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Gloria a los baloncestistas hambrientos

Un proyecto deportivo de niños indígenas enamora a México. Detrás del cuento de hadas hay una historia interna de marginación y de caciquismo rural

Arturo de Jesús Ramírez (de amarillo) en una cancha de Río Venado. Ver fotogalería
Arturo de Jesús Ramírez (de amarillo) en una cancha de Río Venado.

En julio, Kevin Rufino Martínez Crescencio fue a Estados Unidos con su equipo a jugar un torneo de baloncesto. Era la primera vez que él y sus compañeros, todos ellos indígenas triquis de las montañas mexicanas de Oaxaca, iban en avión. Martínez Crescencio tiene nueve años y mide poco más de un metro treinta. Su mejor cualidad es el lanzamiento a canasta. También bota el balón con destreza, lo mueve de una mano a otra como un péndulo. Sentado en el asiento de atrás de la furgoneta de su padre, de camino de la capital de Oaxaca hacia la Sierra Mixteca, el último viernes de octubre Kevin Rufino Martínez Crescencio contaba cómo fue aquel viaje a Orlando. Apenas sabe español. Le da vergüenza hablarlo. La voz le sale bajita y escondida.

“Cuando llegamos al aeropuerto nos llevaron a comer. Y Comimos”. –¿Qué comisteis?–. “Hamburguesas”, musita, y se te queda mirando sin decir nada más. Es moreno, lleva la cabeza rapada y tiene una boca grande con unos dientes infantiles empotrados en unas encías rosadas que parece que se los quieren comer. Como ve que quieres que siga contando cosas del viaje a Orlando, las sigue contando. “Cuando ya comimos fuimos a jugar y el primer juego nos ganaron por un punto. Después fuimos a Disney. Y después fuimos a dormir en un hotel”. En tres frases en una lengua ajena expresa como puede un viaje de nueve días.

–¿Qué visteis en Disney?

–Mickey Mouse. Después subimos al juego.

–¿Qué juego?

–Un elevador. Y después fuimos a comer.

–¿Qué comisteis?

–Pizza.

–¿Y cómo es Mickey Mouse?

–Como un muñeco.

Quirino Bautista y Kevin Rufino Martínez, baloncestistas triquis. ampliar foto
Quirino Bautista y Kevin Rufino Martínez, baloncestistas triquis.

–¿Qué cosas hacía?

–Bailaba.

–¿Cómo bailaba?

–Como una princesa.

Después de afeminar al ratón más célebre de todos los tiempos, Kevin Rufino termina su relato. “Y regresamos en avión”.

–¿Qué te pareció el avión?

Le da la risa. “Me hizo cosquilla”.

–¿Qué notaste?

–¿Mande? –Se pone serio. No entiende la pregunta.

–¿Cómo te hizo cosquillas?

Piensa un momento y responde.

–Como cuando alguien nos hacen cosquilla.

En la radio de la furgoneta se oye a una locutora de un informativo de tarde.

Los niños triquis han ido a Los Pinos. Habla de la residencia del presidente. Hacía una hora que Enrique Peña Nieto había recibido en México DF a un grupo de niños triquis que ganaron a mediados de octubre un modesto torneo internacional en Argentina, y lo hicieron jugando descalzos, como se han acostumbrado a vivir y a jugar en la sierra. La cantera triqui ya había ganado una veintena de campeonatos nacionales, pero este triunfo es el que los ha consagrado. Los medios hablaron tanto de ello que se acabó convirtiendo en un fenómeno digno de atención presidencial. El martes siguiente los muchachos se iban a República Dominicana para jugar la Copa Caribe para menores de 12 años en representación de México. El presidente –continuó la locutora– tomó una silla, se sentó con ellos y les dijo que deben jugar con soltura, sin la presión de jugar en nombre de un país. Mientras daban la noticia, Kevin Rufino Martínez Crescencio concentraba su atención de forma exclusiva en comerse el meñique derecho. A su izquierda iban dormidos otros dos baloncestistas: Arturo de Jesús Ramírez, un niño enclenque de ocho años que nunca ha visto el mar, y Roberto Merino de Jesús, un muchacho atlético de 12 que no pudo ir a Orlando ni a Argentina porque aún no le han conseguido hacer el pasaporte. Necesitan que su padre firme un documento, pero hace tres años que se fue a California a recoger frambuesas.

Roberto, Arturo y Kevin Rufino viajaban hacia la sierra indiferentes al momento mediático triqui. El padre de Kevin Rufino había puesto un cedé de corridos y conducía en silencio mientras sonaba la música. Bendito tu abandono / porque al final de todo / vas a llorar por mí / Maldita sea mi suerte porque te conocí / malditos sean los besos que tú me diste a mí.

