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La guerra vista por los que la vivieron

Cinco centenarios nos hablan un siglo después de la guerra y de sus vidas a caballo entre dos siglos. Nos prestan sus recuerdos, un extraordinario y valioso eslabón con el pasado

Dorothy Ellis junto a una foto de su marido, que combatió durante la I Guerra Mundial. Ampliar foto
Dorothy Ellis junto a una foto de su marido, que combatió durante la I Guerra Mundial.

Dorothy Ellis, Reino Unido.

"Se suponía que iba a ser la guerra que acabara con todas las guerras pero no lo fue”

Durante su noviazgo no surgió el tema de la Primera Guerra Mundial. Fue después de casarse cuando advirtió una cicatriz del tamaño de una moneda en la parte inferior de la pierna de su marido, Wilfred.

“Al principio no hablamos de la guerra”, dice. “Teníamos muchas otras cosas de las que hablar. Y, como a muchos otros hombres de la época, no le gustaba hablar de lo que había vivido. Pero cuando vi la herida le pregunté. Me dijo: ‘Es un agujero de bala’, y entonces empezó a contarme cosas poco a poco”.

Dorothy, de 92 años, es la última viuda superviviente de un soldado británico de la Primera Guerra Mundial. No nació hasta tres años después de la guerra y no se casó con Wilfred hasta 1942. Pero sus recuerdos de él, las conversaciones que mantenía y las escasas reliquias que conserva de cuando él era un adolescente que luchaba en el horror embarrado del Frente Occidental ofrecen un extraordinario, frágil y valioso eslabón con la Gran Guerra.

“Cuando vi la cicatriz me contó cómo le dispararon en el tobillo y casi no podía andar”, recuerda Dorothy. “Se apoyó en el hombro de un amigo que le ayudó a atravesar la tierra de nadie. Llegaban balas de todas partes, pero consiguieron esquivarlas y llegar al otro lado. El amigo le dijo: ‘Aquí estamos, no puedo hacer más por ti’. Wilfred contestó: ‘Muchas gracias’”.

Estaban metiendo a los heridos en carromatos. Wilfred preguntó si podían llevarle y se las arregló para subir. “Ocupó la última plaza”, dice Dorothy.

Wilfred tenía 19 años y no le dejaron remolonear en el hospital. “Había tantos muertos que les ordenaban volver al frente incluso aunque todavía no estuvieran bien del todo”.

Dorothy sabe con exactitud la fecha de la herida porque Wilfred la anotó en la primera página de una Biblia diminuta que llevaba, hoy una reliquia delicada y llena de señales de su servicio. Escribió: “Herido en marzo de 1918”. La siguiente anotación es igual de breve: “Gaseado en agosto de 1918”.

“Fue el fosgeno”, explica Dorothy. El ataque con gas se produjo durante la segunda betalla del Somme. “No pudo eludirlo”, dice. “Fue una batalla terrible. Una vez más, uno de sus amigos le ayudó a llegar a una trinchera vacía. Wilfred me contó que se quedó allí, tendido, esperando y rezando para que se detuviera la lucha. Al cabo de un rato, apareció un soldado alemán que entró de un salto, armado con una bayoneta que apuntó al estómago de Wilfred. Este creyó que le había llegado la hora. Pero, por alguna razón, el alemán se fue. Seguramente, me contó mi marido, creyó que era un pobre diablo y que no merecía la pena el esfuerzo. Nuestros soldados se apoderaron de la trinchera y Wilfred se salvó”.

Una de las cosas que más lamentaba Wilfred era que los soldados supieron con retraso que se había terminado la guerra, en noviembre de 1918. “Al principio no se dio cuenta”, dice Dorothy. “Siguieron luchando, la guerra continuó para ellos. Se enteraron al día siguiente, y fue horrible, porque hubo hombres que murieron o resultaron heridos cuando la guerra ya se había terminado”.

La última anotación de Wilfred en la biblia dice: “Regreso a casa diciembre de 1918”, y entonces comenzó el resto de su vida. “Quiso dejarlo atrás y continuar con su vida. No tenía malos sentimientos. Siguió adelante. Era una persona que tenía una fe muy sólida y creo que la oración le ayudó”.

De vuelta en Inglaterra, la familia de Wilfred le ayudó a recobrar la salud. Tenía talento musical y vivió días felices como primer violinista en la orquesta del transatlántico Empress of Britain, convencido de que el aire de mar le ayudaría a recuperarse de los efectos del gas, aunque siempre sufrió brotes de bronquitis. A pesar del disparo en el tobillo, era buen bailarín.

