en Detroit. / Chrysler (AP)

Esta semana se ha celebrado la primera audiencia sobre la bancarrota. La jueza Rosemary Aquilina tenía, entre otras cosas, que determinar si la solicitud de quiebra era constitucional. Finalmente recomendó al gobernador de Michigan, Rick Snyder, que “reconsiderase sus acciones” porque este ya había autorizado la bancarrota. Tras la decisión de la magistrada, el fiscal general de Michigan, Bill Schuette, presentó una apelación y solicitó que el proceso se acelerase.

“La declaración de bancarrota realmente no ha cogido por sorpresa a los habitantes de Detroit”, explica Steve Palackdharry, de Southwest Solutions, organización que trabaja para mejorar el bienestar y salud en la ciudad. “Entiendo el alcance mediático que está teniendo esta situación de bancarrota, el problema ahora es quién va a conseguir equilibrar la balanza para que salgamos del agujero. Lo importante no es solo desarrollar determinadas zonas, como Downtown, sino hacer de los barrios más perjudicados sitios más seguros y saludables”.

Steve Stanek, investigador del Instituto Heartland y editor de la revista Finance, Insurance & Real Estate News, habla de las consecuencias: “No creo que la quiebra de Detroit vaya a tener un gran impacto económico a nivel nacional, pero lo tendrá a nivel local, y será bueno si los juzgados acaban con los contratos fastuosos que los funcionarios de Detroit han estado recibiendo. Los sindicatos del Gobierno han sido los dueños de la ciudad durante muchos años, lo que obligó a la gente más pobre a pagar altos impuestos. La bancarrota da a la ciudad una oportunidad de volver a empezar”.

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