A la recepción oficial también se invitó a Las Bayonetas de Puebla, un equipo de niñas de otra región mexicana que ganó el torneo femenino en Argentina. Con todo, el orgullo patriótico se concentraba en los niños de los pies descalzos. Dos días antes la Cámara de Diputados había acordado proponerlos como candidatos para el Premio Nacional del Deporte. Su logro entrañable colocó de repente el nombre de la etnia triqui en el centro del poder de la República, algo inaudito para esta comunidad indígena –alrededor de 30.000 personas entre las que están en la sierra y las que se han ido a Estados Unidos–. Su relación con las autoridades se limita al Estado de Oaxaca y a los municipios de las montañas que habitan desde hace siglos. Y no es una relación sencilla. Sin ir más lejos, la semana anterior, al mismo tiempo que por todo México se loaba la gesta de los niños, un contingente de triquis marchó hacia Oaxaca capital e hizo un plantón de dos días en la plaza principal de la ciudad para exigir resultados en la investigación de la muerte de Heriberto Pazos, fundador del MULT (Movimiento de Unificación y Lucha Triqui), asesinado a tiros en 2010 con pistolas provistas de silenciadores.

Una canasta de baloncesto en un terreno baldío de Río Venado.
Una canasta de baloncesto en un terreno baldío de Río Venado.

Desde hace tres décadas en la región triqui existe una lucha local por el poder. Aparte del MULT hay otro grupo indigenista que se distingue de este por una sola sigla, el Multi, Movimiento de Unificación y Lucha Triqui Independiente, una escisión del primero. Al MULT y al Multi hay que añadir a la Unión de Bienestar Social de la Región Triqui (Ubisort). Estos tres bandos componen con los partidos políticos tradicionales un nudo de pugnas con origen en el caciquismo rural y en la marginación indígena que se dirimen en un terreno medio entre lo político y lo fratricida.

El domingo, dos días después de que Peña Nieto recibiese a los campeones triquis en Los Pinos, este periódico entrevistó en la sierra al sucesor de Pazos al frente del MULT, Rufino Merino. Estaba en una asamblea de su grupo que se celebró bajó un amplio cobertizo de hormigón en medio del campo. Formando un círculo en sillas de plástico había una veintena de hombres adultos, unas pocas mujeres –tres de ellas vestidas de huipil, la túnica roja tradicional de las triquis; otras con ropa actual–, algunos niños, uno echado en el suelo durmiendo la siesta, y cuatro jóvenes de pie haciendo de guardaespaldas. En medio de la plácida tarde dominical de la sierra, uno de ellos cargaba al hombro un fusil de asalto. Rufino Merino, vestido de jeans y de camisa azul, con unos zapatos negros austeros pero lustrosos, el celular guardado en una funda en el cinturón, bigote perfilado, dio su versión del micro-conflicto triqui. Dijo que en la región se necesitan infraestructuras, educación, salud –“Es raquítico lo que nos dan”–, habló con cierta presunción de los brotes de violencia –“Aquí cuando hay broncas nos matamos cien al año, y eso es decir poco”– y culpó a los partidos políticos de alentar la riña para controlar las administraciones locales –“Si ven que no pueden ganar, nos echan a pelear; invierten lana para que nos dividamos y nos matemos”–. El movimiento que lidera Merino tiene un partido político, Unidad Popular, que gobierna municipios y cuenta con un diputado estatal. Entre los grupos indigenistas de la zona, el MULT prevalece, y su fuerza también está detrás del proyecto deportivo de los niños.

Hace tres años que un exjugador de baloncesto llamado Sergio Zúñiga llegó a la región para impulsar su Asociación de Basquetbol Indígena de México. Aprovechó que el baloncesto era el deporte favorito de los nativos. Aunque nadie sabe bien cómo llegó a la zona triqui –unos dicen que lo trajeron los primeros profesores de escuela que llegaron a la comarca, otros que fueron misioneros americanos–, los mayores del lugar recuerdan que cuando eran pequeños en las fiestas siempre se hacían torneos de baloncesto. El premio era un chivo.