Se mudó de Londres a Devon, donde conoció y se enamoró de Dorothy, pese a tener el doble de años que ella. Se casaron y establecieron una tienda de antigüedades. Uno de sus vecinos era el escritor Michael Morpurgo, que escribió algunos elementos de su libro War Horse inspirándose en las historias de la guerra que le contaban Wilfred y otros habitantes del pueblo.

Durante todo ese tiempo, Dorothy siempre quiso que Wilfred le contara cosas. En una ocasión le preguntó porqué se había alistado antes de cumplir 18 años. “Le pregunté por qué lo había hecho”, dice. “El caso es que era alto, (1,88) y delgado. Parecía mayor, y en esos días, en Inglaterra, las señoras daban una pluma blanca, una señal de cobardía, a los hombres que no iban de uniforme. Wilfred me contestó: ‘Me propuse que ninguna señora tuviera que darme nunca ninguna pluma. Así que me alisté y me fui’”.

Sin embargo, nunca se enfadó por haber ido a la guerra. “Murieron y resultaron heridos muchos de sus amigos, pero él no estaba enfadado”, asegura Dorothy. “Y nunca sintió hostilidad hacia los alemanes. Pensaba que fue una terrible pérdida de vidas en ambos bandos y que nadie salió ganando”.

“Una vez hizo prisioneros a unos alemanes. Y que vio que estaban haciendo lo mismo que nosotros, luchando por su país, igual que los nuestros luchaban por nuestro país. Cuando hay que sufrir, todos son iguales”.

Tras lo que Dorothy llama una “larga y deliciosa historia de amor”, Wilfred murió en 1981, a los 82 años. Su viuda ha regalado a un museo su herramienta de cavar trincheras, pero se ha quedado con la Biblia y con un recordatorio bordado que Wilfred envió a su madre, Lavinia, desde Francia, que dice “Que Dios te acompañe, hasta que nos veamos”, y que contiene una pequeña flor seca, cogida en el campo de batalla.

No quiere separarse de la fotografía de un Wilfred adolescente, seguro y contenido en su uniforme. “Me parece una foto preciosa. Parece amable y decidido. Por supuesto que estoy orgullosa de él, muy orgullosa de él y de lo que hizo. Era una persona maravillosa”.

¿Sus experiencias en el Frente Occidental le dejaron cicatrices mentales, además de físicas? “Siempre decía que perder a los compañeros le hacía pensar a veces que nunca debería haber sido así. A la hora de la verdad, no gana nadie, todos pierden de una forma u otra. Wilfred siempre decía que se suponía que iba a ser la guerra que acabara con todas las guerras pero no lo fue. Las guerras siguen existiendo”. Por Steven Morris (The Guardian)

Emma Morano, Italia.

Con 114 años, la mujer más anciana de Europa conserva aún recuerdos de su recorrido a caballo entre siglos

Emma Morano en su casa de Verbania, al norte de Italia. ampliar foto
Emma Morano en su casa de Verbania, al norte de Italia.

“Augusto y yo soñábamos con tener una vida juntos, éramos jóvenes y estábamos prometidos. Él había nacido en 1899, como yo. Cuando llamaron a los soldados a la guerra, se fue a luchar a las montañas, con los alpinos. Nos dijimos adiós. Durante un tiempo recibí cartas de él, que, por supuesto, hablaban de amor. Y de la guerra. Hasta que dejaron de llegar cartas. Y nunca más volví a ver a Augusto”.

Emma Morano tiene 114 años, es la mujer más anciana del Viejo Continente y conserva todavía muchos recuerdos de su recorrido a caballo entre siglos. Algunos nítidos, y otros que se confunden con otros muchos ya esfumados. En los años de la Gran guerra, ya se había trasladado con la familia de su pueblo de origen, Civiasco nel Vercellese, a Villadossola, donde el padre había encontrado trabajo en una fábrica de acero.

Hoy, la abuela de Europa vive en Pallanza, Verbania, a 150 pasos del monumento que desde 1932 -cuatro años después de su muerte- alberga los restos del general Luigi Cadorna, el jefe de Estado mayor de Italia entre 1915 y 1918. “Le llamaban el príncipe de la guerra”, recuerda Emma Morano. Y así es precisamente como se define al mariscal de Italia en una inscripción en el interior del mausoleo, vigilado por 12 estatuas de soldados esculpidas en la piedra del valle de Ossola. Una suerte y un homenaje muy distintos a los de los 102 nombres recordados en la modesta lápida situada allí cerca, los nombres de los caídos en combate. Tenientes, capitanes, cabos. Jóvenes.

