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ANÁLISIS

En la estela de Nicolás I

Hay claros paralelos entre la guerra de Crimea de 1854 y el conflicto actual

Como el Zar, un autoritario Putin teme un contagio democrático

“Basta con conocer la historia de Crimea y lo que Rusia y Crimea han significado siempre la una para la otra”. Así justificaba Vladímir Putin la anexión rusa de Crimea el martes en un discurso en el Kremlin.

“En los corazones y en las mentes de la gente”, proseguía el presidente ruso, “Crimea ha sido siempre y sigue siendo parte inseparable de Rusia”.

Los líderes occidentales no deberían estar sorprendidos por la actitud implacable de Putin en esta “apropiación de tierras”. No lo estarían si conociesen la historia rusa.

Como Putin recalcó en su discurso, el cristianismo ruso tiene su origen en Crimea. Según las crónicas medievales, fue en Quersoneso, la antigua colonia griega de la costa suroeste de la península, en las afueras de Sebastopol, donde otro Vladímir, el príncipe de Kiev, fue bautizado en 988, llevando así el cristianismo a la Rus de Kiev, la imprecisa confederación de principados eslavos de la que deriva la identidad nacional de Rusia.

Crimea estuvo dominada por tribus turcas y tártaras durante quinientos años, pero después de su anexión por parte de la emperatriz rusa Catalina la Grande en 1783, los rusos volvieron a cristianizarla.

Para Catalina, Crimea era el paraíso meridional de Rusia, un jardín de las delicias en el que los frutos de su Gobierno cristiano ilustrado podrían ser disfrutados y mostrados al mundo más allá del mar Negro. Le gustaba referirse a la península por su nombre griego, Táuride, más que como Crimea (Krym), su nombre tártaro. Pensaba que de este modo vinculaba a Rusia con la civilización helenística de Bizancio.

La emperatriz otorgó tierras a la nobleza rusa para que estableciese magníficas propiedades a lo largo de la montañosa costa sur, que rivaliza en belleza con Amalfi. A partir de entonces, Crimea pasó a ser sin duda el lugar de vacaciones favorito de la élite rusa, preferencia que miles de turistas soviéticos conservaron en el siglo XX.

Crimea era la línea de fractura que separaba Rusia del mundo musulmán, división religiosa sobre la cual se asentó la formación del imperio ruso. Desde Sebastopol, la flota del mar Negro podía imponer la voluntad del zar al imperio otomano, asegurándose el control de Rusia sobre los estrechos que conducen al Mediterráneo.

En 1854, el acoso a sus débiles vecinos turcos llevó a Rusia a verse envuelta en la Guerra de Crimea contra todos los Estados occidentales, exactamente igual que el acoso a los ucranios la ha puesto al borde de una nueva guerra de Crimea 160 años después.

Entre aquella situación y la actual existen paralelos evidentes.

El zar Nicolás I había ejercido un gobierno autocrático a lo largo de casi 30 años. Nadie osaba retarle. La oposición había sido silenciada mediante la censura y la represión policial, sobre todo después de las revoluciones democráticas europeas de 1848, que el zar temía que pudiesen extenderse a Rusia.

Catorce años de autoritarismo han ejercido en gran medida el mismo efecto sobre Putin, evidentemente inquieto ante la posibilidad de que la revolución ucrania pudiese dar nueva vida a la oposición democrática en Rusia.

El viejo proyecto del zar era dividir el Imperio otomano para perpetuar su debilidad y su subordinación a Rusia y mantener apartadas de él a las potencias occidentales. Los planes de Putin para Ucrania probablemente sean los mismos.

Nicolás I definía la misión de Rusia como la defensa de los cristianos ortodoxos que vivían bajo dominio turco. Para él, Rusia era un imperio cristiano que abarcaba a sus correligionarios de otras naciones. Así fue como justificó la invasión de los Balcanes controlados por los turcos —en lo que fue el primer paso de la Guerra de Crimea— para liberar a los serbios y los búlgaros del dominio otomano y tomar Constantinopla, el centro de Bizancio.

Los británicos y los franceses acudieron en socorro del imperio otomano, supuestamente alzándose a favor de los principios de libertad y soberanía territorial, pero en realidad movidos por el deseo (enardecido por la fobia antirrusa de la prensa occidental) de acabar con la “amenaza rusa” para Europa.

De forma parecida, Putin define los intereses de Rusia como la defensa de los rusos que viven en Ucrania. Como dejó claro el martes, la razón de que considere catastrófica la ruptura de la Unión Soviética es la enorme cantidad de rusos que han quedado huérfanos de su patria. “Millones de rusos se fueron a dormir en un país y se despertaron viviendo en otro”. Así excusa la invasión de Crimea: liberar a los rusos del dominio ucranio.

Cuando entró en guerra, Nicolás I estaba furioso. Ninguno de sus consejeros fue capaz de refrenarle cuando se lanzó contra los turcos, los británicos y los franceses. No soportaba más a Occidente, a quien acusaba de doble moral e hipocresía. Los franceses podían arrebatar Argelia a los otomanos (como hicieron en 1830), y los británicos anexionarse cada año un nuevo principado indio, considerando estas acciones justas; pero cuando los rusos salieron en defensa de sus correligionarios en los Balcanes, fueron acusados de ser agresores que quebrantaban el “equilibrio de poder”.

El discurso pronunciado por Putin el martes estaba repleto de reproches similares contra Occidente. Sus políticos “hoy dicen que una cosa es blanca, y mañana que es negra”, afirmaba con rabia. La propaganda del Kremlin —hecha pasar por información en el canal de televisión Russia Today— acusa a los líderes occidentales de doble moral e hipocresía por apoyar los referéndums de Kosovo y Sudán del Sur, donde sostiene que los cambios de régimen eran útiles a sus intereses, pero oponerse al de Crimea, donde no lo son.

Es difícil sobrestimar el profundo resentimiento de los rusos hacia Occidente. Enseguida se apresuran a hacer referencia a la rusofobia que, en cierta medida, sigue vigente como herencia de las posturas decimonónicas y de la Guerra Fría.

La postura antioccidental de Putin ha hecho aumentar su popularidad en Rusia. Igual que Nicolás I, cuyo retrato cuelga en la antecámara del despacho de Putin en el Kremlin, está dispuesto a aislar su país de Occidente y quizá a luchar en solitario contra este en defensa de los intereses de Rusia en el mundo.

Pero, en este punto, las similitudes con el zar Nicolás empiezan a tomar un rumbo diferente. En 1854 Occidente era fuerte, y Rusia, débil. Con su poderío industrial, los franceses y los británicos estaban en condiciones de infligir una humillante derrota a los rusos, aun teniendo que enviar a sus tropas y su material hasta la lejana Crimea.

Hoy día, Occidente es débil. No está preparado para hacer gran cosa en el terreno militar, y poco puede hacer de efectivo por la vía de las sanciones económicas para disuadir a Putin de su probablemente antiguo proyecto de dividir Ucrania o darle una nueva estructura federal.

¿Hay algo que Occidente pueda hacer? Puede empezar por contemplar la región desde el punto de vista de Rusia; no aprobando las acciones rusas o aflojando ni un solo instante en la defensa de los principios internacionales, sino comprendiendo mejor la intensidad de lo que Rusia siente en relación con este tema complejo, porque una cosa es cierta: sin los rusos, no hay solución para la crisis de Ucrania.

Orlando Figes es autor de Crimea. La primera gran guerra. Para leer más: www.orlandofiges.co.uk

@orlandofiges