Zúñiga consiguió el respaldo del MULT y organizó una red de entrenamiento que ahora cuenta con más de 2.000 niños triquis en sus filas. El entrenador mestizo y los líderes locales concibieron el sistema como una palanca para intentar sacar a los niños de la pobreza y de la ignorancia. El problema más acuciante al que se enfrentan es la desnutrición. La dieta diaria de un niño triqui se reduce básicamente a frijoles y a unas tortillas de maíz con salsa de chile, o solamente con unos granos de sal. La estatura media de los adultos está por debajo del metro sesenta. La meta del proyecto no es llevar a los muchachos a las grandes ligas del baloncesto sino sacar a los que se pueda de las grandes ligas de la miseria. Recientemente han conseguido que el Gobierno estatal les financie un albergue en Oaxaca capital para diez niñas y diez niños, entre ellos Kevin Rufino, Roberto y Arturo. Pero la sede central del proyecto está en Río Venado, un pueblo de la sierra con 400 habitantes y cinco canchas de baloncesto. Una de ellas hace la función de plaza central. Mientras los niños juegan en ella a toda velocidad, se puede ver cruzar la cancha con calma a una anciana o a una gallina.

Enfrente de la pista de baloncesto está la oficina del agente municipal, un sheriff indígena autorizado por el gobierno del municipio de Constancia del Rosario, que está en manos de un dirigente del partido del MULT. Durante la visita del reportero un grupo de hombres se reunió en el porche de la oficina y alguno de ellos intercambió unas palabras con él en un español rudimentario. Incluso los triquis que lo hablan tienen problemas para comprenderlo. Por ejemplo, si les preguntas si conocen a alguien famoso –Michael Jordan, fue el caso–, por conocer entienden haber estado con esa persona, o casi ser su amigo, y te dicen que no, que solo lo han visto por televisión.

La hermana pequeña de Roberto Merino, en el porche de su casa, donde cocinan.
La hermana pequeña de Roberto Merino, en el porche de su casa, donde cocinan.

En el mismo porche de esta oficina se aplican los castigos en público que determinan los líderes naturales del pueblo y el agente municipal. De acuerdo con lo permitido por la Constitución mexicana para los pueblos indígenas, Río Venado, como otros lugares de la zona triqui, se rige por usos y costumbres, no por lo que ellos llaman “ley mestiza”, a excepción de distintos delitos que deben ser instruidos por la Justicia formal. Las faltas que caen del lado de la norma indígena en ocasiones se castigan a varazos o dejando al culpable amarrado con una cuerda hasta que pida perdón y se comprometa a portarse bien. Uno de los líderes reunidos explicó que uno de los motivos para esta clase de sanción es que un hombre maltrate a su mujer. El ejemplo resulta llamativo en una comunidad en la que continua la tradición de comprar a las mujeres adolescentes a cambio de una dote y en la que es usual la poligamia. El propio presidente municipal tiene ocho esposas.

A Río Venado se llega por un camino de montaña tortuoso. Para ir allí en coche desde Oaxaca capital, un trayecto de menos de 300 kilómetros, se necesitan seis horas. El estado que presentaba la carretera el fin de semana pasado muestra el abandono de la zona. A mediados de septiembre hubo un huracán y dada la falta de inversión en ingeniería se hundieron tramos de carretera y hubo decenas de corrimientos de tierra sobre la pista. Más de un mes después aún quedaba un enorme agujero en un punto y a cada rato la carretera se estrechaba a menos de un carril por culpa de acumulaciones de lodo que no habían sido retiradas. El último tramo para llegar al pueblo es una pista de tierra que se está empezando a asfaltar. En el pueblo, las calles también son de tierra, una tierra roja que con el agua se pone como masilla. Cada vez proliferan más las viviendas de bloque, pero la mayor parte de las casas están hechas de ladrillos de adobe. Los interiores son oscuros, como si fuera siempre de noche, y huelen al humo de las fogatas de madera de encino en las que cocinan las mujeres.

La casa de la familia de Arturo de Jesús Ramírez tiene el suelo de tierra. La de Roberto Merino de Jesús ya lo tiene de cemento; su desventaja es que no está en el pueblo, sino un kilómetro montaña arriba, sola, engullida por una selva verde en la que abundan dos pilares de la economía de auto-subsistencia local: los plataneros y los árboles del café.

Los entrenadores consideran que Roberto Merino de Jesús es uno de los mayores talentos de la cantera triqui. En su casa viven dos hermanos menores que él con su madre, una señora de más de sesenta años que no habla español. Su padre y otros cuatro hermanos han emigrado. La habitación donde duermen la señora y los niños se compone de un catre con un colchón, una bombilla suspendida de un cable que da algo de luz en medio de la oscuridad cavernosa del hogar y una mesilla sobre la que descansan un televisor averiado, una taza llena de verdura cocida y una copa de latón que le dieron a Roberto por ser el mejor jugador de un campeonato. Él es de los pocos triquis que se ha puesto a jugar con tenis de baloncesto. Dice que una señora se los regaló hace dos meses y que le ordenó que se los pusiera siempre que jugase. Las zapatillas Nike no le incomodan, y acata la orden de la señora, pero Roberto Merino de Jesús preferiría jugar descalzo.

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