La familia de Emma morano en los primeros años del siglo XX. ampliar foto
La familia de Emma morano en los primeros años del siglo XX.

Historias y rostros que podrían superponerse con el de Augusto, un chico del 99. “Era de Villadossola”, cuenta Emma. “En aquellos años habitábamos en una de las casas de obreros dentro de la planta de acero. Yo era joven, me gustaba cantar y, cuando la gente pasaba bajo mi ventana, se paraba a escuchar. Tenía una voz bonita. Y Augusto se enamoró. Junto con mi hermana Angela, escuchábamos a menudo la radio, las noticias que llegaban del frente. Eran años de ilusiones, aunque estuviéramos en guerra. Íbamos a bailar y, si no volvíamos a casa a la hora fijada, mi madre venía a buscarnos y nos daba golpes en las piernas. Comíamos arroz, un poco de pan y queso y nos calentábamos con la estufa. Yo también llevaba dinero a casa, había empezado a trabajar a los 13 años en el Jutificio Ossolano, la fábrica de objetos de yute. Hacíamos sacos con una máquina de coser de ocho o nueve metros, y debíamos tener cuidado de no romper nada, porque teníamos que pagarlo. Pero tenía mala salud, y el médico me aconsejó mudarme a Pallanza, donde encontré trabajo en el Jutificio Maioni, del mismo dueño. La guerra ya había terminado y así inicié un nuevo capítulo de mi vida”. Sin Augusto, un chico del 99 caído en los campos de batalla que Europa, un día, volvería a unir. Con Emma, que aquí sigue, a sus 114 años, en su casa a dos pasos del Lago Mayor, llena de recuerdos y emociones. Por Carlo Bologna (La Stampa)

Ovsanna Kaloustian, Francia.

La historia de una de las últimas supervivientes del genocidio armenio en 1915

La diminuta mujer ya no sale mucho a la calle en Marsella. Camina apoyada en un bastón, mimada y protegida por su hija y sus nietos. Pero, cuando alguien evoca su infancia, los ojos se le iluminan y los recuerdos vuelven, perfectamente intactos. Ovsanna Kaloustian, de 106 años, es una de las últimas supervivientes del genocidio armenio en 1915. Una portadora de memoria, muy consciente de su papel, a punto de cumplirse el centenario de la tragedia. «Dios me dejó con vida para que lo contara», repite en los últimos años.

Ovsanna Kaloustian
Ovsanna Kaloustian

Del terror, de las matanzas y las deportaciones de su pueblo en la Turquía otomana, Ovsanna conserva una multitud de imágenes y detalles que relata con fogosidad. Nació en 1907 en Adabazar, una ciudad situada a unos 100 kilómetros al este de Estambul, y creció en una casa muy belbonita, tres pisos y jardín, enfrente de la iglesia del barrio. En aquel entonces, la ciudad era un importante cetro comercial y artesano, y los armenios, que ascendían a unas 12.500 personas en 1914, constituían la mitad de sus habitantes. Ovsanna recuerda que «hasta los griegos y los turcos hablaban armenio». De hecho, ella no aprendió turco hasta la deportación. Su padre tenía un bar, que al mismo tiempo era peluquería y consulta en la que se sacaban muelas. Ella bebía allí su té cada mañana, antes de irse al colegio.

Ovsanna tiene ocho años en 1915, cuando, en plena guerra, el gobierno de los Jóvenes Turcos da la orden de deportar a los armenios. En Adabazar, la orden llega a mitad de verano. «Era un domingo, la madre de Ovsanna regresaba de la iglesia. Y el cura acababa de anunciar que había que evacuar la ciudad en tres días, barrio por barrio», cuenta Frédéric, nieto de la superviviente y depositario de la memoria familiar. Las caravanas, a pie, se ponen en movimiento hacia el sur y el este. Ovsanna, sus padres, su hermano, sus tíos, tías y primos, llegan a Eskisehir, donde les encierran en un tren. Así, en esos vagones para animales, enviarán a miles de armenios a los desiertos de Siria. Sin embargo, el tren que transporta a la familia se detiene a mitad de camino, en la estación de Cay, cerca de Afyon. Les ordenan que monten un campamento provisional. Los centros de clasificación de más adelante están congestionados. Por fin, dos años después, les dispersan, y ellos corren a esconderse en el campo circundante. Ovsanna tiene ya 10 años y lo que más teme son los secuestros de niñas a manos de los bandoleros (çete) que colaboran con el ejército otomano.

Con el armisticio, en 1918, los supervivientes intentan volver. La familia de Ovsanna encuentra su casa calcinada y decide volver a irse, bajo la presión de los turcos que ocupan ahora la ciudad. El éxodo comienza en dirección a Estambul. En 1924, los tíos y los primos se embarcan hacia Estados Unidos. Cuatro años más tarde, la joven Ovsanna se sube a un barco que se dirige a Marsella. «Llegamos en diciembre, bajo la nieve», recuerda. Como tantos otros --el 10% de la población actual de Marsella está formado hoy por descendientes de los fugitivos del genocidio armenio--, se instala, cose un poco para ganarse la vida, se casa con Zave Kaloustian, único superviviente de una familia masacrada, abre una tienda de comestibles orientales, consigue un pedazo de tierra y construye allí su casa. "La abuela nos enseñó armenio, pero la historia nos la transmitió después", cuenta su nieto. Ovsanna milita en asociaciones culturales, participa en las manifestaciones de la comunidad y sigue hoy prestando testimonio para combatir el negacionismo, incansable y siempre animada, cien años después de las matanzas. Para su descendiente, «negar el genocidio es rechazar la palabra de mi abuela». Por Guillaurme Perrier (Le Monde

Isidro Ramos, España.

“Había miedo de que la guerra llegara a España”

A sus 103 años, recuerda que los precios subieron durante la contienda que enriqueció a un país neutral

Isidro Ramos cumple hoy “cinco meses”. Cinco meses que se añaden a sus 103 años: con el siglo a la espalda, celebra los cumplemeses. Nació en un pueblo castellano, Aldeadávila de la Ribera (provincia de Salamanca), “el 20 de julio de 1910”. Entre sus primeros recuerdos está la Primera Guerra Mundial. Son los de un niño crecido en el atrasado campo español. “Oí algo de aquello, un poquito, pero no cogí fe ninguna [no me enteré mucho]. Se decía que había una guerra grande en Europa. Había miedo por si llegaba a España”. No llegó, pero sí tuvo efectos: un auge económico por los beneficios de las exportaciones a los contendientes. Ramos solo recuerda que “subieron los precios, las cosas se encarecían por la guerra”. Y en su familia “andaba la cosa escasa [de dinero]”.

El hombre habla con voz firme y frases cortas. Dispara los números. Por aquel entonces, cuando él era un niño chico, “las libras de pan costaban dos reales y dos perras, o sea, 12 céntimos”, dice. “Una fanega de trigo valía 15 pesetas, una de centeno, 12 y una de cebada, 11”. “Una fanega eran 43 kilos. Los precios subían de poco en poco, una perra o cinco reales…”, aclara este anciano que asegura manejarse con los euros. Una peseta, compuesta por 100 céntimos, equivale a 0,6 céntimos de euro.

En el ecuador de la Gran Guerra, el niño Ramos empezó un camino que solo abandonaría muchísimas décadas después, el del trabajo. “Cuando tenía seis años y medio mi padre compró un rebaño de ovejas”. El chico empezó entonces a cuidar de los animales y a faenar en el campo. Dejó la escuela, a la que solo volvió tres meses y en clase nocturna, con 17 años cumplidos. Entonces por fin aprendió “a leer, escribir y las cuentas”. “No tuve tiempo de jugar desde que empecé a trabajar. Si acaso, alguna vez veníamos de las fincas jugando con una pelota cuando tenía 12 o 13 años”, relata.

A esa contienda siguieron otras que se agolpan en la memoria del anciano que vive en una residencia de mayores de una localidad madrileña. “De la guerra de África recuerdo que los españoles corrían por el Gurugú”. Un paisaje que él conocería pronto: tuvo que hacer el servicio militar en el norte de Marruecos, entonces en manos españolas. Una docena de meses (noviembre de 1931-1932, con la zona ya pacificada y una España republicana) en los que estuvo en Melilla, en Alhucemas… Entonces vio el mar por primera vez. Pero le obligaron a bañarse y eso ya no le gustó. “El mar no me desagrada, pero es para verlo desde fuera”, sentencia este hombre de tierra adentro que no lo ha vuelto a contemplar. Aun así, recuerda el año de mili como la mejor época de su vida. Fueron sus únicas vacaciones: “No tenía nada que hacer”, aclara riendo.

Poco tiempo después de cumplir con el Ejército, en 1936 llegó otra guerra más a la vida de Isidro Ramos: la civil, la gran herida bélica en España. El hombre estaba de vuelta en su pueblo cuando le movilizó el ejército de Franco. La enfermedad de su padre y la necesidad de hacerse cargo de sus nueve hermanos permitió que solo combatiera cinco meses. Estuvo en Madrid. “Rompimos el frente desde Getafe y entramos en Pinto”, recuerda. También le tocó “tapar a los muertos”. Luego llegaría la Segunda Guerra Mundial, Franco gobernaría hasta morir en la cama, en 1975, y Ramos conocería la democracia. Enumera casi sin fallo los presidentes del Gobierno que ha habido desde entonces. “Rajoy es el presidente que hay ahora”, matiza. Con más de un siglo a la espalda, asegura que le gustaba más la vida de antaño. “Ahora se trabaja poco, todos los sábados son fiesta”, concluye con aire crítico. Por Charo Nogueira

Józef Lewandowski, Polonia

"Nos fuimos a dormir un día estando en Alemania y al otro nos despertamos ya en Polonia"

Józef Lewandowski recuerda: "Mis padres se mudaron de Sępólno Krajeńskie a Bydgoszcz en 1918, antes de que Polonia hubiera conseguido la independencia. Yo en aquel entonces tenía cinco años.

Pese a lo que pueda parecer, la Primera Guerra Mundial fue, o al menos así fue para mi familia y para mí, un periodo muy tranquilo. No recuerdo en aquella época ni un disparo, ni batallas ni derramamiento de sangre de ningún tipo. ¿Cómo fue el final del conflicto? Pues simplemente nos fuimos a dormir un día estando en Alemania, y al otro, nos despertamos ya en Polonia. No hubo grandes festejos. Cambiaron las autoridades, las banderas y toda la Administración. Pero para una familia proletaria media como en la que yo fui educado, no se notó mucha diferencia. La vida siguió su curso. En las calles de Bydgoszcz podía uno seguir oyendo dar los “buenos días” tanto en polaco como en alemán. Los periódicos alemanes se siguieron publicando. La compra la hacíamos en las mismas tiendas de antes, que eran principalmente propiedad de alemanes.

Tras el fin de la guerra, en 1919, estalló en la ciudad de Poznań el alzamiento de la región de la Gran Polonia. En Bydgoszcz se mantenía la tranquilidad, aunque la lucha continuaba en las poblaciones cercanas. Por aquel entonces yo vivía con mis padres en una casa de la calle Jasna, en un barrio de la ciudad llamado Okole, cerca de las vías del ferrocarril. Me gustaba mirar por la ventana y ver cómo pasaban los trenes. Una vez vi cómo el Ejército polaco tendía una emboscada a un vagón alemán. Salía de la estación de Bydgoszcz y transportaba soldados que probablemente tenían que apoyar a sus compañeros en las batallas cerca de Nakło. Los nuestros se escondieron tras un terraplén y se les echaron encima cuando la máquina se estaba acercando. Pillaron a los alemanes por sorpresa. Se rindieron sin presentar resistencia. Los polacos los desarmaron. No sé qué pasó con ellos después.

Tras el alzamiento, las relaciones entre polacos y alemanes en Bydgoszcz continuaron siendo buenas. Nos tratábamos unos a otros con respeto. Al fin y al cabo, llevábamos muchos años conviviendo como vecinos. Los polacos conocían bien el alemán y mantenían contactos comerciales y personales con los alemanes.

Hasta mi profesor en la escuela era alemán. Hablaba muy mal el polaco. Pero ha quedado en mi recuerdo como una persona muy buena y un buen profesor. En clase nos reíamos mucho. Gracias a él aprendí también un buen alemán. Cuando, muchos años después de la guerra, decidió volver a su país, sus alumnos lo acompañaron a la estación de trenes llorando. Nadie lo miraba a través del prisma de su nacionalidad alemana.

Pero, por supuesto, también había alemanes que se sentían mal en la Polonia independiente. Se metían en peleas y andaban buscando venganza. Yo mismo, de niño, tuve una riña con el hijo del carnicero, Wolf. Quería pegarme por hablar polaco. Tuve que esconderme de él durante varios días en casa. Por suerte la familia de los Wolf emigró poco después a Dánzig. Una parte de los alemanes como ellos se trasladó precisamente o bien a esta Ciudad libre, o bien al oeste, a su país. Pero unos pocos se quedaron en Bydgoszcz. Y continuamos teniendo buenas relaciones hasta que estalló la siguiente gran guerra".

Józef Lewandowski nació en 1913 cerca de Sępólno Krajeńskie (en alemán Zempelburg). Lleva 96 años viviendo en Bydgoszcz. Antes de la Segunda Guerra Mundial trabajó en los ferrocarriles. Durante el conflicto bélico pasó por el campo de concentración alemán de Stutthof. Tras el fin de la guerra, y hasta su jubilación, trabajó como directivo de una empresa láctea. Con la colaboración de Wojciech Bielawa (Gazeta Wyborcza)


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